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Necesidad de líderes morales. Todos la tenemos. Este es el tema de las tres columnas de colaboradores del Acton Institute, al que se agradece el permiso de publicación. Comienza con el establecimiento general de requerir líderes morales y continúa con dos ejemplos concretos.

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Una idea de Anthony B. Bradley y Sean Spurlock. El título original de la columna es It’s Not Only the Poor Who Need Moral Leadership.

No solo los pobres necesitan líderes morales

Las historias orales a menudo pintan un panorama color de rosa de la fuerza moral de las anteriores generaciones, cuando el divorcio era algo inaudito, raros los nacimientos fuera del matrimonio y la civilización cristiana mantenía bajo control a la inmoralidad de la sociedad, especialmente entre la elite más virtuosa.

Pero una mayor atención a la historia muestra la verdad de la condición humana: independientemente de nuestra posición social, todos necesitan formación moral — y así ha sido siempre.

Un caso, el de Churchill

La necesidad universal de liderazgo moral se ilustra en la deplorable cultura matrimonial que exhibía la vida de los padres del primer ministro británico Winston Churchill.

En The Last Lion, la biografía más vendida sobre Churchill, de William Manchester, nos enteramos de la activa participación de los padres de Winston en la desenfrenada infidelidad de la clase alta británica del siglo 19.

Randolph Churchill fue sifilítico y Jennie Churchill era famosa por la cantidad de affaires en los que participó. «Jennie Churchill entró y salió de las camas de amantes toda su vida … y ella no era la excepción», observa Manchester.

«[Randolph] aceptó su destino. Cenó con los hombres que habían permanecido entre los muslos de su esposa, jugaba a las cartas con ellos, persiguió a sabuesos con ellos y los entretuvo en su club».

Tanto Randolph como su hijo Winston estaban conscientes de su adulterio, lo que no importó para que continuara. Más aún, Randolph permaneció como amigo y socio comercial de quienes dormían con su esposa.

En términos más generales, Manchester explica que algunas mujeres de la clase alta eran conocidas por solicitar a otras esposas el establecer una relación con sus maridos.

«Los affaires que se celebraban con alegría durante los fines de semana a veces se iniciaban en las conversaciones de mujer a mujer. “Dile a Charles que tengo intenciones con él”, diría alguien a la dama de Charles, la que aceptaría, con un guiño y una sonrisa divertida; ella misma tenía ya un amante o intenciones propias con el marido de otra».

Estas peticiones flagrantes muestran que el nivel general de tolerancia para la promiscuidad extramarital fue alta.

Incluso si una mujer no era lo suficientemente atrevida como para pedirle su marido a la esposa, podría encontrar otros medios. Las grandes fiestas en las que los invitados pasaban allí la noche eran famosas por su libertinaje. Los huéspedes se instalaban y

«después de que las luces eran apagadas, figuras sombrías se deslizaban a través de la oscura sala y todo el mundo se disponía a pasar una noche de placer. Una hora antes del amanecer aparecía el mayordomo en el pasillo llevando un gong. Lo hacía sonar una vez y se iba. Las mismas figuras reaparecerían a hurtadillas. En poco tiempo todos ellos se reunirían en la mesa del desayuno».

La ley tácita era la no mención de las festividades nocturnas, e incluso uno debía ser grosero con la persona que había sido su pareja de la noche.

La importancia de todo esto

La historia revisionista de nuestra imaginación nos hace creer que la tierra de los padres de Winston Churchill, a mediados del siglo 19 en Gran Bretaña, fue un tiempo de pureza y fidelidad victorianas. Casi todos los británicos iban a la iglesia y creían en Dios ¿no es cierto?

Pero, sorprendentemente, los más degradados eran los que oraban más fuerte, exaltaban los escrúpulos morales, daban discursos inspiradores y conducían al país política, militar y socialmente. El primer ministro británico William Gladstone dijo que había conocido a «once primeros ministros y diez eran adúlteros».

Es fácil mirar a nuestra cultura promiscua y saturada de sexo y desear el retorno a un pasado lleno de esposos controlados y fieles, pero la cultura moral de los padres de Churchill no es a la que debemos mirar con nostalgia.

¿Por qué es importante esto? La anécdota de Churchill nos recuerda la necesidad de que los líderes morales y todos los creyentes sean personas íntegras.

En Gran Bretaña y en otros lugares, al quedar claro el contraste entre el código moral sostenido públicamente y la conducta privada, el propio código fue desacreditado.

