Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Civilización, su Fragilidad
Eduardo García Gaspar
10 diciembre 2015
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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No es para despreciarla. Más aún, debe tomarse muy en serio.

Una idea un tanto compleja y que necesita algo antes de ser explicada. Ese algo se llama «civilización».

La idea de qué es «civilización» está bien explicada en esto:

«La civilización […] es el estadio cultural propio de las sociedades más avanzadas según su nivel de ciencia, artes, etc. El concepto se utiliza, en general, para nombrar a una sociedad compleja, diferente de las sociedades tribales de la antigüedad. El término también se usa como sinónimo de progreso».

En esto puede verse el elemento clave de «civilización»: un estado de progreso y avance que permite a una sociedad ser llamada así y que contrasta con sociedades que no han llegado a ese estado de refinamiento.

La civilización requiere progreso material, no hay duda; sin un cierto nivel de riqueza y bienestar, la civilización es imposible. Pero no todo es material. La civilización necesita avance en otros terrenos: cultura, arte, educación, leyes. pensamiento.

Una civilización es un estado de las sociedades, una etapa en la que hay progreso, avance, riqueza, conocimiento. Pero sobre todo, la civilización es algo logrado en un todo complejo, refinado, elaborado, que es al mismo tiempo frágil y quebradiza que ha tenido un alto costo de desarrollo.

El costo central ha sido el largo proceso para llegar a ella: costos de salvajismo, de barbarie, de violencia, esclavitud, errores y aciertos que poco a poco han producido eso que se llama civilización y que disfrutamos ahora, al menos en muchas partes, aunque con variaciones significativas.

Entramos entonces al tema que creo que bien vale una segunda opinión, la fragilidad de la civilización. Ella es algo que puede romperse con facilidad, quebradiza y delicada. Su enemigo central, en una sola palabra, violencia.

No solo rompe a la civilización el abuso del poder, como sucede en muchas partes, también la ataca la criminalidad y, en general, la falta de un estado de derecho, de un sistema de instituciones.

Me refiero a la violencia externa, como ataques los terroristas, pero sobre todo a la violencia interna.

A la actividad criminal y la impunidad. Se incluyen aquí tanto a la corrupción extendida como a las manifestaciones callejeras al estilo de la capital de México.

Está en la naturaleza de la civilización el haber colocado a la violencia como la última de las alternativas. Cuando ella comienza a ocupar posiciones más probables, la civilización sufre, y con ella las personas, que comienzan a ver diminuido su bienestar.

La civilización es también frágil ante una postura común de la gente que vive mejor gracias a ella. Es la postura de quienes piensan que la civilización es lo natural, que es gratuita, que es irrompible, que nada se ha tenido que pagar por ella.

Sin saber que ella ha tenido un gran costo, sin reconocer que generaciones anteriores han pagado un gran precio, hay quienes ven a la civilización con desprecio y piensan que ella no es nada más que un mecanismo que puede ser manejado a voluntad.

Esta es la mentalidad que propone las utopías terrenales, sean la de la URSS, la de Mao o la de Chávez y Castro.

La consecuencia de esos experimentos de ingeniería social lo conocemos. Es un regreso a la barbarie previa a la civilización.

Similar es la mentalidad de quienes creen que la civilización es capaz de dar todo, sin sacrificio y sin trabajo y sin reglas. Estos son los libertinos a quienes ciega la riqueza creada y que olvidan cómo ha sido ella producida.

Esto puede ser visto como la incomprensión de la civilización. Quienes ahora la disfrutan, en buena parte, son incapaces de comprender la causa de eso que gozan. Son quienes rechazan la idea de la verdad, la idea de la moral objetiva, la noción de la autodisciplina y el control personal, la necesidad de trabajar para merecer, la idea del sacrificio personal, la necesidad de libertad.

El gran problema entonces es el que presenta la mentalidad que supone que la civilización es simple y gratuita, y que puede manipularse a gusto del que quiere imponer su utopía incluso usando la fuerza. El siglo 20 tiene su historia de intentos de ese tipo, con resultados devastadores.

Por eso llama la atención que aún sobreviva la idea de, otra vez, manipular a la civilización, cambiar sus estructuras creyendo que el Cielo puede ser construido en este mundo. Eso es incomprensible.

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