Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Patriotismo Disfrazado
Selección de ContraPeso.info
1 febrero 2014
Sección: GOBERNANTES, Sección: AmaYi
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Es problema del elector al votar es elegir al mejor. Y el mejor para S. Johnson es el patriota real, definido de cierta manera. Especialmente distinguiendo al que pretende serlo. Un patriota falso es posible de identificar con un criterio muy concreto.

El Doctor Johnson (1709-1784), como es usualmente llamado, fue un muy afamado escritor inglés, de gran estilo y experto lexicógrafo. Un observador con gran sentido común y citado con gran frecuencia.

La idea fue encontrada en la obra de Samuel Johnson (2010), El Patriota y otros ensayos, Madrid, El Buey Mudo, pp. 25-32. La ocasión del ensayo El Patriota, discurso a los electores de Gran Bretaña 1774, fue el de las elecciones generales de ese año.

El ensayo comienza con una cita de John Milton (1608-1674), el poeta y ensayista inglés, que dice,

“En su insensatez a gritos piden libertad / pero se revuelven contra la verdad liberadora / cuando libertad claman, libertinaje piensan / qué justos y sabios serían si aquello otro pretendieran”.

Una cita que fija el humor del ensayo, que anota en su inicio la idea de que el elector dedica tiempo exagerado a la lamentación de tiempos pasados, perdidos. La virtud de la vida y el arte del buen vivir está más en el pensar en la oportunidad cercana, no en el pasado ido.

Con esa mentalidad debe disfrutarse el arribo del “privilegio de escoger a sus representantes”. La selecciones de quienes harán las leyes y gobiernen, una responsabilidad sin duda alta.

El elector, con su elección, decidirá la manera en la que se harán esas leyes y se gobernará. Le será de gran consecuencia en su vida quién es el que gobierna. De ese que merece el privilegio de gobernar.

El tema es específico. Johnson desarrolla el asunto de quién merece llegar a posiciones de gobierno. Y ofrece al elector una idea específica: el gobernar es algo que sólo deben hacer los patriotas, pero no los patriotas como se entendería en una primera impresión.

“Patriota es el hombre cuya conducta está sometida a un principio único: el amor por su país; quien, en su actividad parlamentaria, no alberga esperanzas o temores personales ni aguarda favores o agravios, sino que todo lo somete a interés común”.

Difícil será encontrar personas así, pero el desaliento no es respuesta. Deben buscarse sabiendo distinguir entre quien parece patriota y quien en realidad lo es. Así, Johnson empieza a mencionar una serie de características que ayudan a reconocer al que no es patriota, aunque lo parezca.

La constante y fuerte oposición al gobierno, la rebeldía contra él, no es necesariamente cualidad del patriota. Es detestar a la autoridad sin que eso signifique amar al país. Patriotismo no es sinónimo de rebelión ni desacato.

Quien se considere rechazado, que crea que pocos o nadie valoran sus ideas, y que está perdiendo ascendencia, con toda seguridad encontrará ideas que le servirán de críticas que ataquen a la autoridad. Hablará del poder del pueblo, de la injusticia que vea, de la desigualdad. En nada de esto, sin embargo querrá ver beneficiado al país, sino privilegiada su posición propia y la victoria de sus malas artes.

La mayor parte de quienes así actúan, acusando y criticando, no lo hacen por tener sospechas, temores, ni preocupación por la calidad de la política. Lo hacen porque así buscan hacer “fortuna al calor del resentimiento y la invectiva”. Ponen en oferta a su silencio, un precio para abandonar sus gritos.

Nada hay en el patriotismo que le haga equivalente de propagar el descontento, ni hablar de conspiraciones, ni revelar tramas ocultos. No hay patriotismo en el crear y difundir “rabia con ánimo peor que la provocación”. No es vía para la felicidad de la gente, sino el camino a su infelicidad.

