Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mercados y Discriminación
Eduardo García Gaspar
10 septiembre 2014
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es impersonal. No pone atención en las personas. androjo

Poco le importa quiénes son y eso es bueno.

Es una manera de evitar discriminación en el sentido negativo.

Aunque sí discrimina en otros sentidos.

Bien vale una segunda opinión este tema. Comencemos con la visita que usted hace a un supermercado. Va a comprar cerveza, la que usted más desee en ese momento. Y la compra pensando en la cerveza.

Poco o nada le importa qué personas la produjeron: blancos o negros, orientales o europeos. Su compra es impersonal.

Al productor le sucede lo mismo, no le importa quién compra lo que fabrica. Podrán ser socialistas o liberales, homosexuales o heterosexuales. La venta es impersonal. No hay un mecanismo de discriminación por tipo de persona. No está nada mal el sistema.

Supongamos ahora una cosa, que la persona que compra es un racista radical y no compra nada que haya sido producido por gente de otra raza que no sea la suya. ¿Qué le sucede? Se daña a sí mismo porque limita su número de opciones. Y se lastima más él que el resto.

Esa persona tendría que investigar si no hay trabajadores de otra raza que hayan ayudado a armar el coche que compra. O si no hay esa gente entre la que cultivó o transportó cebada para hacer la cerveza. Difícil saberlo. Tendría que comprar productos que dijeran: “Exclusivamente producido por personas de raza X”.

En resumen, un mercado libre es impersonal y eso es bueno. La discriminación que pudiera hacerse terminaría lastimando al que la intenta: disminuye sus opciones de compra. Al vendedor le sucedería lo mismo, disminuyendo en número de clientes posibles.

No digo que no se haga, porque podrá haber alguien que lo intente. Lo que digo es que el mecanismo de mercado hace ciegos a productores y compradores en el sentido de no diferenciar a la otra parte. No importa si el comprador es budista, o si el cliente es protestante.

Y si se intenta, entonces el más dañado es el que lo hace. No es difícil de entender, pero la cosa no termina en esto. En realidad, las cosas se ponen interesantes a partir de este momento, en el que surge una modalidad de la discriminación.

Piense usted en productos, los que quiera, y verá que la esencia misma del producto causa diferencias en el trato a la gente. Una cerveza separa a los alcohólicos de quienes no lo son, igual que el resto de las bebidas fuertes.

La loción bronceadora hace de lado a quienes tengan pieles muy oscuras. La comida de mariscos discrimina a quienes tienen alergias a ellos. El brócoli discrimina a quienes lo odian, el picante a quienes padecen gastritis.

Los autos de my alto precio discriminan a quienes no tienen altos ingresos. Los restaurantes vegetarianos a quienes comen carne y viceversa.

En fin, estamos frente a un tipo de discriminación que es real y es producida por las características no esenciales de la gente, como la pasta de dientes contra el que no tiene dentadura.

Y esta discriminación es natural, la tomamos como dada y nadie se inmuta ante ella. Es el caso de las hipotecas de largo plazo en contra de quienes están en edades avanzadas.

Mi conclusión: la discriminación es una noción más compleja de lo que suele pensarse. Por ejemplo, usted discrimina entre personas al seleccionar a sus amigos.

Unos lo serán, pero otros no. Difícilmente puede llamarse discriminación a eso (aunque hay quienes le pedirían a usted que sus amigos fueran una muestra representativa de la población).

En la actividad económica, como vimos, quien discrimina directamente resulta dañado al limitar sus opciones de compra y venta. Pero al producirse un producto cualquiera, éste mismo separa a la gente por causa de los gustos de ella, o sus características.

Y eso es inevitable. Por ejemplo, los libros en contra de una religión cualquiera discriminan contra quienes profesan esa fe. Sin embargo, prohibir esos libros atentaría contra la libertad de expresión y no sería aceptable prohibirlos. Incluso aunque exista una prohibición de discriminar por causas religiosas.

Las cosas se complican notablemente. Un autor que critica a la homosexualidad, por ejemplo, discrimina contra esas personas y, sin embargo, sería absurdo atacar su libertad de expresión, incluso a pesar de que sea reprobable discriminar por preferencia sexual.

Lo que he intentado hacer es ir paso por paso complicando la noción de discriminación. Ella suele ser interpretada flexiblemente y sin criterios sólidos para favorecer a algún prejuicio.

Post Scriptum

Si se imagina un mundo con cero discriminación de ningún tipo, él sería un mundo de personas totalmente iguales unas a otras, sin diferencia alguna entre ellas. Absurdo.

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