Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
San Pedro y San Pablo
Textos de un Laico
27 junio 2014
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• En la primera lectura (Hechos 12,1-11) contiene un pasaje en el que se narra que el rey Herodes había Duda de Santo Tomásencarcelado a Pedro, tras haber mandado matar a Santiago.

En la cárcel, Pedro era cuidadosamente vigilado: atado a cadenas, dormía entre dos soldados y centinelas hacían guardia fuera de la celda. Herodes quería presentarlo al pueblo en las fiestas que venían.

“La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: ‘Date prisa, levántate.’ Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: ‘Ponte el cinturón y las sandalias.’ Obedeció, y el ángel le dijo: ‘Échate el manto y sígueme.’ Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad.”

La narración continúa,

“Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: ‘Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.’”

Es una historia de liberación y salvación, que se repite en las palabras del salmo responsorial,

“El Señor me libró de todos mis temores… Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todos mis temores… Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha 
y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.”

 

•En el evangelio (Mateo 16,13-19) se cuenta que “al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?’”

Fue una pregunta directa y al grano. Quizá pueda uno imaginar la cara de sorpresa de los apóstoles.

Ellos contestaron al principio de una evasiva, “Unos [dicen] que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.” Muy bien, eso es lo que los apóstoles han escuchado de la gente. Pero falta algo.

Jesús les preguntó entonces,

“’Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Simón Pedro tomó la palabra y dijo: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Jesús le respondió: ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.”

El pasaje establece una situación admirable. Primero, ante la pregunta tan directa, de todos los apóstoles es Pedro el que lo dice sin ambigüedades, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”

Ya no hay vaguedad en la respuesta y, segundo, de inmediato Jesús establece a Pedro, como la piedra fundamental que será protegida y salvada.

 

•En la segunda lectura (II Timoteo 4,6-8.17-18), san Pablo escribe,

“Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.”

Y añade,

“El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

Se repite también aquí la idea esencial que une a las tres lecturas, el mensaje de protección que nos da Jesús. Protección del mal y que nos llevará a la salvación final en el reino de Dios.

 

• Quien reconoce a Jesucristo como Dios y a él se acoge, tiene una promesa de amparo y defensa en este mundo y de salvación en el siguiente.

El primer paso corresponde a nosotros. Tenemos la libertad de reconocer a Jesús o no hacerlo; eso corresponde a nosotros. Pedro contestó sin vacilación, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” P

odía haber contestado con dudas y evasivas. No lo hizo y Jesús le hizo una promesa, igual que a Pablo. Los dos apóstoles, por tanto, son un ejemplo de una acción que podemos realizar, la de invocar a Jesús y decirle desde nuestro corazón, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”





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