Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
“Mi Intención Era Buena”
Eduardo García Gaspar
7 octubre 2014
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un gran pretexto. La gran disculpa para las peores fallas. androjo

La justificación más útil para el fracaso más grande.

Y tiene, además, una buena dosis de admiración propia.

Es esa frase que sigue al fracaso, “la intención era buena”.

Incluso hay un pequeño libro sobre el tema, específicamente sobre el caso clásico, las fallas de proyectos gubernamentales (Myddelton, D. R., 2007, The Meant Well: Government Project Disasters. London: The Institute of Economic Affairs).

“El mal en el mundo casi siempre viene de la ignorancia y las buenas intenciones pueden hacer tanto mal como la malevolencia si ellas carecen de comprensión”, escribió A. Camus.

La frase tiene contenido al agregar un elemento muy propio del caso, la ignorancia, la falta de conocimiento.

Hay algo malo en el caso de que las decisiones sean justificadas solo por sus intenciones. Las metas loables son cuando mucho una condición obvia y no suficiente de las decisiones y acciones.

Y éste, mucho me temo, es el mayor error de la política de nuestros tiempos.

Un error muy propio de los regímenes de avanzada, de esos que todo justifican como una responsabilidad social que necesita solución inmediata.

Porque, al final de cuentas, es esto lo que ha servido para implantar las más alocadas ideas, los proyectos más dementes y las políticas más desquiciadas.

“El poder concentrado” escribió M. Friedman, “no se vuelve inofensivo por las buenas intenciones de quienes lo crean”.

Otro elemento básico de este tema: se presupone, con la mayor de las ingenuidades, que los gobernantes son seres inmaculados, siempre con las mejores intenciones.

Estas cuestiones bien valen una segunda opinión. Vayamos paso por paso para examinar lo que sucede en los gobiernos en estos tiempos de demasiada televisión y poco seso.

Comencemos por reconocer que las buenas intenciones son usadas una y otra vez para dar el visto bueno a cuanta propuesta política sale de la boca de los gobernantes.

Con las mejores intenciones se proponen seguro de desempleo, subsidios agrícolas, legalización del aborto, becas de estudio, rescate de empresas, aumentos de impuestos, nacionalizar empresas… lo que usted quiera.

El gobernante “vende” su propuesta al electorado: intenta y logra muchas veces convencer considerando que sus intenciones son buenas, “socialmente responsables” en el lenguaje político actual.

Y con esa sola consideración demasiados dan una aprobación entusiasta a la propuesta.

Será una sorpresa que la propuesta, implantada con esa sola justificación, tenga éxito. Ante el fracaso, si es que se reconoce, surge la frase, “mis intenciones eras buenas”.

Y, sin reparar en lo sucedido, la próxima vez se hace lo mismo, como por ejemplo, elevar el gasto gubernamental con la buena intención de dinamizar a la economía.

Por supuesto, lo que sucede es que de poco o nada valen las intenciones cuando se implanta una medida que no contiene análisis, ni información, ni comprensión. Las buenas intenciones no pueden ser sustitutas del conocimiento.

Lo anterior es tan obvio que de vergüenza tener que apuntarlo de nuevo. Pero hacerlo es una obligación frente a la realidad.

Sin duda, las intenciones de La Prohibición fueron admirables, como también las ideas de financiar el déficit público con emisión de moneda.

Eso es precisamente lo que sucede en nuestros días, muy especialmente entre los progresistas y los socialistas (sin que los otros se libren de la culpa).

Su intención es en lo general resolver problemas con medios gubernamentales transformados en políticas públicas socialmente responsables, es decir, con buenas intenciones.

El ciudadano común, poco preparado para evaluar los detalles de, por ejemplo, una política de subsidios, o una de expansión monetaria, tiene como principal herramienta de justificación a las intenciones de la propuesta.

Y forma de esta manera una idea del gobernante, como alguien que tiene buenas intenciones, que asume responsabilidades sociales.

El resultado es fatal para todos: se implantan los peores planes, se realizan las más tontas acciones, se hacen las más alocadas propuestas. Todo aprobado sobre la débil base de que se tienen buenas intenciones, de que son medidas socialmente responsables.

Quizá el corazón del error está en la adopción indebida del sentido de urgencia de lo socialmente responsable y la carga moral que ello acarrea. Se crea un medio ambiente en el que los gobiernos son los que asumen la responsabilidad moral de actuar en todo y para todo.

En fin, si nos interesa saber algo del por qué las cosas no salen bien en los gobiernos, conviene examinar lo que hay detrás de esa frase de “tener buenas intenciones”

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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