¿Qué es hacer filosofía? Es hacer preguntas, saberlas hacer. Es buscar respuestas, buenas repuestas. Es usar la razón, seguir sus reglas. Es tener sentido común y sabiduría.

Haciendo filosofía

Si se pregunta qué es ella, quizá la respuesta más simple sea la que acude a su origen etimológico: amor por el conocimiento, o por la sabiduría. Es muy descriptiva esta definición porque describe la actitud de quien quiere hacer filosofía.

Hay otra definición de filosofía, una muy clásica y aceptada:

«La Filosofía es la ciencia que se ocupa de responder los grandes interrogantes que desvelan al hombre como ser el origen del universo o del hombre, el sentido de la vida, entre otros, con el fin de alcanzar la sabiduría y todo esto se logrará a través de la puesta en marcha de un análisis coherente y racional que consistirá en el planteamiento y la respuesta de cuanta cuestión se nos ocurra, por ejemplo, qué es el hombre, qué el mundo, qué puedo conocer, qué puedo esperar de tal cosa». definicionabc.com

La combinación

Mezclando los dos ingredientes anteriores, entonces se tiene que hacer Filosofía es amar la búsqueda de respuestas acerca de las preguntas más profundas de nuestra existencia.

Tres focos de atención

Lo anterior manda a examinar los centros que pueden atraer la atención de las personas y detectar en ellos el centro de la ocupación filosófica.

1. Primer nivel: la persona

La mente en este plano se ocupa centralmente de las personas. El tema central en este estrato está formado por la gente: uno mismo y el resto de las personas. Esto es lo que constituye el foco central.

Un caso de este nivel es la persona concentrada en sí misma, en su apariencia, en su vestir. aquí está la obsesión con la moda y la cirugía plástica. Pero también, están aquí las mentes cuyo tema central es el chisme y el rumor sobre los demás. Las conversaciones de vecinas hablando unas de otras.

Y, también, las mentes concentradas en las vidas ajenas, no tanto de sus amigos y conocidos, como de las celebridades, los artistas y demás. Las revistas como ¡Hola!, ejemplifican esto. Son las mentes enfocadas principalmente al conocimiento del último divorcio de los famosos.

2. Segundo nivel: los sucesos

La mente en este plano se ocupa centralmente de los acontecimientos. El tema central de este estrato está formado por los sucesos, especialmente los del día, los más recientes. Esto es lo que constituye el eje alrededor del que giran las mentes en este nivel.

En este nivel están las mentes ocupadas con los acontecimientos y sucesos. Es la gente informada, al tanto de noticias e incidentes en muchas partes. Su dominio central es la información, como el que tiene el lector frecuente de periódicos.

Hay en este nivel especialidades, como el del aficionado al cine y que conocen mucho de eso; o el que sabe mucho de su especialidad de negocios. Domina en este nivel el aspecto práctico, el de resultados inmediatos y medibles, acompañado quizá con un cierto desprecio por lo abstracto y por lo teórico.

3. Tercer nivel: las ideas

La mente se ocupa centralmente de las ideas. El tema central de este estrato está formado por las ideas, las explicaciones, los conceptos. Esto es lo que constituye el foco central de las mentes en este nivel.

Este, creo, es el nivel de la Filosofía, en el que domina la concentración en asuntos más abstractos; en principios, causas, explicaciones. En el que se manifiesta una alta curiosidad intelectual y se plantean grandes preguntas, esas que no tienen respuesta simple y que resultan irrelevantes en los otros dos niveles.

Es un nivel de inquietud mental, de intranquilidad intelectual, con altas dosis de creatividad y originalidad. El campo de las meditaciones y las reflexiones, de la búsqueda del sentido de todo.

No es un terreno exclusivo del filósofo profesional. Es el campo de quien sea que se inclina por pensar, tener ideas propias y deleitarse con las ajenas. Es la zona del que piensa tratado de concluir algo.

Por tanto

Hacer Filosofía es, entonces, la pasión por hacerse preguntas acerca de temas profundos donde se crean ideas, explicaciones, formas de pensar. El énfasis está en eso de hacer preguntas, las que tienen que ser buenas, razonables, inteligentes y que den origen a respuestas sujetas a ser desechadas si no sirven.

Un caso

Así como hay ejercicios físicos, existen ejercicios mentales. Este es uno de ellos, conocido como El Barco de Teseo. Es una historia que presenta un problema que nos pone a pensar.

Teseo sale en un barco a un largo viaje durante el que las partes del barco son reemplazadas cuando se echan a perder. Después de varios cambios de piezas, Teseo regresa y la historia se termina. ¿Aburrido? No, lejos de eso.

Piense en esto. Las piezas del barco son luego usadas por otro barco, todas ellas. Cuando regresa Teseo a puerto, todas las piezas de su barco han sido cambiadas y todas las que desechó han sido usadas por otro barco.

