nacionalismo

El caso de un patriota real y cómo distinguirlo del falso. Las características que permiten distinguir uno de otro, un deber del ciudadano para evitar que llegue al poder el falso.

Introducción

Es problema del elector al votar es elegir al mejor. Y el mejor para S. Johnson es el patriota real, definido de cierta manera. Especialmente distinguiendo al que pretende serlo. Un patriota falso es posible de identificar con un criterio muy concreto.

El Doctor Johnson (1709-1784), como es usualmente llamado, fue un muy afamado escritor inglés, de gran estilo y experto lexicógrafo. Un observador con gran sentido común y citado con gran frecuencia.

La idea fue encontrada en la obra de Samuel Johnson, El Patriota y otros ensayos, Madrid, El Buey Mudo, pp. 25-32. La ocasión del ensayo El Patriota, discurso a los electores de Gran Bretaña 1774, fue el de las elecciones generales de ese año.

Punto de partida

El ensayo comienza con una cita de John Milton (1608-1674), el poeta y ensayista inglés, que dice,

«En su insensatez a gritos piden libertad / pero se revuelven contra la verdad liberadora / cuando libertad claman, libertinaje piensan / qué justos y sabios serían si aquello otro pretendieran».

Una cita que fija el humor del ensayo, anota desde su inicio la idea de que el elector dedica tiempo exagerado a la lamentación de tiempos pasados, perdidos. La virtud de la vida y el arte del buen vivir están más en el pensar en la oportunidad cercana, no en el pasado ido.

Con esa mentalidad debe disfrutarse el arribo del «privilegio de escoger a sus representantes». La selecciones de quienes harán las leyes y gobiernen, una responsabilidad sin duda alta.

El elector, con su elección, decidirá la manera en la que se harán esas leyes y se gobernará. Le será de gran consecuencia en su vida quién es el que gobierna. De ese que merece el privilegio de gobernar.

Son dos privilegios entonces, comenzando por el que disfruta el ciudadano que acepta la responsabilidad enorme de elegir a quienes le gobernarán y harán las leyes. No debe verse, por tanto, como un derecho a votar, sino como lo que realmente es, un privilegio del ciudadano.

Y el otro privilegio es el del gobernante elegido, quien debe entender así su responsabilidad. Lo que lleva al asunto central, el de quien merece ser elegido.

Debe gobernar el patriota real

El tema es específico. Johnson desarrolla el asunto de quién merece llegar a posiciones de gobierno.

Y ofrece al elector una idea específica: el gobernar es algo que solo deben hacer los patriotas, pero no los patriotas como se entendería en una primera impresión. Es el patriota real quien debe gobernar.

«Patriota es el hombre cuya conducta está sometida a un principio único: el amor por su país; quien, en su actividad parlamentaria, no alberga esperanzas o temores personales ni aguarda favores o agravios, sino que todo lo somete a interés común».

Difícil será encontrar personas así, pero el desaliento no es respuesta. Deben buscarse sabiendo distinguir entre quien parece patriota y quien en realidad lo es. Entre el patriota falso y el real y verdadero.

Así, Johnson empieza a mencionar una serie de características que ayudan a reconocer al que no es patriota, aunque lo parezca.

Las características del patriota falso

¿Cómo conocer al quien no es un real patriota, sino uno falso. Algunos rasgos lo delatan.

La constante y fuerte oposición al gobierno, la rebeldía contra él, no es necesariamente cualidad del patriota. Es detestar a la autoridad sin que eso signifique amar al país. Patriotismo no es sinónimo de rebelión ni desacato.

Quien se considere rechazado, que crea que pocos o nadie valoran sus ideas, y que está perdiendo ascendencia, con toda seguridad encontrará ideas que le servirán de críticas que ataquen a la autoridad.

Al patriota falso hablará del poder del pueblo, de la injusticia que vea, de la desigualdad. En nada de esto, sin embargo querrá ver beneficiado al país, sino privilegiada su posición propia y la victoria de sus malas artes.

La mayor parte de quienes así actúan, acusando y criticando, no lo hacen por tener sospechas, temores, ni preocupación por la calidad de la política. Lo hacen porque así buscan hacer «fortuna al calor del resentimiento y la invectiva». Ponen en oferta a su silencio, un precio para abandonar sus gritos.

