Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Religión: Fuera de la Política
Leonardo Girondella Mora
26 septiembre 2014
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Cuando se defiende al laicismo, suele acontecer que ello se interprete como una separador.001censura informativa —la de silenciar una o más de las voces que pueden representar puntos de desacuerdo con ese laicismo.

El laicismo contiene una idea central de separación de poderes dentro de una sociedad —la que separa a las iglesias de los gobiernos, evitando con esa separación la unión de dos poderes y que resultaría en la posibilidad de abusos de poder.

Excesos de poder que llevarían a casos de segregación de personas por causas religiosas —e incluso algo peor, como la erección de un gobierno que implante con coerción los preceptos totales de cierta religión, como la creencia en Alá, o en la Santísima Trinidad.

La culminación práctica de la separación de iglesias y gobiernos está encarnada en la libertad de creencia, por la que la persona es vista como capaz de decidir por ella misma sus creencias religiosas.

Si bien casi todos entienden a la libertad religiosa y la ubican dentro del laicismo que separa autoridades políticas de las religiosas, no son muchos los que obtienen el corolario que se sigue: la coexistencia de religiones e iglesias dentro de esa sociedad con gobierno laico.

Es decir, debe inferirse por necesidad lógica que dentro de un sistema laico de gobierno existen iglesias y religiones —que las personas son libres para seleccionar y seguir alternativas religiosas, incluyendo el ateísmo.

Existiendo iglesias, religiones y personas de diversos credos y confesiones, dentro de un ambiente de separación de poderes y libertades, no puede interpretarse al laicismo como la anulación de las voces con ideas religiosas.

Sin embargo, eso es lo que acontece en otra de las acepciones de laicismo —cuando se entiende como la anulación de la difusión de ideas de las iglesias dentro de la arena política.

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Existen, por tanto, dos interpretaciones del laicismo. Una entendida como libertad religiosa y por la que no puede prohibirse la difusión de ideas religiosas, ni de las iglesias mismas ni de sus fieles.

La otra interpretación se concibe como la prohibición de la difusión de ideas religiosas —una censura informativa que se justifica con el razonamiento de que las iglesias “no deben meterse en política”.

Esta frase es la que intento explorar en los puntos siguientes:

• Si se da cabida a una excepción a la libertad de expresión de una de las partes de la sociedad, se abre la puerta a prohibiciones similares que equivalen a censuras.

Si tienen libertad de expresión todos en una sociedad, resultará desarticulada la idea de prohibirla a las iglesias y a sus fieles.

• Las iglesias y religiones, como parte de la sociedad, enriquecen con sus opiniones las discusiones políticas —y forman un freno general a los abusos de poder.

Anular la libertad de expresión de iglesias y religiones facilita la posibilidad de atropellos gubernamentales. La religión en general es un buen freno al abuso político.

• La naturaleza misma de las religiones las coloca como preocupadas por la dignidad humana y su trascendencia. Es natural que ellas pongan atención en los sucesos políticos de las sociedades en las que viven.

Es inevitable que las iglesias y religiones hablen de lo que acontece en la política —y con frecuencia lo hagan expresando desacuerdos y críticas que a los gobiernos puedan irritar.

• El caso de la Iglesia Católica esclarece ese punto, cuando emite opiniones acerca de decisiones políticas tomando como cimiento su posición doctrinal acerca de la naturaleza humana —lo que le ha llevado a reprobar, por ejemplo, los servicios legales de aborto.

Sin bien esas opiniones son contrarias a los actos de autoridad, ello no significa una violación de acuerdos democráticos, sino lo contrario: el respeto a la diversidad de opiniones que garantiza la libre expresión.

• La gran diferencia estriba en entender que las religiones, las iglesias y sus fieles, dentro de los procedimientos democráticos, proceden de manera impecable al expresar opiniones —sin que ello implique propuesta alguna de alterar tales procedimientos, ni anular a las libertades.

• La idea expresada en la frase de que “las religiones no deben meterse en política”, en cambio, sí altera las reglas democráticas y de procedimiento, al violar la libertad de expresión de una parte de la sociedad —lo que constituye una forma de discriminación muy alejada del espíritu democrático.

Addendum

Después de releer lo anterior, siento que debo añadir una idea colateral acerca de algunos casos de ministros religiosos que muestran una escasa habilidad para ser partícipes en los procesos de libertad de opinión —donde la buena preparación teórica y la habilidad retórica son necesarios, pero ellos descuidan.

Nota del Editor

La columna de Girondella me recuerda un párrafo de M. Rhonheimer, quien escribe sobre el Catolicismo:

“… la voz de la Iglesia propone una verdad, pero no un alternativa institucional o procedimental a la democracia. Intenta amonestar, no desligitimar. Y, aunque condene determinadas soluciones legislativas o movimientos políticos, no invita a la deslealtad hacia las instituciones democráticas, sino usarlas de modo diferente, dentro de las reglas democráticas”. Rhonheimer, M. (2009). Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, S.A.

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