Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Elecciones: Sus Realidades
Eduardo García Gaspar
26 mayo 2015
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Un claro caso de exageración. De emoción desbordada, rebosante. androjo

Una situación de júbilo desmesurado, desorbitado.

Eso es lo que sucede en la mente del ganador de elecciones políticas. Y tiene justificación solo en una pequeña parte.

El ganador hizo campaña electoral y eso no es sencillo. Requiere esfuerzo, mucho esfuerzo. Enfrenta ataques sucios. Se desvela, hace discursos, declaraciones, promesas. viaja. Miente, exagera, acusa, promete y vuelve a prometer.

Termina agotado y la victoria le produce un estado mental de sentimientos extremos. Cree que ha obtenido una victoria fantástica. Y piensa que es el elegido, el seleccionado, el gobernante que todos esperan, al que el pueblo ansía tener como líder.

¿Justificados todos esos sentimientos? No, en realidad no.

Y esto es lo que bien vale una segunda opinión: el nuevo gobernante no tiene razón que le haga pensar que es el seleccionado por la ciudadanía, el elegido por los deseos populares. Veamos esto con algún detalle.

El ganador de las elecciones no suele recibir votos por encima de la mitad de los votantes, es decir, gana elecciones con menos del 50% de los votos. Jamás podrá afirmar que ha sido elegido por la mayoría. Si acaso superara ese 50%, deberá entender que el porcentaje restante hubiera preferido tener a otro gobernante.

Añadamos otro factor que pone lo anterior en una perspectiva aún más real. No todos los ciudadanos votan.

Las cifras de abstencionismo. En México, por ejemplo, en 2000, para elecciones presidenciales, votó solo el 64% y en 2006 , el 56%.

Digamos que vota el 60% de los ciudadanos y que el candidato gana con una cifra alta, el 45% del voto. Eso significa que el ganador ha ganado, en realidad, con el 27% del total de votantes.

La cifra no puede, en verdad, producir un estado de optimismo desbordado: el nuevo gobernante tiene el apoyo de una cuarta parte de la población. Tres cuartas partes no lo apoyan, o incluso están en contra del ganador.

Esos son los aspectos cuantitativos del asunto. No es complicado entender que el ganador no tiene justificación alguna para sentirse la voz del pueblo, ni el elegido por las mayorías, ni nada por el estilo. El júbilo extremo que sienta al saber que ha ganado las elecciones no está realmente justificado.

Pero eso no es todo. Vayamos a cuestiones más cualitativas, al electorado mismo. Para esto hay que considerar la calidad del votante.

El electorado no está realmente formado por conocedores de asuntos políticos y económicos que puedan evaluar siquiera con mediocridad las propuestas de los candidatos.

Entonces, sucede algo interesante: los votos emitidos no tienen un fundamento ni siquiera medianamente racional. La victoria del ganador, por consecuencia, no podrá ser justificada como la victoria del mejor candidato, del que tuvo las mejores propuestas.

Pero sí ha sido el ganador con votos emitidos escasamente pensados y analizados. No es una gran adición a su victoria.

Vayamos ahora a un ejercicio mental fascinante (Snowdon, Christopher. Selfishness, Greed and Capitalism. Institute of Economic Affairs, 2015, pág. 31).

Pensemos en una elección en la que la inmensa mayoría del electorado vota sin pensar, ni analizar, como bien sucede en la realidad. Votando así, se esperaría que los votos se distribuyeran aleatoriamente, dando una casi igual cantidad de “votos irracionales” a cada candidato.

En esa situación, la diferencia sería producida por una minoría de votantes conocedores y capaces de analizar y emitir “votos racionales”. De esta manera, serían elegidos los gobernantes con propuestas que han sido analizadas por votantes racionales y habría una gran posibilidad de elegir a un buen gobernante.

Pero eso no sucede en la realidad, los “votos irracionales” no se distribuyen aleatoriamente entre los candidatos. Lejos de hacer eso, muestran sesgos importantes de preferencia entre candidatos. La situación, por esto, empeora: el ganador ha obtenido su victoria gracias a, casi en su totalidad, esos “votos irracionales”.

Peor aún, «Los votantes no son solamente ignorantes, ellos están mal informados y sistemáticamente sesgados hacia malas políticas».

Han mostrado «apoyar una serie de políticas que los economistas de todo el espectro político concuerdan que son costosas y contraproducentes» (mismo libro).

En resumen, la victoria electoral de un candidato no tiene una justificación sólida para ser causa de alegría para él, ni para el electorado. Esa es la realidad de las elecciones.

Post Scriptum

Si le gustó la columna, quizá también Una Población Ignorante, pero sobre todo, Democracia y Opinión.

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