Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Moral a la Carta
Eduardo García Gaspar
10 junio 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Cualquiera puede hacerlo. No se necesita preparación, ni capacitación. androjo

Lo hacen las celebridades, los empresarios, los trabajadores.

Se hace en casa, en la calle. No hay tecnología requerida.

Puede construirse con cualquier base.

Me refiero a las reglas morales. A eso que determina lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse.

Lo hacen en la ONU, en cualquier ONG, en la escuela, en la oficina del gobernante, hasta en las cámaras de legisladores.

Y suele hacerse por gusto personal, por admiración, por creencia y por contagio. Lo hace el contrabandista y el delincuente. El ministro y el filósofo.

Todo lo que se necesita es tener una idea de un estilo de vida, el que sea, y sobre eso concluir algunas reglas morales.

Podría ser un código de reglas basado en la admiración por las Kardashians o Angelina Jolie; o bien uno sustentado en Nietzsche o Aristóteles; también, basado en las declaraciones de la ONU, o lo que diga la constitución del país.

La variedad es amplia. No tiene límite.

Podría ser algo que la persona vio en alguna película, como Avatar o El Código da Vinci; lo que oyó decir a un profesor, o lo que escuchó en un templo. Incluso lo que leyó en un libro. O en una combinación de algunas de ellas.

Lo que esto produce es una proliferación de reglas morales, cada uno produciendo las suyas propias a su antojo. Todo convertido en un asunto de gustos personales y creencias individuales, como cada persona hubiera producido su propia Ética a Nicómaco, o mejor dicho, a sí mismo.

Cada una es diferente. Podrá haber similitudes, pero cada moral personal es única y distinta, excepto por una regla que todas contienen (o casi todas): prohiben a otros alterar la moral creada por la misma persona.

Es el argumento estándar de “no quieras imponer tu moral en mi persona”. Buena o mala, mediocre o primitiva, refinada o tosca, la moral personalizada pide eso, ser respetada por los demás.

No quiere ser interferida, ni puesta en tela de juicio, ni examinada. Presupone ser perfecta. Un producto digno de alabanza, tanta que no acepta ser cuestionada.

Esto nos lleva a lo que creo que bien vale una segunda opinión: el origen de la obsesión con la noción de la tolerancia. Cuando la moral es personalizada en el sentido de ser creada por la persona misma, a su gusto y creencia, la única regla moral universal posible es la tolerancia.

Significando eso la no interferencia en los asuntos propios. Tolerar resulta ser el único reclamo universal válido cuando cada quien ha creado su propia moral, sus propias ideas de lo bueno y de lo malo. La obsesión con la tolerancia está justificada por eso mismo de que todos producen su moral personalizada.

Y tiene efectos notables. Por ejemplo, produce una reducción notable en la calidad de las discusiones morales, en la que ya no aplica la lógica ni el razonamiento. Aquí ya no hay necesidad de ver a Aristóteles, ni a Aquino. En realidad a nadie de esos. La ONU, por ejemplo, se convierte en el Vaticano de otros.

La moral personalizada, a la carta, produce también el reclamo a la tolerancia que lleva a la indiferencia mutua. Si la tolerancia indiscriminada es el solo valor moral universal, cada persona se convierte en una isla a la que poco importa el resto.

Kenneth Minogue (1930-2013) señala otro efecto, una paradoja llamativa. Por un lado, el ambiente moral de nuestros tiempos sigue el principio de “todo se vale”; por el otro, en la vida institucional no todo se vale, al contrario, ella está fuertemente atada.

Atada en el sentido de que “la menor señal de actitudes que puedan ser descritas como racistas, sexistas, discriminatorias, xenofóbicas, u homofóbicas” conduce a grandes problemas. Cualquier petición de examen, cualquier señal de crítica, es una violación de la tolerancia elevada al máximo nicho.

Quizá el peor de los efectos de este reclamo a la tolerancia de la moral personal es la creación de generaciones de analfabetas morales, orgullosos de serlo. Para los que el reto máximo es acomodar las reglas cómodamente a sus gustos, indignándose cuando alguien los cuestione.

Un medio ambiente de este tipo, de analfabetismo moral, es a su vez un buen caldo de cultivo para el aprovechamiento político del poder. En medio de una multitud de morales personalizadas, se propicia la creación de movimientos activistas con agendas propias y que bajo el cobijo de la tolerancia acuden al gobierno reclamando respeto.

Ese respeto se convierte en ley, a veces, y curiosamente se impone al resto bajo el disfraz de la tolerancia. Cualquier crítica a las cuotas de mujeres en las cámaras legislativas es calificada de sexista. Rehusar matrimonios de personas del mismo sexo es incluso sujeto a multas. Las iglesias son obligadas a proveer servicios de aborto.

Termina esto en una situación digna de una comedia mala: creyendo ser libres, creyendo tener su propia moral, las personas acaban siendo serviles al gobierno al que necesariamente han dado el poder moral.

Post Scriptum

Para los defensores de la libertad, esto es un problema serio porque acaba destruyendo al valor que se pretende proteger. Creyendo que la libertad significa despegarse de responsabilidades morales, se anula a la misma libertad.

La cita está en Minogue, K. (2010). The Servile Mind: How Democracy Erodes the Moral Life (1 ed.). Encounter Books.

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