Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Entre Alegría y Tristeza
Eduardo García Gaspar
25 agosto 2015
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Antes recibía un nombre claro, ahora recibe otro distinto. Le decían «pecado».

Era una falta moral contra Dios y eso se tomaba muy en serio. Necesitaba un remedio espiritual, el arrepentimiento religioso sincero.

No tanto ahora, cuando el remedio a la misma falta es medicinal, terapéutico.

Si antes íbamos a un templo a pedir perdón, ahora quizá nos den alguna medicina después de un diagnóstico mental.

La idea de «pecado» es espiritual e incluye la noción de un ser humano imperfecto, que es libre, que puede pensar y que demasiadas veces hace lo indebido; con una adición vital, puede arrepentirse y comenzar de nuevo.

La idea de «terapia» es material e incluye la noción de un ser humano que es víctima involuntaria de lo que le rodea, donde no tiene voluntad, no tiene libertad y no tiene la menor posibilidad de comenzar de nuevo.

Me decía hace tiempo una persona que la noción cristiana del «pecado» era triste y veía al ser humano como alguien melancólico y sombrío; que deshacerse de la religión era la vía por la que el ser humano podría ser feliz y alegre. La clave, me decía, era quitarse de encima la noción de Dios y el yugo que él ejerce sobre las personas.

¡Pero si es exactamente lo contrario!

Si usted quita de su mente la idea del «pecado» se queda con nada: sin libertad, sin razón, sin el drama de la vida que es tratar de hacer lo que debe hacerse. Y cuando se hace lo opuesto es, entonces posible, el arrepentimiento y el aprender del pasado.

Si nos quitamos de encima la idea de Dios, nos quedamos solos, sin sentido de vida, en una situación en la que lo malo que hacemos solo puede entenderse como enfermedad involuntaria. El pecado transformado en padecimiento mental; las malas acciones entendidas más o menos como una apendicitis mental.

No hay allí drama de vida. No puede haber esfuerzo, sino solo resignación y fatalismo. Tanto que los actos indebidos se multiplican y llegan a verse como normalidad. Incluso se aprueban y llegan a ser norma obligada. Un panorama realmente triste. Este sí que es triste.

Tristeza de no vivir ambicionando ser mejor, conocer más, aspirar a lo alto, creer en lo sobrenatural, en la trascendencia de la vida. Es realmente funesto creer que «lo que está mal en mí es una enfermedad que me afecta y no una falla de la que soy responsable», como lo expresó Charles Taylor.

¿Quiere usted optimismo y alegría? Piense en el «pecado» y en la real oportunidad de renunciar a él, de llegar a la santidad, de pensar que si se falla, aún hay una posibilidad de regresar al camino correcto. Esto no es renunciar a la libertad, es usarla de acuerdo con la razón.

Pero sobre todo, es aceptar que somos imperfectos, con una imperfección que es posible de corregir, no una enfermedad involuntaria que nos pone en el plano impotente de la víctima que solo sobrevive si se entrega totalmente al terapeuta que confunde «pecado» con «enfermedad».

La alegría se pierde, en otras palabras, cuando deja haber drama en la vida, que ya no hay sentido en la lucha por el bien, en el triunfo sobre el mal; en usar la libertad y la razón para ser mejor y trascender. La alegría la produce la victoria sobre el mal, sabiendo que el mal es parte de nuestra vida, de nuestra imperfección.

Porque creo que al final de cuentas, por mucho que se sea exitoso en lo material siempre queda un cierto vacío, un sentido sin llenar, algo que falta. Una alegría por alcanzar, una satisfacción por lograr y que no tiene una característica física.

Ha sido afirmado que la religión que pide ir más allá de lo humano, especialmente el Cristianismo, daña y lastima a la naturaleza humana, que la reprime y enferma, que la entristece y desconsuela. ¡Pero es exactamente all revés!

Es el pensar que nada hay más allá de lo meramente humano lo que apesadumbra y entristece, porque hace de lado una parte de la realidad, lo que da sentido a la existencia y explica el drama de la vida actual, la alegría del triunfo sobre el mal y el gran misterio del arrepentimiento que otorga la siguiente oportunidad para estar alegre.

Si borramos la noción de «pecado», paradójicamente perdemos también la idea de la victoria sobre él, de la alegría de haber ganado siquiera una vez.

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