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Tiempos Sentimentales Humanitarios
Selección de ContraPeso.info
24 noviembre 2014
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Our Sentimental Humanitarian Age, publicada por el Acton Institute el 17 de septiembre de 2014.

Siempre pensé que sería difícil imaginar una época en la que Occidente estuviera más a la deriva que en la década de 1970. Siendo un niño en ese momento, me salvé de conocer la mayor parte de esa década miserable.

Hasta ahora, sin embargo, parece probable que la segunda década de 2000 compita estrechamente con la década que produjo el asunto Watergate, la estanflación, la presidencia de Carter, la crisis del petróleo, Idi Amin, la liga Baader-Meinhof, Jim Jones, Pol Pot, las Brigadas Rojas y la revolución iraní (por nombrar sólo algunas de las atracciones mayores).

Una señal todos los días de este malestar es el hecho de que gran parte de Occidente sigue estando, como en los años setenta, sumido en lo que ahora se llama el Largo Desplome. Y las economías persistentemente poco saludables suelen ser síntoma de la falta de voluntad para reconocer problemas más profundos.

Ejemplos de ello son la renuencia de la mayoría de los gobiernos occidentales a aceptar que se acabó el juego del Estado regulador y de bienestar tal como lo conocimos, o a enfrentar el creciente cáncer del capitalismo de amigos.

A veces, sin embargo, se produce un evento que pone de relieve las crisis más fundamentales que acosan a una civilización. El surgimiento de un movimiento tan diabólico como ISIS, por ejemplo, ha resaltado sin duda, la quiebra de lo que podría llamarse la perspectiva humanitaria sentimental que domina a tantos forjadores contemporáneos del consenso cultural de Occidente.

El humanitarismo sentimental tiene varias características. Una de ellas es la mentalidad que reduce el mal a causas estructurales. “El hombre nace libre y en todas partes se encuentra encadenado”, proclamó Rousseau en su Du Contrat Social.

A partir de esto, muchos concluyeron que el mal desaparecería si las personas adecuadas se hicieran cargo de cambiar las estructuras.

El humanitarismo sentimental también supone que todas las religiones son más o menos lo mismo y, dadas las condiciones adecuadas, en su camino vacilante irán hacia algo tan inocuo como la Iglesia actual de Inglaterra. Pero como un sabio Papa recién jubilado escribió  una vez, la renuencia a admitir que hay “formas enfermas y distorsionadas de religión” ha sido una importante falta de la imaginación desde la década de 1960.

A pesar de sus pretensiones de tomarse en serio al intelecto, el humanitarismo sentimental también se siente “incómodo” (para usar el clásico lenguaje humanitario sentimental) con cualquier entendimiento sustantivo de la razón. Tiende a reducir la mayoría de los debates a un intercambio de sentimientos.

Usted sabe que está tratando con una persona humanitaria sentimental cuando alguien responde a las razones con expresiones tales como: “Bueno, siento que…” o “No puedes decir eso”, o (la máxima carta de triunfo) “Eso es doloroso”.

Organismos como ISIS —y Boko Haram, el nazismo y el comunismo— sin embargo, no se ajustan a la narrativa humanitaria sentimental. Porque estos grupos muestran que no todo el mal emana de la mala educación, de las estructuras injustas, ni de la actual explicación de moda de todos los males del mundo: la desigualdad.

Al final, la elección enferma de decapitar a alguien —o secuestrar a las hijas de gente, o encarcelar a los enemigos de la revolución en un Gulag, o arrear Judíos a cámaras de gas— es una elección libre de hacer el mal que no puede ser explicada por el hecho de que otros son más ricos que tú.

Los mismos grupos también subrayan otra verdad que pone inquietos a los humanitarios sentimentales: que algunas personas y movimientos no son de hecho susceptibles al “diálogo”. El credo de ISIS es la sumisión: nada más y nada menos. No hay nada que discutir con ISIS excepto los términos de tu rendición o grado de “dhimmitude” [minoría dentro del gobierno islámico].

Una tercera y aún más controvertida verdad sobre los males del mundo y que molesta al asunto humanitario sentimental, es que no todas las culturas son igualmente susceptibles a los valores y las instituciones que promueven la libertad, la dignidad y otros bienes intrínsecos a la naturaleza humana.

En muchas universidades en estos días, por decir eso, es probable que signifique que seas enviado a entrenamiento en sensibilidad pluralista. Sin embargo, no por ello es menos cierto.

Consideremos, por ejemplo, las palabras del arzobispo católico caldeo de Mosul, cuyo rebaño ha sido asesinado, robado, violado y dispersado por ISIS. Hablando a un público occidental sobre los autores de los hechos, dijo el arzobispo Amel Shimoun Nona, “Tus valores no son sus valores”.

