intervencionismo moral

Medición de la felicidad. Un sustituto del PIB. Cuando los resultados económicos no son buenos, es tentador pensar en otras mediciones. La medición del bienestar, por ejemplo. Definido a modo, eso permite que el gobierno «demuestre» que que ha hecho bien las cosas.

Introducción

La medición del bienestar general como sustituto de mediciones económicas como el PIB. Este es:

«El producto interior bruto (PIB) es un indicador económico que refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos por un país o región en un determinado periodo de tiempo, normalmente un año. Se utiliza para medir la riqueza de un país. También se conoce como producto bruto interno (PBI)». economipedia.com

En lugar de usar esa medición económica, ¿por qué no crear u usar cosas como una medición de la felicidad social o del bienestar general o algo más?

De eso trata la idea fue encontrada en Whyte, J, Quack Policy: Abusing Science in the Cause of Paternalism (Hobart Paper, 2013). Institute of Economic Affairs, capítulo 5 Happiness Engineering, p. 96 y ss.

El libro es una breve colección de políticas públicas propias de un charlatán que usa evidencia científica, sin respaldo, y la aprovecha para justificar sus decisiones de política pública y regulación.

Medición de la felicidad, el contagio de Bután

El autor inicia anotando un suceso de 1972, en Bután. La declaración de su rey, Jigme Dorji Wangchuck: la felicidad interna bruta es más importante que el producto interno bruto.

Aumentarla, se concluye, es el propósito de sus planes quinquenales. La idea se fue popularizando en los países occidentales.

David Cameron en el Reino Unido, Sarkozy en Francia, amén de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y la Unión Europea, han iniciado mediciones de felicidad, no solo de riqueza.

Las mediciones, se dice, ayudarán a medir los resultados de políticas públicas. Y, también, al examen de las causas de la felicidad y miseria. Con esas mediciones de bienestar, las políticas publicas serán modificadas para elevar la felicidad del ciudadano.

Existen ya propuestas

Ya existen recomendaciones para políticas públicas que buscan la felicidad del ciudadano.

Por ejemplo, un libro, que sugiere al gobierno elevar los impuestos para quitar incentivos al trabajo. La gente es más feliz en el ocio, se dice, y esos impuestos mayores retirarían el incentivo de trabajar más.

Igual, recomienda restringir la movilidad del ciudadano, ya que ella reduce el espíritu de las comunidades que es causa de felicidad.

Medidas como esas se toman como acciones propias del gobierno que persigue hacer feliz a la gente. Un «prospecto alarmante», según Whyte.

La idea tiene sus fallas, como la de considerar como ciencia al estudio de la felicidad.

Pero el error central es el suponer que la felicidad personal es una responsabilidad del gobierno. Si se quieren tener mediciones de felicidad, ella pasará a ser una responsabilidad gubernamental. Y eso es erróneo

Medición de bienestar, «¿Eres feliz?»

En el Reino Unido, por ejemplo, se pregunta a la gente qué tan satisfecha está con su vida, qué tan feliz se sintió ayer, qué tan inquieto se sintió ayer y si piensa que las cosas en su vida valen la pena.

La suposición es que esas preguntas son teóricamente sólidas, pertinentes a la política pública y robustas en su medición cuantitativa.

Las mediciones de felicidad y bienestar no cumplen con nada de esto.

No reconocen la amplia variedad de teorías y discusiones sobre la felicidad, que es tal que no existe una teoría comúnmente aceptada.

La condición de ser pertinentes a la política pública requiere que la medición sea política y socialmente aceptable y más aún, comprensible en los círculos políticos.

Aunque lo sea, ello no quiere decir que es una política correcta, ni estar basada en un fundamento acertado.

Las políticas públicas que usan evidencia científica como justificación, son en este caso otro ejemplo de políticas de charlatán. Las evidencias usadas son al menos dudables, sospechosas y quizá manipuladas para dar un aire de respetabilidad a la decisión gubernamental.

Mediciones imprecisas de bienestar y felicidad

La condición de que la medición de la felicidad sea «empíricamente robusta» tampoco se cumple. No hay una medición precisa, como la que existe en la Física.