Nada hay en el patriota real que le haga equivalente de propagar el descontento, ni hablar de conspiraciones, ni revelar tramas ocultos. No hay patriotismo en el crear y difundir «rabia con ánimo peor que la provocación». No es vía para la felicidad de la gente, sino el camino a su infelicidad.

Johnson, claramente, quiere que el ciudadano que vota no confunda como patriota a quien es solamente un agitador, un perturbador de la paz, que así persigue su beneficio, no el de la gente. Un llamado de advertencia ante el patriota falso que no debe confundirse con el real.

Los gobiernos cometen errores y tienen fallos, pero ellos con dificultad pueden «justificar el alboroto de la muchedumbre», la que no «ha de constituirse en juez de lo que es incapaz de comprender». No hay en ella opiniones creadas «por la razón, sino que se propagan por contagio».

La agitación de la multitud no cesa, incluso tras haberse reparado la ocasión que la produjo. No hay patriotismo en esto, aunque pueda tener su apariencia.

Tampoco es patriota real quien busca “socavar el respeto debido a la autoridad suprema”, tampoco atacar el orden existente, lo que daña a todos. Invadir el espacio público difundiendo sospechas de corrupción, insinuando culpas, haciendo peticiones que se sabe son imposibles de satisfacer, hacer esto es propio del patriota falso, no del real.

El patriota verdadero es prudente y cuidadoso, previsor de riesgos. Un ser que puede hablar de peligros, pero no un creador de agitación e inquietudes.

No puede ser patriota real quien acude a lo improbable y descabellado. Menos lo es quien recurre a la propagación de rumores que sabe son falsos.

El patriota y el pueblo

El elector debe reconocer que el verdadero patriota es un «amigo del pueblo», pero que aún esto puede resultar engañoso.

El pueblo es una entidad demasiado amplia, que incluye a todos, pobres y ricos, sabios y tontos, malos y buenos. Una «masa muy heterogénea y confusa».

¿A que porción del pueblo se dirige el patriota real? Responder a esto ayudará al elector a distinguir al patriota real del falso. Las palabras de Johnson son claras en contra del populismo.

«… no se atreva a jactarse de su amor al pueblo quien ante todo y principalmente se dirige a los indigentes, siempre proclives a la exaltación, que por naturaleza son suspicaces; a los ignorantes fáciles de inducir al error, o a los disolutos, que solo aspiran a causar daño y sembrar confusión».

No es patriota tampoco quien difunde esperanzas sin fundamento, expectativas sin sentido, y lo hace buscando su beneficio. Hacer esto es crear causa de desilusión posterior. Esto es igual a engañar con promesas imposibles.

No hay patriotismo en el «abortar parlamentos, revocar leyes». Tampoco en el adoptar compromisos sin significado que suponen obediencia al electorado.

Termina está parte del ensayo con una idea:

«El patriota es consciente de haber sido elegido para promover el bien público y defender a sus electores, junto con el resto de sus compatriotas, no solo del daño que otros puedan infligirle, sino del que pudieran hacerse a sí mismos».

Concluyendo, responsabilidad del elector

Johnson, en esta primera parte de su ensayo, define el tema de la selección de personas para puestos públicos. La responsabilidad es del elector y este hará bien en buscar a los mejores. A los que el autor define como patriotas reales.

Pero esa palabra es demasiado vaga y, peor aún, puede servir de disfraz a quien no lo es. Las reflexiones de Johnson sirven a elector para distinguir al patriota buscado del patriota disfrazado que es un agitador que busca su beneficio personal.

La gran idea de Johnson es un aviso que sirve a democracias establecidas, pero quizá sobre todo a democracias nuevas. Esas que tienen electores que pueden con facilidad sucumbir a la falacia del patriota falso y disfrazado.

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Y unas cosas más…

La traducción del poema de J. Milton fue tomada del mismo libro.

