Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pero Soy Buena Persona
Eduardo García Gaspar
6 junio 2014
Sección: ETICA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una postura común. Una opinión frecuente. androjo

Y recibida generalmente con beneplácito. Se piensa que es lógica y natural.

La encontré de nuevo el otro día.

Alguien me dijo: “No creo en nada, ni Dios, ni religión alguna, pero soy una buena persona”.

Una posición personal que merece una segunda opinión. Examinemos esto, si usted no tiene nada mejor que hacer.

Primero, entender la postura. Ella describe a la persona que piensa algo de sí misma. Opina que es buena. Ser “bueno” es dejado sin definición, pero puede adivinarse: tratar bien al resto y lo que eso significa. Al menos es no causarles daño y, en óptimo extremo, ser compasivo con los demás.

Supone que la persona no miente, no daña a otros, no los roba, no los mata, ni engaña, ni defrauda. Los trata con educación y, en lo general, puede decirse que los respeta e incluso ama.

Podemos sacar una conclusión inevitable: esa persona que dice que no cree en nada, en realidad sí cree en algo. Un algo que es el “ser bueno”. No es una creencia para descartarse. Es correcta y admirable.

Es posible entonces entender mejor esta postura. Según ella, no hay necesidad de creer en Dios, ni de tener religión alguna, para ser eso, bueno. Mi primera reacción ante esta forma de pensar es de admiración.

Realmente admirable es que la persona pueda ser buena sin creencia religiosa alguna. Para mí, débil que soy, sería imposible intentar ser bueno sin al mismo tiempo ser religioso. Necesito una base, un sostén, una justificación lógica que me haga comportarme así.

Pero pensándolo un poco más a fondo, pienso también que esa persona que dice poder ser buena sin necesidad de Dios, también está diciendo otra cosa.

No se da mucha cuenta de ello, pero dice también que tiene un principio en el que cree, el de amar a los otros.

Y ese amar a otros, le resulta algo natural y lógico. Algo obvio que aplica a todos como obligación. ¿De dónde sale esa idea?

Pregunto, porque la idea de amar al resto no es algo que surja sin causa, como una casualidad.

Las cosas comienzan a ponerse interesantes a partir de este punto. Y es que hay algo dentro de nosotros, algo que quizá se llama conciencia, que nos hace entender lo natural que es pensar en que tratar bien al resto es lo que debe hacerse.

Pero aún así,¿por qué es lógico y natural y obvio? No encuentro que exista otra respuesta que la idea de que los demás son iguales a nosotros, tienen el mismo valor y dignidad. Por eso no solo debemos evitar hacerles el mal, sino también debemos hacerles el bien.

La idea de reconocer el valor del resto está arraigada con tanta profundidad que nos damos poca cuenta de ella. Podemos pensar que es obvia y natural y nada más que eso, pero sorprendería tal ves el darnos cuenta de lo profundamente teológica que es.

Puede decirse que la dignidad igual de todos es lógica, pero eso no profundiza lo suficiente. Cualquiera podría negar su lógica, lo que se ha hecho con frecuencia: el totalitarismo da ejemplos contundentes de tratar salvajemente a los otros y creer que ello es bueno.

Las cosas cambian notablemente si esa idea de que todos somos igualmente dignos se justifica por otra vía. ¿Qué pasaría si digo que somos dignos porque nos creó Dios y Él nos ama por igual? Entonces sí tengo una justificación notable.

Con una idea colateral importante: la noción arraigada en la conciencia de tratar a otros con consideración y amor es producto mismo de ser criaturas creadas. El creador la ha “escrito en nuestro corazón”.

En otra faceta del tema, me parece admirable la persona que en realidad es buena a pesar de no creer en Dios y no tener religión alguna. Admirable porque es la excepción y porque conforme en una sociedad se olvide a Dios y a la religión, se harán posibles más y más violaciones a la dignidad de las personas.

“Quite a Dios de la ecuación y la dignidad humana rápidamente se desvanece”, escribió R. Barron. Agregando,

Cuando las doctrinas y prácticas que apoyan la conciencia religiosa son descartadas —como tan a menudo lo son en el laicismo contemporáneo— las convicciones morales nacidas de esa conciencia están en peligro. Este es el punto importante perdido masivamente por los que tan alegremente dicen: “no importa lo que usted crea, siempre y cuando usted sea una buena persona”.

Post Scriptum

Insisto en mi punto de admiración hacia quienes son buenas personas y carecen de toda creencia religiosa (e incluso la desprecian). Sin embargo, una sociedad en la que se exija lo mismo de todos se construye sobre bases morales extraordinariamente débiles y esto es caldo de cultivo para el peor totalitarismo.

Véase la idea de Paul Johnson al respecto en Reemplazos de Dios. También la idea de A. Tocqueville (1805-1859) en Brújulas de la Mente.

Para el lector que quiere ver solo las consecuencias, puedo señalar que las creencias religiosas son un freno sustancial a la expansión del poder estatal. Incluso, si el ateo quiere conservar su libertad de creencia, tendrá que reconocer que esa libertad la tiene porque otros tienen la misma libertad, aunque piensen distinto a él.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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