Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Perder La Excelencia
Eduardo García Gaspar
20 noviembre 2014
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en: ,


La idea flota en muchas partes. Se menciona con frecuencia. androjo

Algunos la sostienen con vehemencia. Otros la niegan totalmente.

¿Estamos en tiempos de decadencia? ¿Es la nuestra una civilización en caída?

Suelen presentarse evidencias que no son fáciles de negar.

El relativismo moral y el cultural, por ejemplo, han hecho de lado las bases mismas en las que se construyó nuestra cultura. El valor del trabajo y el esfuerzo, el concepto mismo del merecimiento, han cedido su lugar a costumbres de exigencias y reclamos de igualdad sin justificación.

La idea del dominio sobre sí mismo se ha desplazado y emergido un cierto culto por el gozo y el placer.

La democracia, llevada a su extremo irracional, ha producido una obsesión por la igualdad y creado un nuevo tipo de despotismo, el democrático, colocado en manos de un mesías político en quien la masa coloca sus esperanzas.

En todo esto, hay una faceta que es llamativa y bien merece una segunda opinión.

Bien representada en la burla que recibe el estudiante excelente. Como si el esfuerzo y el saber fueran ocasión de desprecio. Como si saber más fuera un desperdicio y el punto mejor posible fuera la mediocridad, el promedio.

Un amigo piensa que otra faceta de la debilidad de la civilización de nuestros días es el lenguaje. Se encuentran faltas de ortografía en el periódico, en los escritos personales, junto con errores de sintaxis en comentaristas de radio y televisión.

Pero, sobre todo, las palabras han sufrido deformaciones de significado. Y si a usted se le ocurre corregir una falta gramatical a alguien, su observación será vista como irrelevante.

El caso por excelencia de ese cambio es “tolerancia”, pero también justicia, igualdad, derechos. No es casualidad que todas ellas sean abstracciones, conceptos intangibles, que se deforman a conveniencia de la intención personal.

Las palabras redefinidas, dice mi amigo, “han ignorado la idea de la verdad, a la que han reconvertido de tal manera que significan poder”. El sabor a Nietzsche es fuerte en esa idea: sin abstracciones universales solo existe un camino a seguir, la voluntad de poder.

Y es que cuando se acepta que la verdad existe, eso va contra la democracia despótica, cuya igualdad extrema no puede admitir sin gran trabajo que alguien puede estar en lo cierto y el resto no.

El mérito de estar en lo cierto en una noción repelente a la igualdad, pues daría a algunos una posición superior.

Esto es lo que hace que el juicio moral sea un atrevimiento indebido y sea visto como intolerante quien se atreve a juzgar que algo es malo. Quizá sea esto lo que ha movido a decir a un autor que “el hombre moderno se ha convertido en un idiota moral”.

No es exagerado decir eso. Cuando cada quien se erige como el propio autor de su moral, la capacidad de pensar éticamente se atrofia y la única salida es decir que cada quien tiene sus propias verdades.

El mismo autor, Weaver, escribió que “cada hombre no ha sido solo su propio sacerdote, sino también su propio profesor de ética y la consecuencia es una anarquía que amenaza incluso el consenso mínimo necesario para el estado político”.

Dentro de la igualdad obsesiva, la excelencia moral es una idea insignificante, pues el mandato moral último es la coincidencia con la mayoría, con el pensamiento establecido.

Una curiosa paradoja, pues resulta a quien es su propio profesor de ética esa tarea le resulta tan pesada que termina uniéndose a la conformidad del resto que tampoco pueden con esa carga.

Esta pérdida de sentido de la excelencia de lo debido, del dominio sobre sí mismo, del esfuerzo merecido, manda a los hombres y su sociedad a ser un ente sin rumbo ni sentido.

¿Cómo guiarse sin brújulas? ¿Cómo decidir sin ideas universales absolutas?

¿Síntomas de la pérdida de la excelencia? La popularidad de los escándalos de los célebres y famosos, lo masivo de la televisión vulgar y soez, lo frecuente de música escandalosa y tosca.

Post Scriptum

Las dos citas son de Weaver, R. M. (2013). Ideas Have Consequences: Expanded Edition (Enlarged ed.). University Of Chicago Press.

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