¿Cuál es el barco de Teseo entonces? Puede ser ese en el que él regresa, pero el propietario del otro barco puede alegar que en realidad el suyo es el barco de Teseo. ¿Siguen las cosas siendo las mismas a pesar de cambiar notablemente? ¿Es el embrión humano la misma persona que el anciano 80 años después?

¿De qué sirve pensar en esas cosas?

Muchos, la mayoría, creerán que pensar en cosas como esa es inútil porque no tiene una utilidad práctica tangible.

Yo no estoy tan seguro. Acepto que es cierto que es difícil determinar una consecuencia práctica inmediata con beneficio tangible, pero no creo que ese sea el propósito de toda acción de la razón. Hay algo de gusto en el ponerse a pensar, incluso aunque no se llegue a una solución siquiera satisfactoria.

Hay también otra razón, que es mucho más embrollada: las consecuencias indirectas y de largo plazo de esas cuestiones que tan imprácticas nos parecen.

O piense usted en esta posibilidad, la existencia de un criterio adicional al de la utilidad y que justifique esas divagaciones de la razón. Es decir, no tiene consecuencias prácticas inmediatas, pero la utilidad no es el único parámetro.

El filósofo feo y fastidioso

Se le llama «vida examinada». Una idea Filosofía pura. Es de Sócrates y tiene un origen negativo: la vida que no es examinada no merece ser vivida. O, del lado opuesto, la vida que merece ser vivida es la que se examina.

Sócrates, me imagino, abrió así la puerta a la reflexión moral; al examen de la propia vida. No está mal que quien piensa examine al mundo y a lo material que le rodea, pero eso no debe permitir el descuido de lo que tenemos dentro. El alma, como le llamada Sócrates.

Y de allí salen nociones fascinantes, de virtud, justicia, verdad, deber ser, amistad, sabiduría. Una buena idea de lo que es la vida examinada (Frank Redmond, 2006):

«[…] es justo decir que la vida examinada es una vida inmersa en la conversación, tanto con otros como uno mismo. Más aún es una lucha… una vida vivida en busca de lo “bueno”. La vida examinada se preocupa de la “verdad” y la “bondad” de las cosas. Porque de esta forma, una persona puede llegar a descifrar lo que es bueno y lo que es malo y tomar las decisiones apropiadas. Sin instrucción adecuada, sin control de uno mismo, el hombre siempre caerá en el abismo de la persuasión y el placer, lo que aleja a uno de lo que es la vida examina». lucianofsamosata.info

La vida que merece vivirse es la que tiene una constante de diálogo racional, que busca la verdad, lo bueno, con otros y con uno mismo. La aspiración es alta, elevada, lleva a la acción en busca de ideas como virtud, justicia, libertad…

De Filosofía a terapia

La vida examinada, me imagino, en estos tiempos, traerá a la mente la imagen de un sillón en el que recostado el paciente cuenta sus más íntimos relatos a un psiquiatra. Y este buscará una curación «científica» a los males de paciente.

La vida examinada, un ejercicio racional, se ha convertido en una terapia medicinal. Peor aún, una terapia que retira de la vida posible toda aspiración elevada que juzgue insana; que busca comodidad antes que lucha. Una terapia que quiere hacer filosofía moral.

Es la sustitución de Sócrates con Xanax, de Platón con Prozac. No es que no sirva esa terapia, sino que se ha exagerado, creyendo que faltas morales son o no enfermedades.

En fin, quizá nuestros tiempos estén muy necesitados de recordar la idea original de la vida examinada, es conversación propia y ajena que tiene aspiraciones, que eleva y que busca encontrar el sentido a la vida.

«la relación que existe entre lo que soy, lo que puedo ser, lo que quiero ser y lo que debo ser». (MacIntyre, Alasdair C. 1998. The MacIntyre Reader. Univ of Notre Dame Press)

Y quizá de esta manera podamos darnos cuenta de que, primero, no tenemos claros esos conceptos de ser, poder ser, querer ser y deber ser. Porque nuestros tiempos están más dominados por la idea de que todo lo que es ser equivale a hacer lo que se quiera. Es el olvido de poder ser, de deber ser.

Haciendo Filosofía

Eso es amar hacer preguntas y buscar respuestas, buenas respuestas, acerca de los temas más importantes de la existencia humana. Y que puede ser expresado en eso de examinar la vida, una actividad que puede ser muy odiosa para muchos.

