Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Arte De Preguntar
Eduardo García Gaspar
12 marzo 2015
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Lo vemos sin darnos cuenta. Leemos sus opiniones. androjo

Conocemos sus ideas. Es un personaje popular.

Aparece todos los días en todas las noticias de todo el mundo.

Me refiero al especialista, al experto.

El experto es generalmente un científico. Ese que tiene un campo específico del saber. Lo buscan todos. Quieren saber qué piensa y qué opina.

Usted ha visto esos encabezados del periódico que comienzan con ” expertos opinan que…” Y a continuación sigue una lista de afirmaciones que lo mismo son razonables que alocadas

El factor de la popularidad del especialista es la difusión de sus opiniones cuando ellas se convierten en las piezas claves del total de conocimientos que se tiene en la sociedad. Con escucharlos y aceptarlos es suficiente. Parece que eso simplemente nos produce ya conocimiento a prueba de error.

Hay expertos y especialistas en economía, imagen personal, ecología, sexualidad, espiritualidad, política, lo que usted quiera. Nutrición, condición física, no hay campo que no este sujeto al dominio del especialista. Esto no es malo en sí mismo.

No es malo que existan expertos y especialistas en campos que eso merecen, pero hay un problema cuando el experto ocupa un lugar que no le corresponde.

No hay manera de que el experto o el especialista pueda sustituir a la persona pensante, al sentido común de la gente común.

Creo que es un fenómeno de nuestros días y no es un fenómeno grato. Parece como una renuncia.

Las personas comunes dan la impresión de haber delegado en otros el esfuerzo de pensar y conocer. La figura de experto y del especialista ha permitido el dejar de pensar. Ahora basta con acudir con un experto y ponerse en sus manos.

¿Tiene alguien un problema de obesidad? Ya no se le ocurre esa receta sencilla de antes. Ya no piensa en la posibilidad simple de comer menos. Ahora va con un experto y se pone a dieta con un sistema novedoso.

¿Tiene alguien un problema de niños mal educados? Quizá termine dándole al infante una medicina para controlarlo y no una buena nalgada.

¿Quiere alguien progresar en los negocios? Muy posiblemente consulte a un experto en imagen.

¿Se siente alguien decaído? Quizá quiera tomar un curso con un experto motivador.

No está mal ir con un médico para atender un caso de apendicitis pero lo que creo que es exagerado es encontrar la solución de cualquier problema en un experto que quizá no lo sea.

Es un fenómeno de nuestros días. Me refiero a esa delegación de esfuerzo, lo que incluye una renuncia a la responsabilidad personal. Si falla lo que recomendó al experto la culpa deja de ser propia y ahora todo es cuestión de ir con otro experto.

En los medios sucede lo mismo. Una noticia cualquiera, como una noticia de aumentar impuestos, hace que los medios vayan con expertos a preguntar sus opiniones. Tampoco está mal esto, pero lo estará cuando el experto y sus opiniones sustituyan al sentido común de la persona misma.

A esto es a lo que temo. No tanto al experto en sí mismo como a la desaparición de la persona pensante, al desvanecimiento de la habilidad para razonar entre los ciudadanos comunes.

Por una razón, será imposible vivir en libertad cuando el sentido común desaparezca entre los ciudadanos. A todo lo que se podrá aspirar es a vivir un régimen dominado por los expertos, algo que ya se sufre en nuestros días.

Lo que temo es la extinción de una especie humana, la especie de la persona sabia y prudente, la del hombre educado y con sentido común. La desaparición de la posibilidad de examinar la propia vida para dejar esa tarea en manos de expertos.

No podrá ser muy buena una sociedad en la que sus habitantes han renunciado a pensar y se les ha entrenado a aceptar sin condición lo que diga el experto, sea lo que sea. Así se trate de explicar la caridad por razones de evolución genética o justificar la promiscuidad porque así actúan los primates.

No sé cómo puede resumirse esto pero quizás se trate de la pérdida de la habilidad para hacerse preguntas.

Hacerse preguntas a uno mismo y tratar de contestarlas de manera que las respuestas produzcan satisfacción propia. Aceptar la respuesta del experto quizá no sea la mejor manera de aprender.

Post Scriptum

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