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El poder embrutece y a más poder más poder, más idioteces cometerá el poderoso. Una consecuencia natural del poder y la testarudez.

Introducción

Un gobierno sigue una política educativa por años, sin resultados positivos, pero la mantiene a toda costa.

Otro gobierno se aferra a la propiedad estatal de un cierto sector a pesar saberse que ha sido mal manejado por años y ser una causa de retraso económico.

¿Las razones de esas locuras y casos de asombrosa ineficiencia o de decisiones tontas? Actos de autoridad idiotas y sin sentido, que se mantienen sin cambios durante largo tiempo. Esto tiene una explicación.

El poder embrutece. A más poder, más embota y atonta. Esta idea proviene de Tuchman, Barbara (1985). The March Of Folly: From Troy To Vietnam. New York. Ballantine Books, chapter 1, pp. 4-33.

Todo (casi) ha progresado

La historia de la humanidad es una trayectoria llena de logros. Los hombres alcanzamos maravillas en las grandes obras de la antigüedad, en las catedrales medievales, en los rascacielos modernos.

Dominamos la electricidad, inventamos motores cada vez más potentes, computadoras cada día más capaces. Hemos erradicado enfermedades.

Podríamos estar orgullosos de nuestros adelantos, excepto por un detalle, la mala calidad de los gobiernos. Los gobiernos siguen teniendo los mismo defectos de hace cientos y miles de años.

En todas partes ha habido adelantos, en todas pero no en la política. En la actualidad seguimos padeciendo los mismos defectos gubernamentales de hace siglos.

Malos gobierno, cuatro casos

El primer paso de la exposición de Tuchman es clasificar a los malos gobiernos como provenientes de cuatro situaciones.

Un gobierno puede ser malo simplemente por ser tiránico y opresivo, de lo que la historia reporta ejemplos al por mayor.

Pero un gobierno también puede ser malo por otras razones. Por ejemplo, la ambición excesiva al estilo de la Armada Invencible de Felipe II; o puede serlo por incompetencia o decadencia, como bien fue demostrado por los últimos Romanov.

El gobierno chiflado

Pero hay un cuarto tipo de mal gobierno, el gobierno de la chifladura (folly), de la locura, la estupidez, la estulticia.

Este es el tipo de gobierno que se reconoce por seguir una política de acción y hacerlo de manera consistente, a pesar de que esa política esté en contra de su propio interés.

Tuchman señala que para que una política sea propiamente percibida como una chifladura debe llenar al menos tres requisitos.

Primero, debe ser vista en su tiempo como contraria al interés propio.

Segundo, debe ser una política de acción seleccionada entre varias posibles opciones.

Tercero, debe ser una política seguida por más de un gobernante.

El poder embrutece, un padecimiento universal

No hay límites en el tiempo y en el espacio a la locura gubernamental de este cuarto tipo de mal gobierno. Es un tipo de estupidez universal, que afecta a todos los regímenes.

La sufren igualmente las oligarquías, las democracias, las aristocracias, las tiranías, las monarquías. Existe en los regímenes capitalistas y en los socialistas. Los regímenes comunistas no fueron menos repelentes a las tonterías que sus colegas burgueses.

Todos los regímenes, en todos los tiempos de todos los lugares están sujetos al riesgo del seguimiento de políticas oficiales contrarias al interés del gobierno y de la nación. La locura gubernamental es un fenómeno universal.

El poder embrutece a todo tipo de gobierno y gobernante.

Imperfección humana y su consecuencia

La locura, la falta de sentido y la perversión son parte de la naturaleza humana, dice Tuchman. Por eso no debe sorprender que esas cualidades aparezcan en los gobiernos, que al fin son obras humanas.

Si la naturaleza del hombre es imperfecta, lo mismo serán sus obras y creaciones. Podría concluirse que es natural que los gobiernos, siendo un producto humano, padezcan de los defectos humanos.