La necesidad de arrepentimiento y reforma entre la aristocracia de la élite de hoy —en Hollywood, en el Capitolio, en Wall Street— es evidente.

Gracias a los medios de comunicación, las indiscreciones privadas mantenidas en secreto entre la élite en la época anterior, ahora son parte del ciclo de las noticias diarias. Reúna estas historias con una alta tasa de divorcio en EEUU y empezamos a ver porqué entre nuestra juventud está en declive la confianza en las virtudes del matrimonio.

Es imperativo que los que reconocen el valor de la cultura de la fidelidad y el respeto —y los muchos efectos personales, sociales y económicos que se derivan de ella— proclamen un mensaje que no se sea diluido por nuestras propias fallas morales.

Como seres humanos imperfectos todos vamos a fallar tratando de vivir de acuerdo con las normas éticas que nos esforzamos por respetar.

Pero la fuerza de nuestro testimonio reside menos en lo que decimos que en lo bien que nuestras acciones coincidan con nuestras palabras.


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Y unas pocas cosas más…

Debe verse:

Gente inteligente cree cosas estúpidas. ¿Por qué?

Otras ideas:



[Actualización última: 2020-08]

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Una idea de John Couretas. El caso de otro líder moral y las consecuencias de serlo. Octubre, 2008

Solzhenitsyn y sus críticos

Con justicia el mundo celebra la vida de Alexander Solzhenitsyn, un gran hombre cuyo trabajo y testimonio puede muy bien expresarse en una sola palabra, profético.

Pero como suele sucederle a los profetas, él hizo sentir aguijones a algunos que no creyeron merecerlos. Esto fue especialmente cierto para los progresistas occidentales, quienes en los ojos de Solzhenitsyn eran indiferentes a la opresión comunista si no es que apoyaban.

En verdad, había algo en Solzhenitsyn que ofendía a casi cualquiera, de occidente u oriente, progresista o conservador, quienes negaban o evitaban realidades espirituales y verdades morales en aras de la comodidad, el éxito terrenal y un demasiado fácil acomodo con cualquier cosa que supiera a mentiras.

Solzhenitsyn murió el 3 de agosto en Moscú a los 89 años [hace dos meses].

Solzhenitsyn tuvo una reputación como «profeta de la libertad», de acuerdo con el Rutland Herald [Vermont, EEUU], un periódico cercano al lugar en el que el autor vivió después de su expulsión de la Unión Soviética.

Pero el diario con sequedad anotó que «el interés en su obra y sus pronunciamientos decayó, y aunque el pueblo ruso celebró su regreso en 1994, la severidad de sus juicios morales sobre su patria y el Occidente, provocaron que su influencia disminuyera».

El obituario del New York Times, citando el discurso de Solzhenitsyn en 1978 en Harvard, dijo del escritor que «sus escasas apariciones públicas podían volverse lamentaciones bravas».

El Times de Los Angeles, sin ofrecer evidencia, decretó que la reputación de Solzhenitsyn «se atenuó después de su repatriación y sus diatribas acerca de la denigración de su país que en ocasiones se teñían de paranoia, antisemitismo y prejuicio».

¿Cuál es exactamente el contenido de esas «diatribas» y «lamentaciones»?

En Harvard, Solzhenitsyn denunció La «forma de vida en Occidente», por su superficialidad y cultura producida en masa y amontonó desprecio por la epidemia del «sopor de la televisión y… música intolerable». (La Rusia postcomunista ha abrazado con entusiasmo esta cultura).

Pero reservó su crítica más aguda a la cultura política de Occidente y su secularizada intelligentsia, una palabra de cuño ruso que para Solzhenitsyn acarreaba connotaciones de una cultura de mediocridad, esterilidad y auto complacencia.

Culpó a la sociedad occidental de

«haber perdido su coraje civil, como un todo y separadamente, en cada país, cada gobierno, cada partido político y por supuesto, en las Naciones Unidas. Ese descenso del coraje es especialmente notorio entre los grupos gobernantes y la elite intelectual, causando una impresión de pérdida de coraje en la sociedad entera».

Solzhenitsyn acusó al movimiento antibélico en los EEUU de complicidad con los genocidios en el sudeste asiático que siguieron a la retirada militar de los EEUU de Vietnam.

Preguntó, «Si unos EEUU hechos y derechos sufrieron una derrota real por parte de un medio país comunista, ¿cómo puede el Occidente mantenerse firme en el futuro?»

Y descargo una fuerte culpa, «El régimen comunista del este puede mantenerse y crecer debido al entusiasta apoyo de un enorme número de intelectuales occidentales que sienten afinidad y rehusan ver los crímenes comunistas».

