Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lenguaje y Claridad
Eduardo García Gaspar
10 marzo 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un gusto apasionado. Acontece con frecuencia. androjo

Es la afición descontrolada por la complicación.

Tanta que para algunos, el barroco resulta demasiado minimalista.

Quizá sea que al complicar las cosas, ellas se evitan u ocultan.

Un caso real: el de una persona, opuesta a la globalización, pero promotora de la mundialización. Explicó cada uno de esos conceptos, sus diferencias y similitudes.

Y lo hizo de tal manera que fue imposible entenderla. Enredos innecesarios, enrevesamiento improductivo.

Como que existe una inclinación humana que envía a la mente al enredo cuando no existe un entendimiento claro. La confusión se disfraza en fárrago, en un desorden.

Sólo cuando existe buen entendimiento es que puede hablarse con claridad. Quien realmente comprende algo es capaz de explicarlo con sencillez.

Recuerdo a otra persona que también habló de la globalización y la explicó de manera que todos entendimos su esencia.

Pidió imaginar vivir en San Francisco, en EEUU, y reconocer que allí puede comprarse lo que se produce en Houston o en Chicago. Que puede irse de un sitio a otro dentro de ese país, a trabajar, sin problemas ni permisos.

Y dijo, “pues globalización es eso mismo, pero entre San Francisco y Buenos Aires, entre Caracas y Ciudad de México, entre Toronto y Madrid”. Tan simple y directo que fue entendido sin problemas. Esta es la sencillez que admira y hace avanzar.

Quizá sea que el nuevo lenguaje es esa herramienta que sirve para incomunicarnos, en buena parte gracias a la complicación y al uso de leguaje confuso.

Como cuando se dice que México compró automóviles a Canadá. En realidad no fue así, un canadiense vendió coches a un mexicano.

O quizá sea que el lenguaje se usa para ocultar malas ideas en palabras hermosas, como cuando se habla de tolerancia, pero se pide en realidad aceptar mentiras. Como cuando se viste como soberanía a lo que es en realidad una mala política económica.

La consecuencia de un lenguaje usado para ocultar y disfrazar es el cambio del significado de las palabras. Democracia es un ejemplo, como tolerancia. Y sobre los nuevos significados se construyen fortalezas con connotaciones morales.

Si usted reprueba la homosexualidad y explica sus razones, recibirá el calificativo de homofóbico. Si usted defiende exámenes arduos para admisión en universidades, se le acusará de ir contra la inclusión.

El resultado de esto es notable, porque impide el pensar. Sólo pide aceptar.

Si usted muestra las desventajas de las cuotas por sexo en las cámaras legislativas, que fuerzan a tener un porcentaje de cada uno, será acusado de misógino, opuesto a la igualdad de género. Y, lo peor, la defensa de esas cuotas será un discurso incomprensible con palabras de moda.

Mi punto, que quizá valga una segunda opinión, es simple: el lenguaje, originalmente diseñado para trasladar información de una persona a otra, tiene un nuevo uso, el ocultar el significado de esa información trasladada.

Es decir, se ha convertido en una herramienta para mentir con facilidad y ocultar ignorancia.

No siempre, no en todos los casos, pero sí en demasiados. Tal vez convertido en regla, más que excepción.

Es como un nuevo cuento en el que cada persona define el significado de las palabras que usa y la mayoría de esos significados son incomprensibles, incluso para quien los crea.

En una situación así, se padece una situación curiosa: hacer preguntas es de mala educación. Pida usted que le den el significado de “discriminación” y verá eso a lo que me refiero, peor aún si usted defiende el significado de la palabra.

La situación llega a un clímax cuando la claridad del lenguaje es vista como mala educación y como falta de consideración por los demás.

La persona que criticó a la globalización y apoyó a la mundialización, por ejemplo, se sintió ofendida cuando se le pidieron aclaraciones. Cuando se le dijo que estaba equivocada, solicitó tolerancia.

La idea está bien expresada en la frase de Gore Vidal (1925-2012)

“Conforme las sociedades decaen, el lenguaje también decae. Las palabras se usan para disfrazar, no para iluminar, acción: usted libera una ciudad destruyéndola. Las palabras son para confundir, de manera que en tiempo de elección la gente con solemnidad votará en contra de sus intereses”.

Post Scriptum

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