Sugiere lo anterior ver con gran sospecha al gobernante que expresa esa frase precursora de lo peor:

«Lo vengo oyendo desde chico. Creo que era una frase muy usada por en el régimen anterior: “Yo estoy en política porque tengo vocación de servicio”. También se la oí una tarde en una conferencia a Cristina Almeida que entró en la sala con el empuje con que Cecilia Bartoli ataca el Exsultate y jubilate de Mozart. Ella – nos dijo- estaba en la política porque tenía vocación de servicio». purpuranevada.blogspot.mx

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Soberanía e independencia

Por Eduardo García Gaspar

Las cuestiones de soberanía e independencia, asuntos en los que, por lo visto, existe una buena confusión.

Y como la economía no es más que una de las aplicaciones del sentido común, permítame empezar por el caso del hogar de una persona como usted y como yo.

Esto es algo que ayuda a distinguir al patriota falso del verdadero.

Independencia y soberanía en una casa

En esa casa existirá independencia conforme se tenga ingreso. A más ingreso, más independencia. El ingreso de la casa es lo que hace que los miembros del hogar puedan hacer lo que deseen.

Podrán salir a cenar, o hacer algo de más importancia, como estudiar en una buena universidad. Si llegan épocas malas, sus ahorros servirán de colchón que amortigüe la falta de ingresos.

En pocas palabras, es el ingreso el que produjo la independencia de esa casa. El ingreso es el que hace posible esa libertad y esa independencia de acciones y decisiones.

Incluso para quizá irse a un largo viaje de vacaciones a Europa, si se desea, o comprar mejor ropa para los hijos, una mejor televisión, o hacer inversiones mayores para prever el retiro.

¿Y la autonomía?

Pero esa casa independiente no es autónoma, pues depende de muchas otras personas.

No se harán en esa casa los zapatos que sus miembros necesitan, si es que comprarlos fuera es más barato. Tampoco esa familia fabricará sus carros, ni sus televisores, ni sus computadoras.

Para cosas como esas ella tiene a proveedores, varios, entre los que alguno es seleccionado. A veces hará pizza, a veces la pedirá por teléfono.

El ingreso de la familia posiblemente se deriva del trabajo del padre y de la madre, uno trabaja en alguna planta como ingeniero y la otra es contadora en un banco.

Las naciones tienen una lección que aprender aquí. Y eso incluye al patriota falso que confunde los términos.

Naciones independientes y autónomas

Pueden ser independientes, exitosas, vivir bien y crear condiciones de bienestar para sus habitantes. No necesitan hacer todo lo que en el país se necesita, lo que fue el error del proteccionismo mexicano de los años cincuenta en adelante hasta la apertura. Y es el error del patriota falso.

No necesitan hacer internamente lo que por fuera se puede comprar más barato. Pueden dedicarse, en sus industrias a hacer cosas en las que puedan tener una ventaja relativa contra otros, pueden crear condiciones para que los ciudadanos se valgan por sí mismos.

A lo que voy es que no hay que confundir soberanía e independencia con progreso y éxito, lo que obviamente es un error que cometemos.

Que el gobierno quiera ser el único generador de electricidad o productor de petróleo es igual de tonto que el padre de familia, un abogado, que decide ser el único proveedor de comida y para eso siembra hortalizas en el jardín y pone unas vacas junto.

Se pasa el tiempo cuidando a las vacas, a las plantas y descuida su labor de padre de familia y el trabajo que le produce ingresos. Esto lo entiende el patriota real y verdadero.

Querer producir, internamente, todo lo que un país necesita es literalmente imposible y, si se intenta, su resultado será una situación peor que la original. Y, sin embargo esto es lo que intenta el patriota falso, cuando agita e inquieta al pueblo.

Ni una familia, ni un país pueden cerrarse al exterior. La familia compra lo que le conviene cuando le conviene y un país debe hacer lo mismo, en otra escala, pero lo mismo.

La idea

Claro, para salir de compras la familia debe generar dinero por la venta de los servicios de sus miembros. Igual un país que quiere importar, debe vender al exterior.

Si no hay posibilidad de cerrarse al exterior en las familias, tampoco lo hay en las ciudades, en los estados, ni en los países.

Por eso es que el hablar de soberanía como equivalente patriótico de evitar la dependencia de productos del exterior es una confusión mental enorme. No se puede ser independiente en el sentido de vivir aislado, pero sí se puede ser exitoso y progresar.

