Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Credibilidad y Credulidad
Eduardo García Gaspar
16 noviembre 2015
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Es el negocio de la política. El negocio de las percepciones, el de las imágenes creadas. De credulidad y credibilidad. La construcción de realidades virtuales. Parte del marketing político. Un ejemplo reciente llama la atención.

El Norte, en Monterrey, México, reveló (8 noviembre 2015) la contratación de una empresa de asesores de marketing. La contrata el gobierno de Nuevo León para que logre ciertas metas:

«[…] lograr que la percepción del Gobierno alcance su máximo potencial mediático… el Gobernador logre un reconocimiento tal que lo defina como líder de gran visión, que contuvo la inseguridad… se alcance un posicionamiento contundente con miras a los próximos procesos electorales»

Nada realmente que sorprenda. Los gobernantes son usuarios frecuentes de proveedores de ese tipo de servicios. Lo hacen, al final de cuentas, para ganar elecciones, mediante estrategias de construcción de imagen propia. No creo que sea algo indebido en sí mismo.

Pero el asunto tiene sus complicaciones. Usar dinero público para ese objetivo, como aparentemente se hizo en ese caso, en claramente inmoral. Un caso de corrupción tan común que pasa desapercibido. En México es frecuente que los gobernantes usen dinero público para promocionarse personalmente (y lanzarse a puestos mayores). Parte de los usos y costumbres más aborrecibles.

Hay otra dimensión que bien merece una segunda opinión. No creo que sea confusa la idea de que usar dinero público para promocionarse personalmente es un delito obvio e indudable. Los impuestos no han sido cobrados para que sean usados en campañas de marketing personal.

Esa otra dimensión requiere un poco más de espacio para exponerla. Tome usted, como ejemplo, a una de las metas apuntadas en la cita anterior: hacer que el gobernador sea reconocido como «líder de gran visión». Quien haya conocido al gobernador en cuestión comprenderá la imposibilidad de alcanzar esa meta.

Y eso me lleva al punto central, el de que el marketing político está cerca de la línea que divide a la verdad de la mentira, y que con facilidad la cruza. El asunto es posible de ver esquemáticamente, comparando a la realidad con la imagen o percepción buscada.

Cuando la realidad no corresponde con la imagen buscada, cuando ellas se contraponen, estaremos en presencia de una mentira clara: el marketing político en este caso podrá ser criticado por mentir, por inmoral.

Los casos fascinantes se presentan en la zona gris, cuando el marketing político exalta con parcialidad, como el marketing comercial, los aspectos positivos del gobernante o del candidato. ¿Es eso reprobable? No en sí mismo, excepto cuando se trate de mentiras claras e indiscutibles.

Y eso voltea las cosas totalmente dando entrada a otro personaje: usted y gente como usted, los receptores de los mensajes de las campañas de marketing político. Esos mensajes tienen el deber de ser creíbles, la obligación de la credibilidad, de corresponder a la verdad.

Pero todos nosotros tenemos otra obligación, la de no ser crédulos, la de no aceptar ni creer todo lo que ellos nos dicen. Podemos exigir a los políticos que sus campañas sean creíbles, que no mientan, que tengan credibilidad, que se apeguen a la realidad. Está bien hacerlo. Al final es un reclamo para que no mientan, al menos descaradamente.

Pero el reclamo de credibilidad al político, de que hable con la verdad, no es suficiente. Hace falta que el ciudadano acepte su responsabilidad obvia, la de no ser crédulo, ni inocente, ni ingenuo, frente a lo que dicen las campañas de marketing político.

Me refiero a un sano escepticismo, al usar la cabeza pensando en lo que dicen esas campañas. Creer literalmente en lo que el gobernante y sus campañas dicen es un acto de miopía. Y, sin embargo, eso es lo que sucede una y otra vez.

Recuerdo un caso reciente. La persona, un hombre maduro en una alta posición empresarial afirmó estar convencido de la superioridad de un candidato presidencial. La razón: «sus objetivos de bienestar social son admirables», dijo él. Cuando se le preguntó si sabía cómo lograría tales objetivos el candidato, confesó no saber nada al respecto.

Esta es la inocencia a la que me refiero, la credulidad que da entrada a la mentira y al engaño. Y no tanto porque el gobernante mienta, sino porque la persona que en otros terrenos usa la razón, en la política actúa como un ingenuo párvulo.

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