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El Papa Francisco y el Populismo
Selección de ContraPeso.info
11 agosto 2015
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Pope Francis and Economic Populism.

Desde que el fallecido Hugo Chávez subió al poder en Venezuela en 1999, gran parte de América Latina ha estado firmemente bajo la mano de gobiernos populistas de izquierda.

Caracterizados por líderes al estilo de caudillos, la retórica demagógica, la deliberada movilización de unos grupos contra otros (los pobres contra los ricos, los indígenas contra los de piel blanca), el culpar a los extranjeros por los problemas del continente, la eliminación de poderes judiciales independientes, la nacionalización de grandes segmentos de la economía y los esfuerzos para destruir a la prensa libre, todos estos regímenes han causado norme daño económico en América Latina.

Contrario a las protestas de las celebridades de Hollywood, Venezuela es simplemente el más aventajado en el camino a una inflación sin control, controles de precios, escasez de bienes de primera necesidad (como papel higiénico), violencia sistemática en contra de los críticos del régimen y un total desprecio por el estado de derecho.

La actitud de los líderes políticos de América Latina ante una institución que no han sido capaces de dominar —la Iglesia Católica— es variada. Por un lado, están casi siempre en desacuerdo con muchos obispos católicos.

En enero de 2015, una exhortación pastoral emitida por los obispos católicos de Venezuela describió con valentía a las políticas de ese gobierno como «totalitarias y centralistas». El régimen, añadieron los obispos, busca el control

«sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones públicas y privadas. Además, atenta contra la libertad y los derechos de las personas y asociaciones y ha conducido a la opresión y a la ruina a todos los países donde se ha aplicado».

La reacción del gobierno frente a esta crítica fue la demagogia acostumbrada. No obstante, los mismos líderes populistas invocan con frecuencia a los símbolos cristianos para legitimar a sus ideologías. La presentación al papa Francisco, por parte del presidente boliviano Evo Morales, de lo que ahora se llama «el crucifijo comunista», es uno de los ejemplos.

Cualesquiera que hayan sido los motivos del sacerdote fallecido que diseñó la cruz, el hecho es que la hoz y el martillo que simboliza al materialismo filosófico, a los estados policía y a las prisiones, a las torturas, y a los asesinatos masivos, no cuenta para nada en el más bien provincial mundo del izquierdismo populista de América Latina.

La anónima influencia del ídolo dinero

Esto me lleva a algunas de las declaraciones del papa Francisco durante su visita a Bolivia. Los movimientos populistas no son desconocidos para Francisco.

Como arzobispo de Buenos Aires, tuvo él que tratar con los Kirchner en Argentina y no gozó de buenas relaciones con el gobierno peronista que severamente dañó a la nación que en el siglo XX ya es un sinónimo de auto inmolación económica.

Dicho esto, algunas de las expresiones usadas por el papa Francisco en Bolivia la semana pasada en el Segundo Encuentro Mundial De Movimientos Populares, no solamente hicieron eco de temas particulares enfatizados por los populistas latinoamericanos, también compartieron algunos de sus malos diagnósticos de los problemas de la región.

Cualquier persona que haya pasado algún tiempo en América Latina sabe que la mayoría de estas naciones sufre problemas económicos profundos. Pero mientras el discurso del Papa hizo notar que el Estado de Bienestar no es una solución a estos retos, su análisis de las dificultades de la región dejó mucho que desear.

En primer lugar, Francisco discutió la injusticia infligida por «un sistema» por el que él parece referirse a la globalización económica. Este «sistema», argumento él, ha resultado en «una economía de exclusión» que niega a millones las bendiciones de la prosperidad.

A continuación, Francisco atacó específicamente a «corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados de “libre comercio”» como parte de un «poder anónimo del ídolo dinero» y de «nuevas formas de colonialismo».

Alguna de esta retórica es difícil de distinguir de la usada por los populistas latinoamericanos, yendo desde el argentino hace mucho fallecido Juan Perón, hasta Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.

Dejando esto a un lado, uno se pregunta si el papa Francisco y sus asesores han estudiado alguna vez los méritos respectivos del libre comercio contra el proteccionismo. Sospecho que no lo han hecho, ya que los aranceles y los subsidios son precisamente lo que permite a los países que ya son ricos a limitar el acceso a los mercados globales de los países en desarrollo. Por definición es el proteccionismo una economía de exclusión —no el libre comercio.

De la misma manera, mientras que el récord histórico de las empresas multinacionales en los países en desarrollo no es un lirio blanco, ellas han llevado inversiones y empleos muy necesitados en América Latina.

Francisco lamentó las nuevas formas de colonialismo que a menudo reducen a las naciones a ser «meros proveedores de materia prima y trabajo barato». Sin embargo, si acaso los países en desarrollo dejaran de aprovechar lo que a menudo es su ventaja comparativa en la economía global —por ejemplo, sus costos laborales más bajos y sus grandes recursos naturales— sería difícil ver cómo pudieran ellos generar suficiente riqueza para sacar de la pobreza a millones.

Más aún, cualesquiera que sean los «prestamistas» que el Papa tiene en la mente, las naciones en desarrollo necesitan infusiones de capital extranjero si es que quieren disminuir la pobreza.

Incoherente e inatento a la evidencia

Por cierto, las palabras de Francisco no contenían una sola mención acerca de las contribuciones de los regímenes políticos de América Latina a los problemas de la región. En este tema sus comentarios reflejaron un punto ciego común en América Latina: la renuencia a admitir que muchas de las dificultades de América Latina son auto infligidas y a menudo por gobiernos elegidos por una mayoría de votantes.

Cuando se le preguntó al portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi SJ, acerca del discurso del Papa, lo describió como una parte de un «diálogo». Un diálogo con significado, sin embargo, implica un intercambio de puntos de vista en búsqueda de la verdad.

Por desgracia, no hay evidencia de que Francisco esté escuchando, por ejemplo, a cristianos que respetan su autoridad como sucesor de San Pedro, quienes no piensan que Francisco sea socialista, que comparten su compromiso con la reducción de la exclusión económica, pero que con respeto sugieren que algunos de sus comentarios económicos son incoherentes y no atienden a la evidencia.

Es extraño que el Papa evite otros puntos de vista ya que él reconoce que los fieles católicos puede estar en desacuerdo acerca de cómo atender los retos económicos contemporáneos.

En su intervención, Francisco dijo a sus oyentes que tomaran la iniciativa en la búsqueda de maneras para trascender su pobreza económica. Es un buen consejo. Los grandes efectos de todos esos esfuerzos, sin embargo, serán limitados sin cambios fundamentales en las instituciones y en las actitudes a lo largo de América Latina: por ejemplo, el tiempo de transformación cultural que de seguro resistirán los populistas latinoamericanos.

Después de todo, eso sería el fin de su poder. Pero también implica que los latinoamericanos deben abandonar las ilusiones acerca de una «tercera vía» económica de la región —algo que, dado el historial económico de América Latina, tendría que haber sido descartado hace mucho tiempo por lo que en realidad es, un sinsentido sentimental utópico.

Como me dijo un perspicaz profesor sacerdote argentino en Buenos Aires a principios de este año, «¡Sólo queremos ser un país normal!»

Y la normalidad significa que los latinoamericanos digan no a los Kirchner, Correa y Morales de la región, así como también a sus ideas destructivas. Este es el mensaje que los latinoamericanos —pero quizá también el Papa Francisco— necesitan escuchar.

Nota del Editor

Para más columnas acerca del Papa: Francisco.

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