Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Reeducar a la Sociedad
Eduardo García Gaspar
9 abril 2014
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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El tema molesta. Es un real fastidio para muchos. androjo

Los enoja, los irrita. Es el tema de una falla en la democracia.

Una que exaspera a quienes ven en la democracia un estilo de vida que debe ser universal.

El tema merece una segunda opinión.

Primero, no hay duda que para muchos la democracia es algo maravilloso, casi mágico, que debe colocarse en todas partes y en todo lugar. El mundo sería perfecto, ellos llegan a creer, si la democracia se implantara no solo en la política, sino en todas partes, como en la familia.

Sin duda es exagerado pensar en que la democracia posee tantas maravillosas cualidades como para ser la solución a cuanto problema tenemos.

Me resulta excesivo, por ejemplo, creer que la democracia logrará mejores familias, o que resolverá conflictos religiosos.

Digo exagerado porque la democracia tiene un punto de partida que suele darse por hecho sin considerar la necesidad de examinarlo. La democracia supone que las decisiones que así se toman serán las mejores, las más racionales y óptimas.

Lo expresó muy bien K. Minogue:

“Tenemos aquí una versión más de la falacia de la vieja élite —o quizá pretensión— de que lo que es (al menos discutiblemente) racional debe también ser democráticamente irresistible”. Minogue, K. (2010). The Servile Mind: How Democracy Erodes the Moral Life (1 ed.). Encounter Books.

En otras palabras, las élites intelectuales, los más sabios, concluyen que lo que es para ellos perfectamente lógico y justificable, es lo mismo que será preferido sin remedio por el resto de las personas.

La hipótesis democrática es dudosa realmente. No puede esperarse que sea democráticamente incontenible lo que es perfectamente racional y debido.

La elección mayoritaria de una democracia, en otras palabras, no es garantía alguna de certeza racional, de conductas deseables, de lógica.

Ponga usted a votación democrática en un referéndum la elección de una política económica cualquiera, como la de cerrar fronteras o abrirlas, que el resultado no asegurará la selección de lo mejor, ni en general, ni mucho menos en lo específico.

Pero no solamente eso. Quien tenga una firme idea sobre lo que es mejor para la sociedad, se exasperará cuando vea que la gente no se comporta como él esperaría. Concluirá que la gente es tonta, que no sabe lo que le conviene, que debe educarse a las personas para que entiendan lo que él quiere que hagan.

La situación es francamente llamativa. Cuando la gente no se comporta como esperaría alguien que cree tener un estándar de comportamiento que supone es racional, supone que la gente es irracional y merece educarse según sus ideas (esto es lo que hacen los gobiernos con sus campañas educativas, por ejemplo de uso de condón).

Entonces, quien cree en la democracia y se jacta de ser un demócrata tiene frente a sí mismo un problema: lo que él piensa que es lo más lógico y racional no es “irresistiblemente democrático”. Y sucederá algo notable.

Ese gobernante comenzará a implantar acciones alejadas de la voluntad popular porque, pensará, la gente en realidad no sabe lo que le conviene. Tomará, entonces, decisiones que debieran ser de la gente, no de él.

Mi punto neto es simple: cuando la élite intelectual y la élite de gobierno constatan que el común de la gente no actúa como ellos esperarían que lo hicieran, concluyen que la gente es irracional, inmadura, ignorante.

La democracia gira sobre su eje y se convierte en una escuela en la que los ciudadanos son reeducados para aprender a querer eso que las élites piensan que es mejor.

Es un choque entre la expectativa de ciertas conductas esperadas como racionales y lógicas y las conductas reales de la gente, que son distintas a las esperadas. No, la gente no se comporta de la manera en la que se esperaría según lo esperado por otros. Así es la vida nuestra.

Frente a este choque entre lo esperado y lo real, surge una idea que tiene sentido para el gobernante, esa de reeducar a las personas y hacerlo con la fuerza, las leyes y los recursos estatales. Si las personas no usan el cinturón de seguridad, hay que penalizar esa conducta.

Si fuman, hay que elevar impuestos al tabaco y prohibir fumar en ciertos lugares. Si no usan condón, hay que regalarlos. Si no aprueban el aborto, hay que forzarlos a hacerlo. Y así, el gobernante se vuelve un reeducador que pretende hacer que lo que él piensa sea democráticamente irresistible.

La transformación es llamativa si se entiende en toda su dimensión: lo que la élite intelectual o de gobierno piensa que es lo debido y correcto se convierte en una serie de tareas educativas que enseñan una nueva moral, la del gobernante.

Ya no se le llama moral, por supuesto, se le llama responsabilidad social o algo por el estilo.

Es, en última instancia, un problema de totalitarismo político: la adjudicación de un nuevo poder al gobierno, el poder de determinar lo bueno y lo malo sin que exista posibilidad de discutir sus decisiones, que son siempre socialmente necesarias.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Intervencionismo Moral.

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