Hacer Filosofía es hacer preguntas

Cicerón escribió algo sobre Sócrates. Dijo que el griego

«fue el primero en bajar a la filosofía del cielo y establecerla en la ciudades y presentarla en las casas de la gente, y forzarla a investigar la vida ordinaria, la ética, el bien y el mal». Johnson, P. (2012). Socrates: A Man for Our Times (Reprint ed.). Penguin Books

Un tipo interesante Sócrates, que no cobraba por sus servicios. Tal vez no lo hacía porque se limitaba a hacer algo sumamente peligroso, a hacer preguntas. Hacer preguntas es el punto de partida del conocimiento. Aquel que no sabe hacerse preguntas no puede tener una vida completa, al menos según el griego.

Preguntas sobre las cosas en las que por lo general uno menos piensa, como el porqué de la vida, de la muerte, el sufrimiento y otras cosas por el estilo.

No son cosas reservadas a los intelectuales, ni a las personas que tienen recursos suficientes como para darse al ocio. Cualquiera lo puede hacer si es que quiere, como Sócrates dialogando con todo el que se le presentaba enfrente, sin importar su estatus social.

Es decir, todos estamos en posibilidad de hacer filosofía. Esto significa hacernos preguntas. Podría pensarse incluso en hacer algo más. Algo como tener a un Sócrates que nos hiciera preguntas.

Esto nos facilitaría en el camino al conocimiento por nuestros propios medios, que son esas respuestas a las preguntas que otro nos hace.

La cosa empeora cuando las preguntas se hacen con un cierto tono irónico, algo que hizo famoso Sócrates. Evitar la ironía al hacer preguntas que ponen en tela de juicio a las opiniones de otros, me parece que es imposible.

Si definimos a la filosofía como el arte de hacer preguntas y responderlas usando la razón, será obvio que se necesita más de una persona. Son necesarias al menos dos, y las dos con la suficiente humildad como aceptar errores propios, una cualidad que no es precisamente parte de nuestra cultura actual.

Me parece razonable afirma que nuestros tiempos son más la soberbia que de humildad. Tanto es así que los diálogos entre personas que piensan diferente suelen ser solucionados pidiendo respeto igual para esas opiniones.

Sócrates hubiera reído hasta el hartazgo con esa solución actual, la que debemos admitir es francamente ridícula.

Pensar antes de preguntar

Es simple. Difícil, pero sencillo. Todo comienza con algo que se está olvidando, el pensar.

Y a partir de allí, todo puede suceder. En realidad eso es hacer filosofía, aunque esto aterre a algunos. La pregunta que aterró al papá de Mafalda no es complicada de responder.

Primero, hay un contacto íntimo entre usar la razón y hacer filosofía. Por lo pronto, arrancar las neuronas es el inicio de todo, lo que puede requerir cierto esfuerzo en algunos (los demasiado acostumbrados a radio y televisión).

Pero hacer filosofía implica, además de ponerse a pensar, entrar en un territorio específico, el de las cosas que realmente importan. Entonces, hacer filosofía es ponerse a pensar sobre los asuntos de mayor importancia. No está mal la definición, pero le falta algo.

Lo que le falta es calificar a eso de ‘pensar’. Sí se trata de usar la razón, pero hacerlo bien. Lograr eso que ahora se llama juicio crítico. Podemos decir que se trata de ser lógico, de tener sentido común, de saber detectar engaños y malos razonamientos.

O, visto de otra manera, hacer filosofía requiere de herramientas propias. No diferentes de las que necesita un mecánico para arreglar una máquina. Y eso nos manda a algo inevitable, el entrenar la mente. No diferente al corredor que entrena para el maratón.

Total, para hacer filosofía se necesita entrenar a las neuronas para pensar en cosas importantes. La idea queda así mucho más clara, pero aún tiene un faltante que no sería bueno olvidar.

Ese faltante es la actitud de la persona. Hablo de su estilo y forma de ser. El hacer filosofía debe facilitarse a quienes tengan curiosidad intelectual, el querer saber el por qué de las cosas. Y tener pasión por eso.

También, deben tener una inclinación hacia la verdad, la que es su meta última. Y, si se puede, ser amigables y considerados con otros, lo que le lleva a escuchar antes de hablar.

Esto de hacer filosofía, me parece, es casi lo opuesto de una de las terribles situaciones de nuestros tiempos.

Filosofía no es tener opiniones

Sucede que ahora se considera positivo tener opiniones, cuantas más mejor, pero no se considera necesario tener bases para sostenerlas. Una llamativa situación que hace concluir que tener opiniones no es, por supuesto, hacer filosofía.

Muy a la entrada del hacer filosofía están algunas reglas que son simples. Y serán aún más simples una vez que se conocen. Una de ellas es fantástica y se llama ley de identidad. Ella establece que una cosa es lo que es y no puede ser otra cosa cualquiera.

