Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No, no Serán Los Mejores
Eduardo García Gaspar
28 mayo 2014
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Se necesita prudencia. Es necesario el conocimiento. androjo

En pocas palabras, la sabiduría es un requisito de supervivencia.

A mayor importancia de la decisión, mayor necesidad de sabiduría.

No hace falta definirla, todos sabemos lo que ella es.

Por simple lógica, las decisiones gubernamentales son las de mayor consecuencia, por causa de su efecto en la vida de millones. El más mínimo sentido común diría que la sabiduría es una condición vital para el bienestar del gobernado (y del mismo gobierno).

Esta demanda de sabiduría en el gobernante es la respuesta usual que se da a la formación de un buen gobierno. Con personas sabias en el gobierno, se dice, ese gobierno beneficiará a sus gobernados.

Es cierto, pero presenta un problema.

¿Cómo hacer que gente sabia, prudente, conocedora, experimentada, llegue a ser gobernante? Quien crea que eso puede lograrse por medio de elecciones y votaciones, comete una falla de ingenuidad.

Los votos no están diseñados para elegir a sabios gobernantes (la ventaja clave del voto es poder retirar del poder a los gobernantes y hacerlo sin violencia).

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión.

Pensemos en un país cualquiera, con algunos millones de ciudadanos que votan. Cada voto tiene una influencia mínima y el ciudadano no suele dedicar gran tiempo al análisis comparativo de los candidatos y sus propuestas.

Peor aún, los candidatos se dedican a hacerse conocidos por el mayor número y causar una impresión favorable. Eso es lo principal. Sus ideologías y creencias se ocultan o disfrazan para no perder votos entre quienes no piensan así.

Se tiene, por tanto, una serie de millones de decisiones poco meditadas y basadas en impresiones superficiales. Será una verdadera casualidad que este proceso lleve al poder a los sabios y mejor preparados. No digo personas perfectas, sino simplemente superiores al promedio.

Y es así como las decisiones más importantes dentro de un país, las que toma un gobierno son tomadas por personas seleccionadas dentro de un proceso que lleva al poder, en el mejor caso, a personas promedio (y en el peor a personas que son lo opuesto de sabias).

El resultado es digno de mención e incluso asombroso. Digo, porque el sistema político más admirado y buscado es uno que coloca en posiciones de poder a personas que están lejos de ser los mejores y muchas veces son de los peores.

La cosa se complica por otra razón, la mentalidad de quienes hacen carrera en la política.

Muchos de ellos buscan el poder por el poder, movidos por el ansia de implantar sus ideas en la vida del resto. Otros simplemente buscan aumentar sus fortunas por medios ilícitos. Ninguno se salva de anteponer sus intereses a los de los demás. ¡Y es entre ellos que se busca a los mejores!

La realidad, mucho me temo es ésa: sólo una casualidad pondrá a los mejores en posiciones de gobierno dentro de una democracia. Los gobernantes que ella produce son, cuando mucho, igual al promedio general de los ciudadanos y muy posiblemente, peor que ellos.

Esto tiene consecuencias realmente graves, pero que tienen solución.

Si usted tiene un empleado que no es precisamente bueno, lo coloca en una posición con menos responsabilidades que el empleado más capaz. Así debe actuarse con los gobernantes democráticos.

Al final de cuentas, ellos son empleados nuestros. No siendo particularmente sabios, ni brillantes. ni prudentes, lo mejor que puede hacerse es (1) pedirles cuentas con frecuencia y (2) darles las menores responsabilidades posibles.

Llevemos estas dos cosas a un caso concreto, el del monopolio estatal mexicano de petróleo.

Solo a un insensato se le ocurriría poner en manos de gente sin garantía alguna de ser prudente, sabia, conocedora, experimentada, a esa empresa. Si usted posee una empresa, no pienso que la deje en manos de gobernantes.

Mucho menos aconsejable será dejar en manos gubernamentales asuntos de supervivencia para todos, como pensiones, servicios médicos, vivienda, créditos… Es una auténtica locura de nuestros tiempos el suponer que los gobernantes tienen la responsabilidad de hacernos felices y cuidarnos.

Y, sin embargo, eso se hace. Se hace con la mayor seriedad y gravedad, sin darnos cuenta que es una chifladura.

El sistema democrático, contrario a lo supuesto, no lleva a los mejores al gobierno, posiblemente lleve a algunos de los peores: poco sabios, muy imprudentes, más codiciosos, de cortas miras.

Es realmente llamativo que tantas personas depositen sus esperanzas en un gobierno. Esto revela la otra faceta de la democracia: tampoco los votos son dados con prudencia y sabiduría, por lo que no sorprende que tampoco produzcan gobernantes prudentes y sabios.

Lo que ese voto produce demasiadas veces es la elección no de gobernantes, sino activistas sociales que tienen la ambición de hacernos vivir la vida que ellos quieren que vivamos, aunque no nos guste.

Post Scriptum

No es lo anterior una petición para abandonar a la democracia, pero sí es una llamada a entender que por naturaleza, la democracia debe tener un gobierno limitado y acotado; algo muy alejado del estado de bienestar en el que se ha convertido.

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