Johnson, claramente, quiere que el ciudadano que vota no confunda como patriota a quien es solamente un agitador, un perturbador de la paz, que así persigue su beneficio, no el de la gente.

Los gobiernos cometen errores y tienen fallos, pero ellos con dificultad pueden “justificar el alboroto de la muchedumbre”, la que no “ha de constituirse en juez de lo que es incapaz de comprender”. No hay en ella opiniones creadas “por la razón, sino que se propagan por contagio”.

La agitación de la multitud no cesa, incluso tras haberse reparado la ocasión que la produjo. No hay patriotismo en esto, aunque pueda tener su apariencia.

No hay patriotismo en el “socavar el respeto debido a la autoridad suprema”, tampoco en el atacar el orden existente, lo que daña a todos. Invadir el espacio público difundiendo sospechas de corrupción, insinuando culpas, haciendo peticiones que se sabe son imposibles de satisfacer, hacer esto es propio del agitador, no del patriota.

El patriota verdadero es prudente y cuidadoso, previsor de riesgos. Un ser que puede hablar de peligros, pero no un creador de agitación e inquietudes. No puede ser patriota quien acude a lo improbable y descabellado. Menos lo es quien recurre a la propagación de rumores que sabe son falsos.

El elector debe reconocer que el verdadero patriota es un “amigo del pueblo”, pero que aún esto puede resultar engañoso. El pueblo es una entidad demasiado amplia, que incluye a todos, pobres y ricos, sabios y tontos, malos y buenos. Una “masa muy heterogénea y confusa”.

¿A que porción del pueblo se dirige el patriota real? Responder a esto ayudará al elector a distinguir al patriota de quien no lo es. Las palabras de Johnson son claras.

“… no se atreva a jactarse de su amor al pueblo quien ante todo y principalmente se dirige a los indigentes, siempre proclives a la exaltación, que por naturaleza son suspicaces; a los ignorantes fáciles de inducir al error, o a los disolutos, que sólo aspiran a causar daño y sembrar confusión”.

No es patriota tampoco quien difunde esperanzas sin fundamento, expectativas sin sentido, y lo hace buscando su beneficio. Hacer esto es crear causa de desilusión posterior. Esto es igual a engañar con promesas imposibles.

No hay patriotismo en el “abortar parlamentos, revocar leyes”. Tampoco en el adoptar compromisos sin significado que suponen obediencia al electorado.

Termina está parte del ensayo con una idea:

“El patriota es consciente de haber sido elegido para promover el bien público y defender a sus electores, junto con el resto de sus compatriotas, no sólo del daño que otros puedan infligirle, sino del que pudieran hacerse a sí mismos”.

Johnson, en esta primera parte de su ensayo, define el tema de la selección de personas para puestos públicos. La responsabilidad es del elector y este hará bien en buscar a los mejores. A los que el autor define como patriotas.

Pero esa palabra es demasiado vaga y, peor aún, puede servir de disfraz a quien no lo es. Las reflexiones de Johnson sirven a elector para distinguir al patriota buscado del patriota disfrazado que es un agitador que busca su beneficio personal.

La gran idea de Johnson es un aviso que sirve a democracias establecidas, pero quizá sobre todo a democracias nuevas; las que tienen electores que pueden con facilidad sucumbir a la falacia del patriota disfrazado.

Nota del Editor

La traducción del poema de J. Milton fue tomada del mismo libro.

Sugiere lo anterior ver con gran sospecha al gobernante que expresa esa frase precursora de lo peor:

Lo vengo oyendo desde chico. Creo que era una frase muy usada por en el régimen anterior: “Yo estoy en política porque tengo vocación de servicio”. También se la oí una tarde en una conferencia a Cristina Almeida que entró en la sala  con el empuje con que Cecilia Bartoli ataca el “Exsultate y jubilate” de Mozart. Ella – nos dijo- estaba en la política porque tenía vocación de servicio” purpuranevada.blogspot.mx

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