Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No, no Son Mejores
Eduardo García Gaspar
24 enero 2014
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en: ,


Tiene problemas y no son leves. Suele causar rechazo inmediato. androjo

Pero tiene una ventaja grande, la claridad. Y la claridad es una virtud rara en nuestros días.

Días en los que parece preferirse la frase hecha al razonamiento sólido.

Pío Baroja (1872-195), el escritor español, lo expresó bien.

En Los Pilotos de Altura, una de sus novelas, escribió: “Como la gente en general no discurre o discurre por frases hechas…”

Bajo esas circunstancias, la claridad resulta una virtud sí, pero odiosa que se rechaza prefiriendo la mediocridad de la indefinición.

Acudo al ejemplo de un caso en el que varios discutían sobre las reformas estructurales en México. Solamente uno de ellos fue claro, el que dijo que debía respetarse y fomentarse una amplia libertad de iniciativa económica si es que se quería prosperar. Su postura fue prácticamente la del laissez faire.

Ninguno de los otros tuvo esa claridad. Nadie se expresó con tanta transparencia como él.

Gran virtud la de ser lúcido, incluso aunque no se esté de acuerdo con lo dicho. Siendo yo liberal estuve de acuerdo con lo que dijo, pero mi punto no es defender sus ideas, sino apuntar otra cosa que llamó mi atención.

Las otras personas no solo no fueron claras, sino que dieron la impresión de querer ser intencionalmente vagos y ambiguos. Se defendieron de la claridad del otro de una manera clásica, acusarla de fundamentalista y fanática. Nada fuera del guión de quien goza vivir en el letargo mental.

Igual, por ejemplo, resultó la serie de frases hechas utilizadas para criticar la postura clara del otro. Incluso la utilización de información errónea.

Uno de ellos, por ejemplo, aseguró que “el milagro alemán” de la posguerra se había debido a una fuerte política económica intervencionista y no a cosas como el laissez faire (lo opuesto de lo que escribió L. Erhard, que sospecho sabía más del tema).

Usaron las frases usuales (“ayudar a los desprotegidos”), las proposiciones acostumbradas (“el gobierno debe intervenir”), las ideas estándares (“soberanía nacional”).

De entre todas esas poco desafortunadas intervenciones, donde el talento venía en dosis homeopáticas, algo se reveló y que creo que bien vale una segunda opinión.

Me refiero a una especie de hipótesis oculta y que lleva a conclusiones erróneas. Varias esas personas, por ejemplo, propusieron que los gobiernos limitaran la venta de productos chatarra, que regularan los precios de líneas aéreas, que impusieran impuestos más altos a las empresas mayores, que abrieran instituciones educativas, que se hicieran cargo de la política de innovación tecnológica…

Esas ideas y otras más, todas similares, poseían algo curioso, esa hipótesis oculta. La de que el gobierno hará mejor las cosas que el resto de la gente.

Si el gobierno debe desarrollar la política tecnológica es que el resto no lo puede hacer. Si debe encargarse de la educación es que tampoco lo puede hacer el resto. Si debe cobrar más impuestos es que puede gastar con más eficiencia ese dinero que el resto.

La hipótesis oculta permaneció así, escondida, como un supuesto gratuito y sin comprobar, pero tomada como real y verdadera.

La única forma de justificar que el gobierno sea el que se encargue, por ejemplo, de programas contra la obesidad es suponer que los gobernantes son más inteligentes y conocedores que el resto de la gente.

¿Lo son? No lo creo. Hay evidencias contundentes de lo opuesto.

Dudo mucho que una política tecnológica gubernamental dé mejores resultados que el dejarla libre a las iniciativas de la gente. Y que la educación pública sea consistentemente de mayor calidad que la que está en manos de particulares.

Total que es un fenómeno curioso el encontrar tantas propuestas de que los gobiernos se encarguen de tantas situaciones que podrían ser mejor manejadas por otros.

Y es que una y otra vez surge ese mecanismo automático que, sin pensarlo, supone que si existe un problema cualquiera, el gobernante nos dará la mejor solución.

Sí, nos dará una solución, la que él imagine que le beneficia y da popularidad, pero no la solución correcta. El caso mexicano de querer resolver problemas de obesidad aumentando impuestos a refrescos, es sólo un ejemplo reciente. Fue aplaudido, por cierto, por parte de algunos de los que participaron en la discusión.

En resumen, me parece cierto que en lo general mucha gente no discurre y que cuando intenta hacerlo, usa frases hechas, pero sobre todo una hipótesis atrevida y poco real: el gobernante sabe más y es más inteligente que cualquiera en otra parte.

Por mi parte, aprendí algo de esa discusión: la próxima vez que alguien proponga que el gobierno se haga cargo del turismo nacional, o algo similar, le debo preguntar si los gobernantes saben más de turismo o de lo que sea, que el resto de la gente.

Post Scriptum

Véase La Reacción de Fido para un antecedente de la idea central de esta columna.

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