No existen el conocimiento teórico necesario para medir felicidad. Por ejemplo, por la vía de la actividad eléctrica en ciertas partes del cerebro, ni por el monto de risas y sonrisas.

Esos problemas han enviado a las mediciones de felicidad social por otro camino, la expresión personal de la felicidad personal. Esto es preguntar, por ejemplo, qué tan feliz se sintió ayer. Y pedir que se responda en una escala de 0 a 10.

La medición tiene problemas, como el de ser relativa al resto que rodea a la persona. Si así se midiera la obesidad, en los EEUU, dice Whyte, el problema sería diagnosticado como mucho menor.

Malas mediciones de felicidad

La medición cuantitativa subjetiva de la felicidad necesita un estándar para calcularse.

Si, por ejemplo, la felicidad de quienes me rodean es el estándar que uso y todos en ese grupo elevan su felicidad, los resultados mostrarán que ella se ha mantenido al mismo nivel (y viceversa, al reducir todos su felicidad).

Es esto lo que produce resultados de medición de felicidad que se han reportado diciendo que a pesar de elevar su estándar de vida, los países occidentales no han elevado su felicidad.

O cuando se reporta que los habitantes de algún país pobre son más felices que los de uno rico.

Estas mediciones de felicidad, reportadas por la persona misma, se adaptan a las condiciones de su vida y se ignora cuánto de esa adaptación afecta a la medición. No existe una medición externa que permita calibrar a la medición subjetiva.

Más aún, la medición usa una escala de 0 a 10, suponiendo que no pueden excederse esos niveles, algo que no tiene una justificación basada en la ciencia.

La medida supone que quien sea que se califique en 10, o en 0, no puede ser ya más feliz, o más infeliz. La ganancia de quien se califique en 9 tenderá a ser subvalorada.

Y no solamente eso, la medición supone que quien se califica en 8 es el doble de feliz que quien se califica en 4, y un tercio más feliz que que quien se coloca en 6.

Esto supone una medición lineal con puntos de igual valor entre sí, algo que no tiene comprobación sólida.

La felicidad no es una cantidad sujeta a medición

Todas estas reflexiones parecen obvias y lo son. La felicidad no es una cantidad que pueda ser medida, como lo es el peso, la longitud, o la masa.

La felicidad es producida por millones de posibles sucesos, cada uno produciéndola (o no) en un cierto monto durante un cierto tiempo.

Sería lo mismo que sucedería al intentar medir «amor». Tendría que reunirse en una misma medición el cariño de un niño por una mascota, con el amor de un matrimonio que cumple sus bodas de oro, con la atracción que tiene un coleccionista por sus mariposas. Tampoco el amor es una cantidad.

La discusión anterior examinó las debilidades de la medición de felicidad y bienestar. Se apunto, en consecuencia, el riesgo de ser usada en la implantación de políticas públicas. Un caso de charlatanería política.

¿Y si de verdad pudiera medirse la felicidad?

Supóngase ahora que sea posible tener una medición correcta y acertada de la felicidad. Aún así, no puede concluirse que la política pública deba dirigirse al crecimiento de la felicidad.

Gratuitamente, sin justificación, se presupone que debe usarse la coerción estatal para maximizar la felicidad.

Whyte razona esto afirmando que la felicidad es solo uno de los muchos bienes escasos y que la tasa de intercambio entre todos ellos es variable entre personas y en diferentes momentos de la misma persona.

Nadie conoce mejor eso, ni tiene más información sobre la felicidad personal que la propia persona. Sería absurdo suponer que un burócrata conoce más a la persona que la persona misma.

Si el gobierno mide la felicidad, el gobierno la define

Si la felicidad es definida solo como la satisfacción de necesidades, deseos y preferencias, el político se queda sin agenda de políticas para la felicidad.

Todo lo que tendría que hacer es tener las políticas que dejaran libre a la gente para tomar decisiones personales.

La anterior es una política de laissez-faire, que claramente no es la que supone el gobierno que desea hacer feliz al ciudadano.

