Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Voluntad Popular: Sustitutos
Eduardo García Gaspar
3 septiembre 2014
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un asunto de lógica. De la lógica que incomoda y la incomodidad tiende a ser androjorechazada.

Nuestros tiempos son democráticos.

Pocos serán lo que se opongan a la democracia (aunque la definan de maneras variadas).

Veamos un caso de lógica democrática muy incómoda.

Empecemos por la esencia democrática, la voluntad política originada en la gente. Es la gente el origen de las acciones de gobierno.

Lo que se ha llamado voluntad general o voluntad popular. Allí reside la soberanía y de allí proviene la legitimidad gubernamental.

Sin ese reconocimiento de la voluntad popular, no podría hablarse de democracia. Es la formulación de A. Lincoln, esa de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” y que describe la esencia democrática.

Todo muy bonito hasta este punto, agradable y sencillo e idealista y fantástico. Compliquémonos la vida siquiera un poco, examinando la naturaleza de la voluntad popular, eso que describe lo que la gente quiere.

Primer problema, la gente puede querer cosas muy distintas. Es más, puede desear cosas opuestas. Es el problema de los desacuerdos porque en realidad no existe una voluntad popular única común a todas las personas.

Es un problema de diversidad de opinión en la gente. Unos pueden querer un gobierno clerical, otros uno laico. Otros favorecerán gobiernos pequeños, otros al estado de bienestar. El problema es fácil de ver.

No existe una voluntad única, clara e inequívoca que pueda ser tomada por el gobernante para actuar en consecuencia.

Segundo problema, la incapacidad de la gente. Me refiero a que la voluntad popular puede ser “confusa, inmoral, inconveniente, o de otra manera, defectuosa”, como lo expresó K. Minogue (1930-2013) en The Liberal Mind.

Es un problema de desconocimiento e ignorancia, de error y equivocación, de injusticia, de imposibilidad. Es una posibilidad real que la voluntad del pueblo sea defectuosa y mala, incluso poco ética e injusta. El problema es fácil de ver.

La voluntad popular puede contener elementos serios de imperfección y por eso, al implantarla se cometerían errores severos.

¿Qué hacer entonces, sabiendo que la voluntad popular tiene esos dos problemas? La dificultad no es menor.

Si se quiere tener una democracia se debe partir de la voluntad popular, porque es en la gente donde al final reside la soberanía.

Pero si no existe una voluntad popular homogénea y ella tiene el riesgo cierto de estar equivocada, el gobernante se enfrenta a un problema que debe resolver. ¿Cómo? Hay maneras, algunas de ellas en extremo vistosas.

• Puede, por ejemplo, convertirse en la voz del pueblo, el intérprete de los deseos populares. Sin necesidad de consultar a nadie, el gobernante se nombra a sí mismo vocero del pueblo a quien conoce más incluso que la gente misma.

La posibilidad es real y ha sucedido una y otra vez, como en Venezuela y en Cuba. El gobernante olvida esos problemas y los esquiva dando un salto: solo él sabe lo que en verdad quiere el pueblo y así gobernará.

• Puede, también, tomar alguna teoría social, como la de la conciencia de clase y adoptarla a su modo. Otra manera de esquivar los problemas de la voluntad popular, en esta posibilidad el gobernante se erige como defensor de las víctimas y opresor de los villanos.

Tampoco hay aquí necesidad de ir más allá de la voluntad del gobernante y la teoría que lo justifica. Como en el caso anterior, la voluntad del pueblo ha sido sustituida, con cierta elegancia, por la voluntad del gobernante.

• Otra posibilidad es la más moderna y refinada, la conversión del gobierno en una agencia de solución de problemas sociales: educación, salud, hijos fuera del matrimonio, pensiones, casas, discriminación, desigualdad, lo que sea que se considere un problema.

La autoridad política deja de gobernar propiamente hablando y ahora se encarga de satisfacer lo que imagina es la voluntad popular: la solución de problemas personales de colectividades.

En resumen, los problemas con el concepto de voluntad popular llevada a un sistema democrático han tratado de ser solucionados esquivándolos con mecanismos basados en la sustitución de la voluntad popular.

Sustituida por el sabio gobernante que la interpreta y conoce mejor que la gente misma, por la teoría de algún intelectual que también la interpreta y conoce mejor que las personas. O por la reinterpretación de la acción gubernamental en actos de solución de problemas personales.

Lo llamativo y vistoso de esas tres soluciones es que ninguna de ellas es realmente democrática.

Es decir, nuestras democracias son muy poco democráticas. Tienen un defecto serio, el de ignorar realmente el elemento de la voluntad de las personas y centralizar en unos pocos la soberanía real política.

Post Scriptum

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