Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Granjero y Otras Cosas
Eduardo García Gaspar
15 junio 2015
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La historia tiene su gracia. Ilustra algo que sucede a diario. androjo

La convicción de tener la evidencia a nuestro favor.

Y luego averiguar que es lo contrario. Que esa evidencia se mueve en sentido contrario. Se convierte en una prueba en contra nuestra.

La historia es una de Abraham Lincoln, en sus tiempos de abogado. Cuentan que defendiendo a un cliente, las cosas iban de mal en peor. De pensar que tenía ganado el caso, poco a poco se dio cuenta de que lo iba perdiendo.

Hasta tal punto que decidió hacer un último ataque para ganar.

Y fue así que Lincoln, durante el juicio, narró una historia, la de un granjero.

Un granjero que se encontraba cierto día, por la tarde, sentado en el frente de su casa. Descansaba mirando sus tierras, cuando repentinamente se acercó corriendo su hijo de seis años.

Con cierta expectativa, el granjero esperó hasta que su hijo llegara junto a él. El pequeño recuperó el aliento en unos instantes y le dijo a su padre:

—Papá, papá, los acabo de ver en el establo, a mi hermana mayor y al trabajador que contrataste la semana pasada.

—Sí, hijo, y qué hacían.

—Papá, yo estaba escondido y no me podían ver y…

—Calma, hijo, cuéntame con calma.

—Papá, pues vi que el trabajador que contrataste se bajaba los pantalones y luego vi que mi hermana mayor se subía el vestido… y entonces me di cuenta de que iban a hacer pipí en el heno, en el establo.

—Calma, calma, hijo, me has explicado lo que viste, tienes las pruebas, tus datos son correctos, pero la conclusión a la que has llegado es totalmente falsa…

Lincoln contó esa historia en la parte final del juicio que iba perdiendo y se cuenta que el jurado rió con la historia, entendió el mensaje y Lincoln ganó el juicio.

La historia del granjero tiene su punto. Sucede muchas veces que tenemos todas las pruebas que queremos y todas ellas son verdaderas.

Sin embargo, nuestra conclusión no es la correcta. Más aún, examinadas las evidencias, ellas en realidad apuntan en contra nuestra.

Vi cómo esto el sucedía hace ya tiempo a una persona. Una persona con sus peculiaridades, como todas. Una de ellas era particularmente llamativa: no había terreno en el que ella dejara de tener una opinión, usualmente casi inapelable.

Desde medicina hasta tecnología, desde motores de combustión hasta metafísica, desde publicidad hasta recetas de cocina y arte.

Y en todos esos campos, ella parecía pensar que “La humanidad entera tiene derecho a escuchar mi opinión”. Era frecuente que se metiera en problemas, como cuando tuvo frente a sí a un conocedor de la materia sobre la que opinaba.

Recuerdo los problemas en los que metió cuando emitió una opinión muy personal sobre el precio justo de las cosas. Este asunto, que ha ocupado la mente de muchos y muy ilustres pensadores, tiene una solución asombrosamente simple, la de un comité de expertos que estableciera precios “adecuados para todos”.

Era ella una fuente inagotable de consejos a terceros. No había problema personal para el que no tuviera una solución perfecta, un consejo absoluto. Me recordaba siempre a ese que dijo que “el consejo que doy a todos es siempre el de que jamás den consejos a nadie”.

La persona no era desagradable, al contrario. tenía un buen sentido del humor.

Cuando hacía preguntas a otros, sin embargo, no buscaba nueva información, ni otros puntos de vista. Simplemente lo que ansiaba era que sus ideas fueran corroboradas. Su terquedad es legendaria. No había razonamiento que le hiciera cambiar de opinión, ni prueba que le hiciera modificarla.

Todos tenemos algo de esa persona en nuestra manera de ser. Solemos tener más opiniones de las que es sabio sostener. Acostumbramos opinar más allá de los campos que conocemos.

Nos fascina ser escuchados por otros y somos impacientes cuando les tenemos que poner atención. Rechazamos con demasiada frecuencia a los más convincentes razonamientos y las más sólidas pruebas.

Supongo que eso es parte de nuestra propia naturaleza, imperfecta. Y, por eso admiramos el tacto social, como lo definió Lincoln. “el describir a los demás como los demás se ven a sí mismos”.

Pero, sobre todo, admiramos a ese que es al mismo tiempo prudente y sabio

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