Aún así, la idiotez en el poder llama la atención

Pero incluso pensando así, no puede ignorarse el fenómeno de las locuras gubernamentales.

Primero, porque desde luego, sorprende cómo es que alguien puede seguir de manera consistente conductas que le son dañinas.

Sobre todo, porque las acciones gubernamentales afectan la vida de muchas personas. La chifladura individual afecta sólo a una persona, pero la chifladura gubernamental afecta a un número muy grande.

Precisamente por eso es por lo que el fenómeno merece ser señalado. Esa diferencia ha sido reconocida durante mucho tiempo y se le han dedicado concienzudos análisis.

Por ejemplo, la propuesta de Platón para crear reyes-filósofos como gobernantes especializados y que según Karl Popper tanto daño ha causado (véase No es Quién Sino Cómo).

Estupidez y terquedad en el gobernante

La idea de Tuchman sobre la estupidez gubernamental incluye a la noción de la terquedad como una razón del engaño auto inducido.

Los gobernantes, por testarudos, creen en situaciones irreales. Esa testarudez consiste en evaluar una cierta situación real en términos de una noción preconcebida y fija, que ignora y rechaza realidades y signos contrarios.

Es actuar de acuerdo con los deseos y no con las realidades. No sorprende que quien ignora la realidad tome decisiones equivocadas. Las cabezas duras rehusan el beneficio de la experiencia. Es como si vivieran en mundos virtuales.

Puede tener efectos positivos

Pero la estupidez de un gobierno no necesariamente tiene consecuencias negativas para todos.

Por ejemplo, la Reforma producida por las malas decisiones del Papado del Renacimiento no será vista como un suceso negativo por los Protestantes. Tampoco, los estadounidenses considerarán a su independencia como una consecuencia lamentable de la chifladura inglesa de ese tiempo.

El poder embrutece naturalmente

Al final Tuchman llega a una conclusión dramática. La estupidez es hija del poder. El poder no solamente corrompe, también embrutece.

Sí, el poder corrompe. Pero, según la historiadora, no nos damos tanta cuenta de que el poder también produce tonterías, que el poder produce a menudo fallas de pensamiento y que la responsabilidad de ejercer el poder a menudo desaparece conforme la realidad crece.

Las chifladuras gubernamentales parecen estar procediendo de la misma naturaleza del poder.

La responsabilidad general del gobierno es ejercer el poder para gobernar razonablemente en interés del nación y de los habitantes. Un deber en ese proceso es estar bien informado, mantener el juicio abierto, resistir la testarudez.

Y también, cambiar una política si ella no sirve, reconociendo que se ha cometido un error. Pero el mismo ejercicio del poder impide esto.

En resumen

El punto principal de Tuchman es la asociación causal entre ejercicio de poder y pérdida del sentido: el poder embrutece. Y lo hace porque el gobernante está en una situación que por naturaleza se presta a la testarudez y a la terquedad.

El gobernante se engaña a sí mismo con más facilidad que otros y es, en esa pérdida del sentido de la realidad, que es capaz de intentar acciones que están en contra de su propio interés.

El gobernante se engaña a sí mismo con más facilidad que otros. En esa pérdida del sentido de la realidad, el gobernante es capaz de intentar acciones que están en contra de su propio interés.

Si eso es cierto, y hay evidencias muy convincentes de que lo es, un buen sistema de gobierno deberá incorporar mecanismos de control del gobernante.

Mecanismos para evitar en lo posible la pérdida del sentido de la realidad y mecanismos para impedir que el gobernante chiflado dañe a la sociedad.

La naturaleza de otras profesiones puede fomentar el aumento de la inteligencia de los hombres. La naturaleza del poder hace lo contrario.

Y una cosa más…

Quizá interese Las leyes de la idiotez. Un resumen de reglas acerca de la inevitable estupidez.

Esta columna fue publicada originalmente en abril de 1996. Aquí se reproduce con escasas modificaciones.

[La columna fue revisada en 2019-06]