De hecho, el intento por ser autárquico es una recta segura para ser pobre, menos exitoso y progresar menos que quien no tiene esa intención y se dedica a trabajar bien, creando cosas de valor para los demás, donde sea que ellos estén.

Por eso, hablar de soberanía eléctrica o de soberanía energética en la realidad produce lo contrario de lo que persigue, más pobreza y menos progreso. El error del patriota falso y confundido.

Tener empresas petroleras holandesas o compañías eléctricas españolas, puede ser el camino a la verdadera independencia. Esa independencia se logra con un país económicamente exitoso, igual que con una familia económicamente exitosa.

Patriotismo y gobierno mundial

Fue interesante. En algunos momentos, incluso fascinante. La persona elogió al principio la idea del patriotismo. Al terminar ella elogió otra idea, la del gobierno mundial para así evitar las guerras.

Resulta irresistible examinar ambas ideas.

No puedo evitar la gran tentación de echar un ojo a las ideas de patriotismo y gobierno mundial, especialmente cuando se colocan juntas. No son elementos que se mezclen con facilidad. Más aún, quizá sean elementos incompatibles.

Veamos al patriotismo más de cerca. Puede entenderse como un sentido de pertenencia a un país, cuando los sentimientos que se tienen son positivos. No está nada mal esta idea, mientras no se convierta en un nacionalismo que odie a los extranjeros y eso sea parte de su esencia.

Incluso, el patriotismo ayuda a combatir los odios de clase, tan fomentados por los demagogos. Es un sentido de pertenencia que va más allá de la clase social y ayuda a actividades de cooperación entre los nacionales.

Vayamos ahora a la idea del gobierno mundial. La noción es usualmente justificada creyendo que así se evitarían las guerras entre los países. Lo que queda por aclarar es, por supuesto, si así se evitarían también lo que bajo ese gobierno serían ahora guerras civiles.

La idea de parece un tanto soñadora y utópica. Un gobierno mundial podría convertirse también en una tiranía mundial sin posibilidad de escapar de ella. Más aún, un gobierno mundial tendría una consecuencia práctica, el establecimiento de un organismo burocrático de dimensiones colosales.

Vea usted el ejemplo la ONU y de la Unión Europea para imaginar una porción pequeña del nuevo gobierno. Sería una pesadilla burocrática de regulaciones y de impuestos sin fin.

Después de todo, un gobierno mundial abarcaría demasiado. Tendría que acudir a divisiones en regiones, sub-regiones no muy diferentes a los países que ahora ya se tienen.

O, por ejemplo, imagine usted el problema con el manejo de los idiomas en las reuniones de los legisladores mundiales. La idea resulta totalmente absurda, al menos en estos momentos.

Convenza usted a Rusia, o a Gran Bretaña, de ceder su autonomía política y dársela a un gobierno mundial.

Mezcle usted ahora esas dos ideas. El patriotismo es guiado por riendas locales, mientras un gobierno mundial es alimentado por ilusiones universales.

El patriotismo es una especie de identificación con elementos claramente locales: comida, historia, costumbres, idioma y otros más, como música, arte y celebraciones locales.

El gobierno mundial estaría en contra de los elementos locales del patriotismo. Sería visto como un organismo lejano y quizá también como una molestia local.

Pero el punto principal es en realidad el de si ese gobierno mundial sería capaz de acabar con todas las guerras.

Poner, por ejemplo, a Rusia y a Ucrania bajo una autoridad mundial, supondría que ese conflicto no habría existido. Es una hipótesis sumamente atrevida.

O bien, intente usted colocar a las personas de Estado Islámico bajo la autoridad de un gobierno mundial. Otra hipótesis en extremo ilusa.

Piense usted también en la posibilidad de que el gobierno de Corea del Norte acepte someterse a una autoridad mundial. No parece ser una posibilidad realista. No por exceso de patriotismo, ni un nacionalismo rabioso, sino por mera voluntad política de los gobiernos.

En fin, todo lo que quise hacer es mostrar algo que nos sucede a todos. Muchas veces sostenemos ideas que son incongruentes entre sí. No es un fenómeno aislado. Por eso, resulta una buena idea examinar nuestras creencias e ideas, y ver si entre ellas hay contradicción.

[La columna fue actualizada en 2020-07]