📌 El gobierno que mide la felicidad, la define y tiene la obligación de «forzar a las personas a actuar en contra de sus preferencias de maneras en que los harán más felices». Serán «felices» según el gobierno haya definido la felicidad y no según lo que quiera la persona.

Felicidad como una lista gubernamental

Cuando se entiende que la felicidad es, por ejemplo, un estado mental, distinto a la satisfacción de deseos, algo resulta lo obvio. La felicidad no estará en el logro de la satisfacción de la gente.

Tener un Ferrari puede no lograr la felicidad, pero es algo que algunos quieren. Mis elecciones pueden no considerar el valor real de las cosas, pero la política pública supone sí saberlo. Esto puede ser entendido como un «utilitarismo con lista».

Un utilitarismo de preferencias simplemente entiende que la felicidad de la persona es la satisfacción de sus preferencias y las deja libres para hacerlo.

Un utilitarismo con lista presupone que se conoce lo que es bueno para la gente. Y tiene una lista de cosas que, según alguna definición, es lo que hace felices a las personas.

Armados con esa lista de cosas, los gobiernos crean y aplican políticas públicas que las promuevan por la fuerza entre la gente.

Por ejemplo, en How much is enough?, se propone que los gobiernos se hagan cargo de asegurar a los ciudadanos siete elementos: salud, seguridad, amistad, tiempo libre, personalidad, respeto y armonía con la naturaleza. Una lista que expresa una opinión solamente.

Cada proponente tiene su lista y ellas no son iguales. Si alguno de ellos lograra que la suya fuera impuesta por el gobierno, forzaría al resto a vivir con lo que no concuerdan. Una situación en nada igualitaria.

En resumen

El libro de Whyte ilustra políticas públicas propias del gobernante charlatán. La más alarmante de las que examina es la de la felicidad, su medición e implantación de políticas que la logren.

Llegar a hacerlo pondría un poder sin límites en el gobierno, justificado por evidencias débiles, errores teóricos, ciencia falsa.

Bajo ningún criterio podría ser considerada evidencia sólida, pero ella suele ser ingenuamente considerada como un adelanto científico por parte de muchos.

La idea central de Whyte tiene buena dosis de originalidad al explicar en un concepto el caso de políticas públicas que tratan de justificarse en evidencia científica que es débil y cuestionable, pero que impacta al ingenuo.

Los medios y tampoco la gente común va más allá de la idea de que «estudios científicos confirman que…».

No entran a los detalles que invalidan la evidencia, como hipótesis gratuitas, mediciones débiles, lógica falsa, desacuerdo académico. Es demasiado especializado hacerlo.

Se sufre de esta manera la implantación de políticas públicas erróneas, que en el mejor de los casos no funcionan, pero que en la mayoría pueden tener efectos secundarios que empeoran la situación.

Todas las políticas estatales sustentadas en evidencia científica suponen sin justificación que es el gobierno el que debe actuar. Sin meditarlo elevan la cantidad de poder estatal, hasta llegar al caso aquí examinado: el gobierno como responsable de la felicidad personal.

Lo que tiene un punto de origen. El querer tener mediciones que hagan de lado la acostumbrada medición de desempeño económico, el PIB. Incluyendo otras mediciones económicas, especialmente cuando ellas no muestran resultados favorables al gobierno.

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Y unas cosas más para los curiosos…

Para completar la idea de la columna debe verse:

¿Qué es intervencionismo moral? Definición

Otras ideas relacionadas:

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La felicidad unitalla del gobierno

Por Eduardo García Gaspar

Se ha convertido en un objetivo gubernamental. Sin mucho darse cuenta, sin aspavientos, ni grandes protestas, la cosa se da por un hecho.

Ha sido aceptado que los gobiernos quieran hacernos felices a los ciudadanos. Que exista una medición de la felicidad de la gente.

Lo que es en realidad la noticia más infeliz que podremos tener.

