Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Libertades, no Reclamos
Eduardo García Gaspar
3 diciembre 2014
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El razonamiento tiene su gracia. androjo

Supone que las cosas aparecen por arte de magia.

Basta con que varios digan algo para que ese algo cobre vida.

Los derechos humanos son ese tipo de cosa, al menos para algunos.

Por ejemplo, la declaración de derechos humanos universales, la de la ONU, suele tomarse como válida y justificable sin discusión alguna. Todo, porque expertos y representantes de todo el mundo se reunieron y los decretaron. Tiene su gracia.

La tiene porque podría suceder que esos mismos expertos u otros, en la ONU o en otro lugar, se reunieran otra vez y decretaran más derechos, o menos. No tiene gran credibilidad la justificación usual de “un grupo de expertos se reunió y acordó que…”

Por admirable que sea la intención, ella no deja de tener problemas fuertes.

Uno de ellos, el más obvio, es el punto en el que esos derechos realmente pueden implantarse. Si no pueden serlo, todo queda en un sueño descabellado. Otro de ellos, la confusión entre un derecho real y una buena idea.

Tome usted un caso, el derecho al trabajo, para ilustrar los problemas que se tienen. El primero es uno de confusión. Podría ser interpretado como la libertad de trabajo, lo que significaría la obligación de terceros para no obstaculizar ni impedir el trabajo de la persona.

Pero podría suceder que se interprete como un reclamo de empleo que impone en terceros la obligación de darlo. Podría yo llegar a la casa de usted y exigir un empleo. Ahora puede verse el problema de la definición vaga.

Vayamos ahora a eso de la posibilidad de implantarlo. Para hacer realidad un derecho al trabajo se necesitan ciertas condiciones, como un estado de derecho, tribunales eficaces, respeto a las leyes y otras condiciones que permitieran la creación de empleos y facilitaran las iniciativas económicas.

Pero puede suceder que el derecho al trabajo sea tomado como una responsabilidad gubernamental directa y se traduzca en, por ejemplo, leyes laborales que impidan o dificulten despidos, decreten salarios mínimos, subsidien empresas y otras cosas.

Mi punto, que bien creo que merece una segunda opinión, es el entender a los derechos humanos con prudencia. Concretamente, lo siguiente.

• Los derechos humanos no pueden partir de la justificación única que suele ser la de grupos de expertos, o la de acuerdos internacionales. Esa justificación es demasiado débil y sujeta a cambios dependiendo de modas intelectuales y preferencias ideológicas.

La única posible solución, creo, es la de una breve lista razonable de libertades justificadas por la dignidad igual en todas las personas. El único reclamo posible contenido en esas libertades es la obligación de otros para respetar esa libertad.

Por ejemplo, la libertad de expresión es eso, libertad para uno y obligación de los demás para no frenarla. No significa que yo tenga el derecho de entrar a una estación de radio de otro y obligarle a darme tiempo para que yo me exprese.

• Los derechos humanos no pueden tener un uso saludable cuando expresan objetivos ideales. Por supuesto, por ejemplo, sería ideal que nunca sufriéramos enfermedades, pero el hecho es que las padecemos. Hablar de un derecho a la salud, resulta irreal.

Cuanto más, podría hablarse de libertad de atención médica personal. Podía yo decidir atenderme o no, más seleccionar al médico que quiera, en el hospital que desee. Y exigir que no se obstaculice esa libertad. Sería injusto que yo fuera a la casa de usted a exigirle que usted pague los gastos de mi apendicitis.

Esto es básico: mis derechos y mis libertades no pueden disminuir los derechos y libertades del resto.

• No puede entenderse a los derechos humanos sin la idea de responsabilidad personal. Por eso son mejor entendidos como libertades que siempre van acompañadas de responsabilidades.

Sería absurdo que yo fuera a la casa de usted a exigirle que me indemnice por las malas inversiones que hice en mis negocios; ni que usted pague para curar la adicción a las drogas de un tercero.

Crear derechos sin obligaciones es destruir la misma idea de la libertad.

• Los derechos, o mejor dicho, las libertades no pueden ser concesiones legales ni estatales. Ellas solamente pueden ser reconocidas por las leyes haciéndolas respetar por medio de un sistema judicial justo y eficiente.

Los derechos, que no son concesiones estatales, no comprenden dádivas ni favores del gobierno. No son necesidades que el gobernante satisfaga con fondos públicos.

Consideraciones como las anteriores precisan el significado correcto de los derechos humanos comprendidos como libertades acompañadas de responsabilidad personal.

Niegan la noción actual de entender a los derechos humanos como reclamos crecientes que el estado tiene obligación de satisfacer con fondos públicos.

Post Scriptum

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