Quizá alguien diga que eso es obvio y que, por ejemplo, un gato es un gato y que no puede ser un perro. Es correcto, pero no está de más repetirlo porque hay personas que se niegan a aceptarlo. Me refiero a los relativistas y post modernistas que niegan esa ley, lo que les impide hacer filosofía.

Hay otra ley de naturaleza similar, la ley de la no contradicción. Una propiedad cualquiera de un objeto, la tiene o no la tiene en un momento dado. Igual que la que establece que una afirmación puede ser falsa o verdadera, pero nada intermedio.

Lo siento, pero esas son las reglas del hacer filosofía y quien piensa que cada quien tiene su verdad, está impedido.

Esta es la disciplina en la que uno debe entrenar a su razón para hacer filosofía, como una especie de reglas del juego. Reglas como la de construir argumentos que sean sólidos y válidos, pero también que sean contundentes, es decir, persuasivos.

Pereza, el enemigo

Quizá la mayor dificultad que se encuentra al tratar de hacer filosofía es la pereza mental, un profundo mal de nuestros tiempos es la pasividad de las neuronas, atrofiadas por la televisión y el cine principalmente. La mente de demasiados ha sido habituada a recibir pasivamente y aceptar lo que sea cuando se presenta en cantidad suficiente.

Conclusión

Hacer filosofía es amar hacer preguntas buenas acerca de asuntos de real importancia en nuestra vida, siguiendo a las reglas de la razón y buscando respuestas satisfactorias.

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Y unas cosas más para los curiosos…

Convendría ver algunas de estas ideas:

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Un asunto de genialidad

En realidad es hacer filosofía. Hacer algo vital. Es ponernos a pensar sobre las cosas más importantes de la vida. Es un deporte extremo, más peligroso que escalar el Everest. En serio.

Ponerse a pensar tiene consecuencias

Un ejemplo de lo fascinante de ponerse a pensar es el de Kenneth Clark (1903-1983), un autor inglés. Fue famoso principalmente en historia del arte. Incluso encabezó una serie sobre el tema, de la BBC, llamada Civilización.

En el libro que repite esa serie de televisión, al final, escribe diciendo algo que vale la pena conocer.

«Tengo una serie de creencias que han sido repudiadas por los intelectuales de nuestra época», dice Clark.

Y continúa, «Creo que el orden es mejor que el caos, que crear es mejor que destruir”»

Sigue diciendo, «Prefiero la gentileza a la violencia, el perdón a la venganza».

«Creo que el conocimiento es preferible a la ignorancia y que la comprensión humana es mejor que la ideología», sigue diciendo.

Esto es realmente hacer filosofía. Ponerse a pensar en serio y concluir una serie de ideas que resumen las creencias propias. Las cosas que uno ha llegado a creer ciertas con sinceridad y franqueza a uno mismo. Sin considerar lo que piensen otros.

«Y creo que debemos recordar que somos parte de un gran todo que llamamos naturaleza. Todos los seres vivientes son nuestros hermanos», dice Clark casi al final del párrafo que cito.

Aún queda lo mejor.

La última frase de Clark en ese párrafo final de su libro dice, «Sobre todo, creo en el genio dado por Dios a ciertos hombres y valoro la sociedad que hace posible su existencia».

La genialidad

No sé usted qué piensa, pero después de unos treinta o más años de haberlo leído aún me sigue impresionando. Recuerde que es una especie de resumen de creencias propias, de confesión personal, que se hace con franqueza y abiertamente, no para impresionar a nadie.

Como un estudioso del arte, quizá lo entienda como otro pensador del mismo tema, Gombrich: en realidad no hay arte en sí mismo, sino artistas.

Esos genios que aparecen sin que nadie lo espere y que logran hacer cosas bellas, cosas que pocos tienen la capacidad de hacer. Gente excepcional que lo puede ser más y mejor en una sociedad que lo permite, que los deja hacer en un ambiente de libertad.

Clark trata aquí lo intratable, lo prohibido. ¿De dónde salen esos genios? No solo artistas, sino científicos y pensadores excepcionales. No creo que haya una explicación más satisfactoria que la de Clark: Dios.

Gran valentía decir esas cosas, pero al final de cuentas, eso es hacer filosofía, el arte de hacerse preguntas esenciales y darles una respuesta franca y meditada, producto de la vida propia, de la vida examinada.

En otra parte del mismo libro escribe que, «Por irracional que parezca, creo en el genio, que casi todo lo que valor que ha sucedido en el mundo se debe a individuos».

A personas, a genios, no a colectividades, ni a grupos. Coincido con él. Por más que me esfuerzo no encuentro explicación a la última sinfonía de Mozart, que eso, que el genio.

Y tampoco encuentro otra explicación a lo que ha escrito Clark que el genio también. El genio de hacerse preguntas importantes y contestarlas sin miedo ni temor. Donde una sociedad libre no tiene precio.