“Tus principios liberales y democráticos”, añadió, “aquí no valen nada”. Ante tales contundentes declaraciones, el sentimental humanitario promedio tiene poco que decir.

En realidad, los humanitarios sentimentales invariablemente tratan con esas realidades ignorándolas. Así, uno termina con situaciones como el ahora tristemente célebre caso Rotherham en Gran Bretaña: una situación en la que las autoridades —por temor a ser calificadas de racistas— no actuaron ante más de 1,400 niñas víctimas de abusos sexuales por parte de hombres de origen asiático durante un período de dieciséis años.

Cuando se le preguntó el ex diputado de la ciudad por qué no había abordado el asunto, admitió: “había una cultura de no querer mover el barco de la comunidad multicultural, si se me permite decirlo así. Tal vez sí, como un lector verdadero de The Guardian, y progresista de izquierda, supongo que no quería tratar demasiado fuerte el tema”.

La ingenuidad del credo humanitario sentimental puede en parte rastrearse a la fe de la Ilustración en el progreso y la convicción del siglo 19 de que todo el mundo eventualmente evolucionará hasta ser liberales occidentales inofensivos y amables.

Uno hubiera pensado que la Primera Guerra Mundial nos habría desengañado de tales ilusiones. Pero otra razón de la persistencia del humanitarismo sentimental es que se alimenta, como parásito, de la herencia cristiana de Occidente.

El Cristianismo ortodoxo (con “o” minúscula) siempre ha considerado muy en serio al mal. El difunto filósofo polaco Leszek Kolakowski escribió una vez que el pecado original es una parte de la fe cristiana que puede aceptarse sin necesidad de ser creyente.

¿Por qué? Porque, dijo él, la evidencia de su verdad se encuentra a nuestro alrededor. Mientras mensaje central del cristianismo es que el mal y la muerte han sido vencidos, también afirma que las personas pueden elegir el mal, incluso hasta el punto de su propia condenación.

Por el contrario, lo que podría llamarse “cristianismo liberal” implica la distorsión constante de tales creencias. El pecado, por ejemplo, se exterioriza alejándolo de las elecciones y acciones libres del hombre (es decir, lo que nos hace diferentes de todas las otras especies).

En su lugar, la maldad se reduce casi exclusivamente a estructuras injustas, mientras que la bondad se estrecha a abolir la desigualdad, detener el calentamiento global y establecer la paz universal eterna a través de las Naciones Unidas. Así, la salvación se reduce de manera constante a un enfoque mundano en el perfeccionamiento de las estructuras sociales, que, por ser humanas, nunca pueden ser perfectas.

A partir del cristianismo liberal, hay sólo un pequeño paso hasta las versiones secularizadas del mismo punto de vista. De hecho, ese es el punto final lógico de esta herejía cristiana.

Aquí uno recuerda la historia del clérigo más bien progresista que, en respuesta a una pregunta sobre si sus opiniones diferían sustancialmente de la línea editorial del New York Times sobre un tema cualquiera, tuvo problemas para identificar siquiera un punto importante de desacuerdo.

Porque a pesar de todas sus pretensiones de tener la mente abierta, los humanitarios sentimentales —seculares o religiosos— se resisten notablemente a reconocer ciertas realidades asociadas con una humanidad falible y un mundo imperfecto.

Eso ayuda a explicar la boca abierta de incomprensión con la que ellos ven a grupos como ISIS, o, peor aún, la tendencia a poner excusas a gente como Marx quien infamemente escribió en 1849: “Cuando sea nuestro turno no vamos a ocultar nuestro terrorismo”.

La buena noticia es que los períodos anteriores de la decadencia occidental, como el ya mencionado en 1970, suelen ir seguidos de años en los que somos testigos del surgimiento de gente dispuesta a decir la verdad acerca de estos asuntos.

Reagan, Solzhenitsyn, Thatcher y Juan Pablo II hicieron mucho para sacarnos de la renuncia y la charla feliz con la que gran parte de Occidente trató al comunismo durante la década de 1970.

Los líderes, por supuesto, no lo son todo. La mala noticia de hoy, sin embargo, es sin duda la casi ausencia de algún líder Occidental muy conocido (con Tony Abbott de Australia pudiendo ser una excepción) que esté dispuesto a apartarse del guión humanitario sentimental y hablar directamente sobre las razones más profundas subyacentes, por ejemplo, del despotismo blando que invade a nuestras economías, o incluso más en serio, del crecimiento del yihadismo radical, fuera y dentro de nuestras fronteras.

La triste ironía es que cuanto más tiempo nos quedamos en el sueño inducido por el humanitarismo sentimental acerca de estas cosas, mayor será la posibilidad de que las pesadillas que tememos se conviertan en realidad.

Nota del Editor

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Este artículo apareció por primera vez en The American Spectator.

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