El vecino y el gobierno

Tengamos sentido común. Suponga usted que su vecino llega un día a su casa y le dice que la meta de su vida es hacerlo feliz a usted. Su vecino se encargará de todo o de buena parte de la vida de usted.

Si esto llegara a suceder, estoy seguro de que reportaría al vecino a algún psiquiatra para un tratamiento urgente.

Y, sin embargo, eso es lo que solicitan hacer los gobernantes, hacerse cargo de la felicidad de millones. Por supuesto es una postura soberbia y produce lo que el soberbio padece sin remedio, miopía severa.

Es claro que es imposible que un grupo de gobernantes, que ni siquiera saben sus nombres puedan hacer felices a las personas que gobiernan.

Medición de bienestar, dar la felicidad

¿Por qué no? Hay muchas razones, muchas de ellas éticas. Pero vayamos a una razón solamente, una que es meramente práctica.

Tomemos a un gobernante que crea sinceramente que él sabe lo que la gente quiere, que quiere hacerla feliz, como, por ejemplo, la gente que gobierna Cuba, o Venezuela, o Argentina. López Obrador en uno de esos, en México.

Muy bien, primero tomemos esto a nivel individual. Suponga usted que su vecino vuelve a su casa y le dice que buscará hacerlo feliz a usted, que esa es la meta de su vida, que solo tiene que confiar en él.

El primer paso lógico es el obvio. Usted tiene que decirle qué es para usted su propia felicidad. Usted tiene que darle la información.

Igual para el gobernante. Si quiere él hacer felices a millones de ciudadanos, tiene que tener la información detallada de qué es la felicidad personal para cada uno de ellos.

Medición de felicidad: imposible

Habría que entrevistar a todos, poner los datos dentro de una computadora y tratar a cada uno individualmente. Esto supone que la gente pueda definir y medir su felicidad con detalle específico y que cuando cambie de opinión, la base de datos se actualizará de inmediato.

El problema es claro. Ninguno de nosotros, quizá con muy escasas excepciones, puede definir exactamente qué es su felicidad con el detalle necesario para que otro se haga cargo de ella.

Un problema de definición que anula toda posibilidad de que alguien fuera de nosotros pueda hacernos felices. Peor aún, no hay manera de actualizar los cambios de opinión, de que la felicidad de Juan ya no es viajar a Europa, sino sanar su úlcera.

Si alguien quiere hacerse cargo de mi felicidad, por tanto, no hay otra forma de lograrlo que conocer a fondo y con detalle lo que yo considero felicidad en cada momento, y eso cambia con frecuencia.

Con un problema de lógica, el que presentan las personas que dicen que su felicidad consiste en que nadie más que ellas se hagan cargo de su felicidad personal. ¿Qué hace el gobernante frente a esto?

Si entrevistar a millones en detalle y mantener actualizada la base de datos es imposible, resulta que eso de hacernos felices a los ciudadanos es una promesa irreal. Pero a pesar de ser inverosímil, se hace.

El sucio truco de la felicidad unitalla

Lo que el gobernante elabora es un truco sucio que engaña a muchos. Les dice que buscará hacerlos felices, pero no les dice que será él quien defina la felicidad de ellos.

Es decir, será el gobernante quien determinará qué es la felicidad de todos. Una especie de definición unitalla de la felicidad. Un ejemplo real:

«La suprema felicidad social es la visión de largo plazo que tiene como punto de partida la construcción de una estructura social incluyente, formando una nueva sociedad de incluidos, un nuevo modelo social, productivo, socialista, humanista, endógeno, donde todos vivamos en similares condiciones rumbo a… la suprema felicidad social». (Plan Nacional de Desarrollo Venezuela 2007 – 2013)

Demasiado vago, demasiado confuso. El problema se resuelve con una fórmula simple. El gobierno hace felices a los ciudadanos dándoles cosas: pensiones, médicos, vivienda, precios subsidiados, diversión, educación, transporte gratuito.

Esta es la felicidad unitalla, que millones de ciudadanos crean que ser feliz es esperar regalos gubernamentales. Ya no se necesita saber qué es la felicidad personal propia, ya no importa la persona.