Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Caso de Infidelidad
Eduardo García Gaspar
30 junio 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es la forma más útil. La de mayor provecho para aprender ética. androjo

Para similar lo que se llama conciencia. La vía que más enseña eso de hacer lo bueno y evitar lo malo.

Pongo un caso concreto que conozco razonablemente.

Uno de infidelidad matrimonial.

Casado, con tres hijos, este hombre ha sido un buen padre y un marido sin reproches. Un día, de viaje, se enfrentó a una situación nueva: una mujer le propone tener relaciones esa noche en el hotel.

¿Qué sucede en la mente del hombre?

De acuerdo con lo narrado por él mismo, sucedió lo siguiente. Inicialmente su idea fue clara: no, no debe ser, no debo aceptar esa invitación; estoy casado y tengo hijos. Es un claro caso para rehusar la sugerencia.

¿Caso cerrado? No. La fuerza de carácter indica una solución, pero las pasiones son fuertes. Ella promete no decir nada y que solo será esta vez. Nadie lo sabrá. No habrá efectos indeseables. Ella no tiene enfermedades transmitidas sexualmente y toma anticonceptivos.

Un momento de placer sin arrepentimientos. Además, es un llamado de la naturaleza. Dios nos dio una pasión sexual, se dice, que no hay razón alguna para frenar. Total, nada pasará. Su familia no lo sabrá y de ello hay seguridad.

¿Entonces, sí o no? “Me convertí en una máquina calculadora, calculando riesgos y consecuencias”, me dijo.

Su conclusión, basada en riesgos, le indicó un saldo positivo: bajos riesgos de todo tipo en relación a unos momentos de muy intenso placer. La mujer era muy bella. Sí, había riesgos, pero eran mínimos.

“Mis cálculos de consecuencias, efectos y riesgos, me dieron una aprobación clara”, me confesó con sinceridad.

Y continuó, “pero aún así, había algo que me decía que no debía aceptar la invitación, lo que tenía riesgos si es que ella se hubiera sentido rechazada y en un arranque emocional me hubiera acusado de tratar de violarla o algo así”.

¿Al final qué sucedió? “Le dije que no, que agradecía la invitación y no sé cuántas cosas más. Creo que ella entendió, pero me dijo que me había perdido de algo muy bueno. Quizá, pero no quise y me sentí mal con la oportunidad perdida, aunque la verdad más tarde me sentí fuerte, sí esa es la palabra, fuerte”, me dijo.

La historia es fascinante por varias razones imagino. Supongo que sea más la excepción que la regla, pero sobre todo, por esa palabra que usó, “fuerte”. Veamos esto más de cerca.

En este caso, el principio es indudable. La persona se casa y al hacerlo hace una promesa abierta y pública de fidelidad. Para los casados ya no existen las demás personas sexualmente hablando. Sin más que decir, el principio lleva a un rechazo claro, aunque cortés, de la invitación recibida.

La decisión que señala ese principio, sin embargo, puede ser contaminada por otras variables. Algunas de ellas circunstanciales. Él me dijo que habían bebido varios tragos, que ella llevaba un vestido “revelador” y demás. La situación importa por supuesto.

Pero lo que más llama la atención es otra cosa: la decisión sobre un principio moral tomada después de un cálculo de riesgos y consecuencias previsibles. Esto convertiría al principio moral, el que sea, en algo aplicable solo cuando las consecuencias son grandes y posibles de calcular.

Extraño esto, que haría de los principios morales guías de conductas sujetas a excepción por la vía de un cálculo de riesgos negativos. Fascinante en este caso, que podría haber tenido esa excepción debido a sus bajos riesgos.

Sería igual a un ladrón justificando su robo por las bajas probabilidades de ser capturado, enjuiciado y encarcelado.

Regreso a eso que más me llamó la atención, el uso de la palabra “fuerte”. Así se sintió el hombre no de inmediato, sino después de negarse. Tiene una estrecha asociación con la frase “fuerza de carácter” y no es casualidad. Pasar por pruebas como ésta y superarlas es similar a hacer ejercicio que fortalece los músculos.

Aquí se fortalece la voluntad. “La siguiente vez que algo así me suceda, será más fácil decidir”, me dijo al final. Es cierto. Y me hizo pensar que en nuestros tiempos hay mucho más atención en cuidar el cuerpo que en cultivar el carácter.

Si nos volvemos máquinas calculadores de riesgos por violación de principios morales, debilitaremos nuestro carácter, restaremos fuerza a la voluntad. Terminé, la verdad, admirando la conducta de este hombre. Cosa que no me ha sucedido cuando me he enterado de otros casos en los que aconteció lo opuesto.

Lo que en el fondo pasa es algo común: no hay acto que no pueda ser justificado moralmente de alguna manera.

“Los hombres no tenemos obligación física de monogamia y si la otra no está enferma y tomas preocupaciones, no hay por qué mantenerse fiel”, me dijo un amigo hace mucho tiempo.

Quería encontrar una justificación y la encontró creyendo que así su conducta era permitida y legítima, cuando no lo era en realidad.

Sí, mediante casos reales es posible educarse moralmente y, lo mejor, encontrar eso que se admira, la fuerza de carácter.

Post Scriptum

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