Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Laicismo: no Consecuencias
Eduardo García Gaspar
22 agosto 2014
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La idea tiene consecuencias. Pero, lo más importante, también carece de ellas. androjo

Implica unas cosas, pero no otras. Es vital distinguirlo.

Me refiero al laicismo como sistema político.

Lo más sencillo es comenzar por lo que implica, sus consecuencias. Su consecuencia inevitable es la libertad religiosa y eso es muy notable.

Significa que las personas tenemos en nuestras manos la decisión de nuestras creencias religiosas. Incluye, por supuesto, la decisión de no creer.

En el terreno de la política se entiende como un apartamiento entre los asuntos de gobierno y los religiosos. Es la división entre los asuntos legales y políticos en relación a los religiosos.

Tiene una consecuencia muy concreta en, por ejemplo, no tener en un puesto público a un ministro religioso.

La gran ventaja que eso tiene es la de minimizar la posibilidad de abusos de autoridad gubernamental, resultado casi seguro de unir al gobierno y alguna iglesia. Podría suceder que unidos los dos poderes, se castigara a quienes cambiaran de la religión oficial a otra.

Esa es la consecuencia del laicismo, la libertad religiosa que florece cuando se separa a la política de las iglesias. Cualquiera entiende esto. Pero lo que parece más difícil de comprender es lo que no implica el laicismo. Las consecuencias que no tiene.

Eso es lo que creo que bien vale una segunda opinión y lo examino en lo que sigue.

Primero, por lógica obvia, no tiene la consecuencia de concluir que no hay una religión verdadera. La posibilidad sigue existiendo, con la libertad religiosa como un medio para que la persona la encuentre.

Igual, por necesidad lógica, se debe aceptar que es posible que todas las religiones sean falsas. Pero esta posibilidad la decide la persona, sin que el gobierno tenga nada que hacer oficialmente al respecto. Como tampoco debe reconocer oficialmente que una de ellas es la verdadera.

Segundo, como resultado de lo anterior, tampoco puede concluirse que exista una equivalencia total entre las religiones. No significa que deba aceptarse un “indiferentismo teológico” (la frase de M. Rhonheimer).

Cada religión puede reclamar para sí misma la posesión de la verdad divina y será asunto personal el aceptarla o no. No será asunto político el aceptar el reclamo de una iglesia como tampoco el hacer oficial que no hay religión verdadera. El gobierno se abstiene de esto.

Tercero, el laicismo no tiene como consecuencia política la postura estatal contra la religión. No implica aceptar en la política una postura atea (que sería como oficializar la no religión). La neutralidad religiosa del laicismo no tiene como consecuencia el ateísmo político, solamente la neutralidad gubernamental.

Cuarto, el laicismo no tiene como consecuencia lógica la anulación de la participación religiosa en la vida pública. Esto se piensa con frecuencia: se dice que la religión debe ser parte solo de la vida privada de las personas, no de la vida pública.

Hay una fuerte corriente del laicismo que propone eso precisamente. Ella entiende al laicismo como la no participación pública de ningún elemento religioso (lo que vería como intromisión religiosa en la vida política).

Mi punto es que esa no puede ser una consecuencia del laicismo. Supondría que se anularan libertades a las iglesias, sus ministros y sus fieles. Así no podría existir tampoco libertad de expresión.

Pero, además, eso crearía un desbalance de poder en favor del gobierno, lo que permitiría a éste adquirir la voz e influencia de las iglesias. Sin ellas, en la esfera pública, los gobiernos se convertirían en instituciones más poderosas aún al llenar el vacío público que las iglesias dejarían cuando no se les permita expresarse.

Quinto, el laicismo no implica que sean inaceptables las coincidencias de ideas entre religiones y gobiernos. Sería imposible la situación de total independencia de ideas. Si varias religiones consideran grave falta al asesinato, no hay nada de malo en el que las leyes coincidan con esa norma.

El caso de una ley que contradice una norma religiosa, como el aborto legalizado, muestra la posibilidad opuesta. Ilustra también la situación en la que personas, sin acudir a argumentos religiosos, se oponen a tal ley. También, prohibir que las iglesias expresen su opinión, sería un acto de censura.

Lo que he tratado de hacer es enfatizar las no-consecuencias de una sana idea de laicismo.

No significa oficializar el ateísmo, sino simplemente aceptar la libertad religiosa completa de las personas. No significa negar la noción religiosa humana, sino aceptar que ella es una responsabilidad personal.

Post Scriptum

Para esta columna partí de ideas de la obra de Rhonheimer, M. (2009). Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, donde se lee:

“La esencia de lo que denomino ‘concepto político de laicidad’ puede definirse como exclusión de la esfera política y jurídica de toda normatividad que haga referencia a una verdad religiosa —justamente en cuanto verdad—; lo que trae consigo la neutralidad e indiferencia pública respecto a cualquier pretensión de verdad en materia religiosa… Este planteamiento no significa que el Estado sea ‘creyente’ sino que la vida pública de un país no se cierra a priori a la presencia de una dimensión religiosa de la existencia humana”.

Esa cerrazón, mucho me temo, es como ha sido interpretado el laicismo en México, como puede verse en la educación pública que impide la dimensión religiosa.

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