Escribiendo en 1985, el editor de Commentary, Norman Podhoretz, dijo que esa acusación, «era una especie de traición que los intelectuales progresistas de Occidente no estaban dispuestos a perdonar».

¿Y sobre las acusaciones de fanatismo lanzadas a Solzhenitsyn?

Podhoretz afirmó que «la acusación de antisemitismo descansa casi enteramente en evidencia negativa. Es decir, mientras que no hay signos claros de hostilidad hacia los judíos en los libros del autor, tampoco hay gran simpatía».

Y sin embargo, este fue el hombre que también escribió en defensa de las virtudes de la nación-estado, del que «el milagroso nacimiento y consolidación de Israel después de dos mil años de dispersión es el más maravilloso de una multitud de ejemplos».

La misión de Solzhenitsyn de exponer los horrores del totalitarismo soviético no llevó a proponer otras formas de gobierno que él creyera que no eran apropiadas para Rusia, con su larga experiencia de autocracia.

Esta no conversión a la democracia de Occidente también le ganó la enemistad de las elites progresistas y de no pocos conservadores. Solzhenitsyn nunca estuvo atado por la ideología.

¿Qué es ideología? Ella es definida por el historiador francés Alain Besancon como «una doctrina que, a cambio de una conversión, promete una salvación temporal que… requiere una política práctica para la transformación radical de la sociedad».

Esta definición permanece cierta para las dos ideologías políticas más destructivas del siglo 20, fascismo y comunismo.

La crítica de Solzhenitsyn de las sociedades modernas era mucho más profunda que la ideología. Él tomó de la tradición moral cristiana, no una plataforma política. Ansiaba una «doctrina moral del valor del individuo como clave de la solución de los problemas sociales».

La solución para Rusia, escribió en 1974, se basa en su voluntad para aceptar un «sacrificio deliberado, voluntario», no uno en nombre de una sociedad colectiva, sino de cada una de las personas, hechas únicas a la imagen de Dios.

Una sociedad tan despiadada y manchada, implicada en tantos crímenes en estos últimos 50 años —por sus mentiras, por su servilismo voluntario u obligado, por sus ansias de ayudar o su cobarde contención— tal sociedad sólo puede ser curada y purificada al pasar por un filtro espiritual,

Y este es un filtro terrible, con perforaciones como el ojo de una aguja, de un tamaño por el que solo puede pasar una persona.

Solzhenitsyn entendió a esto como una renovación espiritual nacional —incluso como una batalla espiritual.

Esto, creyó él, era cómo una sociedad enferma avanzaría por el camino a la solidez moral. El bienestar material, los logros intelectuales, los avances tecnológicos, las cautivadoras nuevas ideologías no curarían la enfermedad.

Entre algunos, la visión sin compromisos de Solzhenitsyn no le hicieron amigos. Pero a menudo arriesgó su vida por lo que creía, y la crítica de la intelligentsia era poca cosa. De cualquier manera, los profetas no están interesados en concursos de popularidad.

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Una idea del Rev. Robert A. Sirico, presidente del Acton Institute. Otro caso de líderes morales.

Milton Friedman y el elemento humano

Un gran campeón de la libertad dejó esta vida el 16 de noviembre [2006] a la edad de 94 años. Fue Milton Friedman un economista y un líder moral, cuya vida y obra merece ser celebrada.

En los años 70, cuando yo estaba aún enamorado de los reclamos de las ideas socialistas, alguien me dio varios libros que cambiarían el curso entero de mi vida. Entre esos libros estaba Capitalismo y Libertad de Milton Friedman.

En él encontré las mismas metas que yo aspiraba lograr para la sociedad, es decir, la libertad de pensamiento y asociación, participación y prosperidad económica; los medios, sin embargo, eran radicalmente diferentes a los de los diversos esquemas distributivos.

En su lugar, Friedman, valiente, claramente y de manera accesible delineó una defensa convincente de la sociedad basada en el derecho a la propiedad privada y el libre intercambio, como formas más probables para lograr esas metas. Sospecho que mi experiencia es similar a la de muchos otros.

Friedman fue un afamado economista que ganó el Premio Nobel por su trabajo técnico sobre el dinero y el ciclo económico. Mostró que una moneda estable es esencial para un sólido crecimiento económico. Incluso en este campo, apoyó a la libertad al mostrar las fallas de la planeación central monetaria y fiscal.

