Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Charlatán Nos Educa
Eduardo García Gaspar
2 mayo 2014
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es un cambio desconocido. Una transformación que no se trata. androjo

Es el retorno del tónico milagroso, que todo lo cura.

Como si hubiera regresado el médico charlatán de antaño.

Regresado, ahora, como gobernante que todo promete.

Si hace décadas el charlatán iba ofreciendo una botella con un líquido prodigioso, que remediada males hepáticos, quitaba cansancio y deshacía callos, ahora el embaucador ha tomado otro papel.

Y sigue embaucando al ingenuo, a millones de ellos.

Ya no tiene el frasco con un líquido fantástico, ahora tiene un cartapacio con políticas de gobierno. De él saca el remedio a todo, la curación de todo mal.

Nada hay, nos dice él, que no sea posible solucionar por medio de un acto de gobierno.

Más aún, de su cartapacio salen no solamente remedios para todo mal, sino tratamientos para ser feliz.

Nos habla y persuade, diciendo que dejemos todo en sus manos, que él lo puede todo. Nada hay que no pueda hacerse por medio de una acción de gobierno.

Puede él innovar en tecnología, reducir precios de energéticos, financiar pensiones, liberar a la mujer, divertir a la gente, educar a los niños, crear empleos, curar obesidad, mejorar el comercio, curar la codicia, rehacer familias, evitar la desigualdad, hacer ricos a los pobres… todo esto y mucho más puede hacer el cartapacio.

El charlatán del líquido milagroso en una botella nos pedía dinero a cambio. Ahora, el nuevo charlatán nos pide también dinero, en forma de impuestos, pero también pide otra cosa, nuestra libertad.

Si le dejamos guiarnos, nos dice, viviremos felices. Solo tenemos que darle el poder para conducir nuestra vida.

Lo notable de esto es que quien piensa ser inmune a los charlatanes médicos y se considera así mismo un modelo de escepticismo, suele caer víctima del nuevo charlatán.

Es persuadido y se vuelve su aliado y patrocinador. Sucumbe a esa cesión de su libertad al charlatán, jurando que es lo mejor que puede hacer.

¿De dónde sale ese tremendo poder de persuasión? Por supuesto, de la ingenuidad de su cliente, pero hay más. El nuevo charlatán usa un truco astuto. K. Minogue (1930-2013), lo explicó bien:

“Las poblaciones occidentales piensan, entonces, en términos de ‘abusos’ que ocurren en la sociedad, y el poder y la responsabilidad del gobierno ejerciendo autoridad popular para solucionarlos”.

La explicación es genial. El nuevo charlatán enmarca todo como si fuera un abuso: alguien abuso de otro, el malo se aprovecha del bueno.

La palabra mágica es “explotación”, lo que crea un concepto muy atractivo, el de víctima. Y cuando la gente aprende a sentirse víctima le resulta difícil resistirse a la medicina del nuevo charlatán.

Es como el hipocondriaco que antes compraba cuanto tónico milagroso le ofrecían. La víctima hará lo que sea que le pida el charlatán.

Este es un marco mental tremendamente popular, profundo y enraizado. Tanto que, primero, resulta difícil darse cuenta de él. Segundo, deshacerse de él es cuesta arriba.

Examine a sus amigos, a las columnas de opinión, a usted mismo y lo verá: se piensa en términos de abusos cometidos en los que las víctimas necesitan con urgencia al nuevo charlatán.

Esto tiene su nombre, Minogue lo llama “totalitarismo suave”.

Y consiste en eso, en la educación que embrutece, educando a aprender a sentirse víctima, con lo que se asegura la intervención del gobierno en medio de loas y alabanzas.

Se aprende a entender que la mujer el víctima del varón, el consumidor de las empresas, el hijo de los padres, el creyente de las iglesias, el estudiante de las escuelas, el pobre del rico, el trabajador del empleador, los ahorradores de los bancos.

Y toda víctima comprará el nuevo tónico milagroso que ofrece el charlatán.

Lo toma en dosis diarias que tienen el sabor de una lista creciente de derechos que otros charlatanes se sacan de la manga y que, por supuesto, solamente puede ser implantados por el charlatán recién aparecido.

Lo que más vale una segunda opinión sobre el tema no es tanto el nuevo charlatán, sino que esto se ha convertido en una manera de pensar.

Un marco intelectual que explica al mundo. Una forma de ver las cosas que por diseño lleva a aprender a sentirse víctima de algún abuso.

Víctimas de Wall Street, de farmacéuticas, de intereses internacionales, del machismo, de lo que sea que se diga. Resultará extraordinariamente difícil mostrar incluso a la más razonable de las personas que puede ella tener un marco mental fallido.

Es demasiado simple pensar así, demasiado reducido, demasiado univariable.

Peor aún, pensar así conduce a un mundo de pesadilla, uno en el que el charlatán gobierna y aplica remedios que no funcionan, que no remedian, ni curan.

Post Scriptum

Recuerdo aún lo triste que fue escuchar a una persona inteligente defender la idea de que por encima de los derechos de propiedad de los propietarios de restaurantes, el gobierno debía obligar a impedir que se fumara en sus establecimientos.

“Los gobiernos”, me dijo, “tienen la obligación de cuidar a quienes pueden ser dañados por el humo del cigarro, lo quieran o no los propietarios de los restaurantes. Cuidar a la gente de esta manera es algo que los gobiernos deben hacer por obligación moral, igual que cuidar que no haya alimentos con demasiadas calorías”.

Insisto en mi punto: una vez adoptada el marco mental que entiende a la realidad como una serie de abusos, será poco menos que imposible darse cuenta de los errores a los que lleva.

La cita usada está en Minogue, K. (2010). The Servile Mind: How Democracy Erodes the Moral Life (1 ed.). Encounter Books.

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