Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Tiempos Regresan
Eduardo García Gaspar
22 octubre 2014
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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La queja es común. Al menos por parte de algunos. androjo

Dicen que las iglesias deben dejar de influir en los asuntos públicos.

Las cosas políticas y sociales, afirman, deben estar libres de dogmas y supersticiones.

Todo debe ser racional y democrático.

Con independencia de que lo racional y lo democrático no necesariamente coinciden, el tema es fascinante. Merece verlo con un poco de detenimiento.

Vayamos a un caso concreto, el del Cristianismo hace muchos siglos, en la antigüedad.

Como toda religión, ella presupone que posee la verdad. Lo lógico y natural es que ese sentimiento lleve a querer propagarlo. Provoca un sentido de obligación misionera.

Es el intentar persuadir a cuantos se pueda de unirse a esa religión. Nada de malo hay en ello.

Los problemas comienzan con el empleo de los medios de persuasión. Puede ser una persuasión voluntaria, pero también pueden emplearse otros medios, los no voluntarios. Cualquiera entiende esto y que los medios forzados no son precisamente los mejores.

Muy bien, en un medio político en el que existe la religión oficial, se presenta una ruta casi inevitable: el gobernante toma una religión y la vuelve oficial, como cuando Constantino y el Cristianismo.

Se crea entonces una cosa que podemos llamar, como M. Rohnheimer, respublica christiana.

El resultado es la creación de un estado en el que las leyes son claramente inspiradas en la religión seleccionada. Eso tiene consecuencias dependiendo de la naturaleza misma de la religión, que en el caso del Cristianismo separan lo terrenal de lo divino (con lo divino superior).

Lo que vino después fue lo obvio en cierto modo, el Cristianismo como religión oficial e impuesta con distintos grados de dureza. Con algo particular, la existencia de estados independientes entre los que hay rivalidades severas.

No hay una institución política central que fuerce la religión, aunque localmente podía hacerse.

Con otra modalidad cristiana muy particular: una tradición intelectual, la que tiene en Santo Tomás de Aquino un representante genial; o bien los escolásticos posteriores. Es como si por medios humanos se quisieran justificar los escritos sagrados y entender a la Creación.

Las cosas cambian poco a poco y se crea un ambiente fascinante: la libertad y el rechazo de la autoridad fuerte e ilimitada. El Cristianismo enfrenta eso que le resulta paradójico.

Por un lado, desde sus orígenes, concibe a la persona como una creación hecha a semejanza divina: libre, racional, con conciencia. Por el otro, su posición como religión oficial.

El caso es que el clima político cambia y se vuelve democrático. La idea de religión oficial resulta ajena a ese clima y, sucede lo esperado, una reacción de rechazo al clima que ya no tiene cabida para religiones oficiales al estilo viejo.

Llegamos así a eso de la mitad del siglo pasado y el Cristianismo, especialmente el Catolicismo vuelve a su posición original, la de la antigüedad: es una religión entre varias opciones de ese tipo. Es la clara consecuencia de su mentalidad, la de distinguir entre lo terrenal y lo espiritual (con lo terrenal subordinado).

Estamos, por tanto, en tiempos Católicos similares a los originales, en los que se regresa a lo básico, la tarea misionera por la vía del convencimiento. Lo único que puede pedir cualquier religión es libertad. Una petición tremendamente compatible con la democracia, pero que no lo era con el emperador romano, por ejemplo.

Tenemos pues, en estos tiempos democráticos o que lo quieren ser, una petición religiosa en extremo razonable: libertad de culto, de creencia, de manifestación, de labor misionera, de expresión. Imposible negarlas, ni a las religiones, ni a persona alguna.

De allí que me resulte en extremo opuesto a la democracia que se pida anular o limitar esas libertades a la religión. Sería equivalente a una censura selectiva, dirigida a un grupo, como por ejemplo, los opositores políticos.

Está perfectamente dentro del espíritu democrático que se tengan pluralidad de opiniones, diversidad de voces. Eso enriquece y ayuda, aunque también produce choques y dificultades. Es inevitable. Querer retirar una voz del proceso democrático, no es democrático.

Por el lado de las religiones eso impone obligaciones sustanciales en los ministros religiosos. Les da una voz en la sociedad, pero si quieren tener efecto en su labor, tendrá que ser una voz preparada, conocedora, amable, persuasiva… lo que no necesitaban tanto cuando existía la religión oficial.

Y, finalmente, hace percibir una situación opuesta y mala, la de la unión entre religión y gobierno. La unión íntima que hace imposible a la libertad religiosa, ni a las otras.

Las creencias religiosas, al menos para el Cristianismo, vienen de la voluntad propia, del convencimiento interno, de la fe personal. Hemos regresado a esos buenos tiempos.

Post Scriptum

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Para la columna usé la obra de Rhonheimer, M. (2009). Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, S.A.

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