Su teoría de las expectativas demostró efectivamente que las personas actuando son usualmente capaces de superar a los planificadores, y que la planeación gubernamental a menudo da resultados contrarios a los que persiguen las personas en el poder. «El poder concentrado», dijo, «no se torna inofensivo con las buenas intenciones de esos que lo crearon».

Sus contribuciones van mucho más allá de lo que el comité del Nobel nombró. Demostró las fallas de las leyes de salarios mínimos, de las políticas mercantilistas de comercio, del control de rentas, de los monopolios públicos de educación, de las licencias profesionales estatales y de los estados de bienestar.

Fue un apasionado del tema de crecimiento económico. Argumentó que la solución a la pobreza es la expansión del capital, no la redistribución de la riqueza, y citó a un caso tras otro.

En principio, Friedman era un positivista, pero en la práctica nunca perdió la vista del elemento humano.

Luchó para llegar a acuerdos con las implicaciones de la selección humana en cada campo de la vida, y sus estudios científicos le llevaron a la conclusión de que una economía libre era el medio económico hacia el desarrollo y florecimiento de la sociedad.

Conocí por primera vez a Milton y Rose Friedman (era más probable encontrarlos juntos, de tan unidos que eran), en 1990 y recuerdo el deleite que sintieron al encontrar a un sacerdote que compartía tantas de sus ideas económicas.

Durante años fueron infalibles sostenes y alentadores del trabajo del Acton Institute.

Hay que tener en cuenta que mientras muchas de sus posiciones son ahora comunes en la política, hace 40 años él era por mucho un radical.

Para un intelectual de su estatura y brillantez salir en defensa del liberalismo clásico era algo notable. Su llamado de clarín a repensar el mérito del control gubernamental de la economía inspiró varias generaciones a mirar más de cerca la sabiduría de los pensadores de los siglos 18 y 19.

Fue único entre los economistas, especialmente en los años 60, por atreverse a usar argumentos morales a cuenta de sus conclusiones científicas.

«La única manera que jamás ha sido descubierta para hacer que cantidad de personas cooperen juntas voluntariamente es a través del mercado. Y es por eso que es tan esencial preservar la libertad individual».

Mientras que muchos filósofos morales colocaron los asuntos de la libertad como una preocupación secundaria frente a cuestiones de igualdad y justicia, Friedman buscó llevar claridad al tema.

«El uso de la fuerza para lograr igualdad destruirá a la libertad. Del otro lado, una sociedad que coloca primero a la libertad, como una feliz consecuencia terminará con ambas, más libertad y más igualdad. La Libertad… preserva la oportunidad para los menos favorecidos hoy de ser los ricos de mañana y en el proceso, permite a casi todos, de arriba a abajo, a disfrutar una vida más rica y satisfactoria».

Escribió para la persona promedio precisamente porque creía que las opiniones que las personas tienen de la economía son de importancia para nuestro futuro.

Buscó educar a todo el que pudo. Fue un legendario profesor pero escribió en revistas y periódicos, y dedicó gran parte de su fortuna al avance de causas que eran apreciadas en su corazón.

Una caricatura de los economistas sugiere que ellos están solo interesados en el bienestar de los negocios o en la defensa de las clases comerciales. Que este no es el caso de Friedman se ilustra en una causa que ocupó mucho de los escritos de los Friedman en la última parte de su vida: la educación de los pobres.

Desde su perspectiva, él sabía que los ricos podían cuidarse a sí mismos en la educación. Pero buscó un sistema que proveyera una manera para que los pobres pudieran escoger mejores opciones que las de escuelas fallidas. Su programa de vales educativos buscó hacer eso.

Milton Friedman no fue un confeso promotor de la unidad de la economía y la fe religiosa. Tuvimos de seguro nuestras diferencias en cuestiones de religión, específicamente en la noción de que la libertad necesita ser orientada a la verdad para asegurar su uso adecuado.

Friedman era un real discípulo de la Ilustración y temía que los reclamos de verdad condujeran a la coerción. A pesar de eso, nuestros intercambios en estas cuestiones, cara a cara o por escrito, fueron siempre amables y amigables.

Era su naturaleza el ser amable. Quienes persiguen la visión de una sociedad al mismo tiempo virtuosa y libre, encuentran sostén en su trabajo, ya que su fe estaba colocada en la capacidad de la gente libre para manejar sus vidas en ausencia del despiadado dictado gubernamental.

Vio que la libertad funciona y que la libertad es buena. Todos los que comparten su fe le están en deuda, hoy y por muchas generaciones que vienen.