Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pobreza Nacionalizada
Eduardo García Gaspar
28 febrero 2014
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La fotografía lo dijo todo. Sólo había un elemento visual, el de una casa muy pobre y miserable.androjo

Pero poniendo más atención, la cosa tenía otra connotación.

Era un reportaje sobre la miseria en la que viven algunos. La casa lo ilustraba con creces.

Muy bien, no hay por qué negarlo. Existen los pobres. Quizá nunca dejen de existir.

Pero en esa fotografía había algo desconcertante. Las dos personas dentro de esa casa eran obesas. Especialmente una de ellas, una mujer con el pelo pintado de rubio.

Es algo notable en nuestros días. La expectativa visual que tenemos de la apariencia de la gente pobre es una delgadez extrema acompañada de caras demacradas. Sin embargo, en buena cantidad de casos, el pobre padece obesidad y una papada abundante.

Resulta que ahora los ricos son los delgados que cuidan su cintura, algunas veces hasta la obsesión. Son los de caras demacradas y tristes que a veces tienen las modelos de modas. Interesante cambio en la imagen de unos y otros.

Bien vale esto una segunda opinión en cuanto a los pobres y cómo se entienden en nuestros tiempos.

La terminología para describirlos es abundante. Se les llama vulnerables, excluidos, indigentes, desposeídos, marginados y más. La esencia de esas palabras está en el concepto de víctimas.

Definir a los pobres como víctimas tiene sus efectos y no son pequeños.

Si usted define al pobre de otra forma, como quien no puede generar el suficiente ingreso como para mantenerse en un mínimo razonable de estándar de vida, el problema se soluciona ayudando a que el pobre sea productivo y, por sí mismo, eleve su ingreso.

Pero si usted entiende al pobre como una víctima, la solución anterior no aplica. Una víctima es un accidentado, alguien que está en esa posición porque algo le sucedió, seguramente sin él quererlo. Igual, se pensará en un culpable, ése que ha dañado a la víctima.

Una víctima es un ente pasivo, inerte, un inválido al que debe ayudarse de inmediato por cualquier medio. Y alguien debe hacerlo, como cuando un médico atiende a un herido en la calle. El pobre visto como víctima no es culpable de su situación y, peor aún, necesita de terceros para que le ayuden. Incluso, implica el castigo de quien resulte culpable del daño.

Dos maneras de ver al pobre. Muy diferentes. Nuestros tiempos progresistas lo ven como víctima inválida. Esa mujer obesa y pobre, que muchos verían como una paradoja, el progresista la ve como víctima: no sólo es pobre, dice, sino que tampoco sabe comer y por eso está gorda y sola no puede hacer nada.

La gorda pobre resulta ahora una persona tonta, que es entendida como víctima involuntaria. El culpable, los alimentos chatarra que ofrecen las grandes empresas, los refrescos cargados de azúcar que venden las trasnacionales. Esta idea es, en su fondo, increíblemente insultante.

El pobre, visto como víctima inválida, no tiene solamente un problema de ingresos bajos, sino que es una cabeza sin seso que no sabe de dietas nutritivas. Hay que cuidarlo y protegerlo, comportarse con él como un padre con un hijo tonto.

La situación es llamativa, porque a ese pedazo de alcornoque, como se concibe a la pobre víctima, se le pide su voto en las elecciones y se le juzga capaz de elegir al mejor de los candidatos. Puede votar con sabiduría por un gobierno que piensa que es un pazguato. No tiene mucho sentido.

La situación tiene algo de conmovedor, y de surrealista también. Por ejemplo, un político mexicano, López Obrador, apela al pueblo y pide que voten por él, pero al mismo tiempo dice saber él que es lo que le conviene a ese pueblo y no lo juzga capaz de que sea cada persona la que decida su propia vida.

No exagero. Piense usted en esto. En muchas partes se pide el voto a personas suponiendo que ellas decidirán sabiamente, pero a esas mismas personas se les juzga incapaces de elegir el plan de estudios de la escuela de sus hijos, el que lo decide es el gobierno.

Estas y otras cosas, igualmente paradójicas, suceden cuando se piensan en términos de víctimas e inválidos sociales, a los que se pretende ayudar suponiendo que son incapaces de pensar por sí mismos para decidir su vida. Esto es lo que genera las políticas asistencialistas continuas, que mantienen a las víctimas en un perenne estado de inacción.

Kennneth Minogue (1930-2013) lo explica a su estilo:

“El estado, en otras palabras, ha nacionalizado a los pobres y los vulnerables, mientras que los pobres y vulnerables han pasado a dominar la moralidad proveyendo los términos morales en los que los estados modernos deben funcionar”.

Una buena forma de explicarlo. Haciendo ver a los pobres como víctimas que son preocupación única estatal, el gobierno tiene ahora a la moral de su lado. Nada de lo que intente hacer podrá ser indebido si se justifica con la intención de ayudar a las víctimas.

La víctima, por supuesto, se eternizará en esa posición, que es la única razón por la que el gobierno puede legitimar moralmente sus acciones, sean las que sean, violen las libertades que violen.

Post Scriptum

Mi intención fue mostrar como un cambio en la forma de entender a la pobreza produce consecuencias enormes. Definir a la pobreza como falta de capacidad para ser autosuficiente llevaría a programas de desarrollo de habilidades que sacarían de la pobreza a la persona. Generaría prosperidad.

Definir al pobre como víctima, por el contrario, lleva a eternizarlo en una posición pasiva que llega a validar acciones gubernamentales indebidas y reprobables de la otra manera. Conservaría la pobreza.

La cita es de Minogue, K. (2010). The Servile Mind: How Democracy Erodes the Moral Life (1 ed.). Encounter Books.

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