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Selección de ContraPeso.info
30 septiembre 2015
Sección: ECOLOGIA, Sección: Asuntos
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Cambio climático, acción independiente y consecuencia humana, es el tema que trata Jorge Ramón Pedroza.

 

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, 
la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». San Francisco de Asís

La foto de una famélica osa polar buscando alimento en medio del deshielo dio la vuelta al mundo y revivió el debate climático. El mismo presidente Obama ha hecho un viaje al Círculo Ártico para constatar y proyectar internacionalmente el problema del calentamiento global.

El papa Francisco ha comenzado con la cita que abre este artículo su encíclica Laudato Si, en la que expresa la preocupación de la Iglesia Católica por el cambio climático.

Lo que hace una década era cuestión de debate científico, hoy en día parece una certeza avalada por un creciente consenso de los estudiosos del clima: la Tierra se está calentando.

Las causas de dicho fenómeno hoy en día son aún discutidas, pero la mayoría de las opiniones señalan a las emisiones de carbono, resultantes del uso de combustibles fósiles, como causantes de un efecto invernadero que retiene el calor del sol en la atmósfera.

El cambio climático no debiera causarnos sorpresa. Si le preguntamos a los geólogos, el clima de la Tierra siempre ha estado transformándose con o sin humanos de por medio.

De acuerdo al registro geológico, durante los dos últimos millones de años el clima ha estado oscilando entre largos períodos glaciales de cerca de 100 mil años de duración, interrumpidos por breves ciclos de apenas 10 mil años de clima cálido.

De hecho, estaríamos viviendo el final de uno de esos cortos lapsos de clima templado a nivel global, de acuerdo al registro geológico.

En medio de estos cambios globales también ocurren menores variaciones en el clima a nivel regional.

Basta señalar que el ahora Desierto del Sahara fue una zona plena de vida entre los 9 mil y 3 mil años A.C., y su desertificación ocurrió en apenas 200 años, cuando se modificaron los patrones de lluvia en el norte de Africa.

Como se puede ver, los cambios pueden ser dramáticos y muy rápidos y, en el caso concreto del Desierto del Sahara, ajenos al impacto humano. Incluso, según los geólogos, los dramáticos cambios climáticos pueden ocurrir en el lapso de una vida humana.

Es inevitable que el clima cambie naturalmente, como es iluso pensar que el clima se quede estático y que las condiciones actuales prevalezcan para siempre en el planeta.

Ante esto, lo que la humanidad tiene que hacer es estar preparada para estos cambios y adaptarse, como lo hicieron nuestros antepasados en la última Era de Hielo, en la que convivíamos con especies ahora extintas como el Mamut.

Ahora bien, la verdadera pregunta es entender cuál es nuestro rol, o nuestro impacto, ante estos grandes cambios por los que atraviesa la Tierra.

No podemos decir que lo cambiamos todo, ni sostener que no afectamos nada.

No podemos ignorar que el búfalo norteamericano fue casi exterminado por su extensiva caza durante el siglo XIX.

Tampoco podríamos negar que muchas especies, como la tortuga marina, están hoy al borde de la extinción por la explotación humana. Ni se puede soslayar la contaminación de ríos y mares que está afectando, entre otros muchos impactos humanos, nuestro ecosistema.

Pero también es egocéntrico pensar que si detenemos las emisiones de carbono detendremos el cambio climático, porque éste, de todos modos, ocurrirá en la dirección que la naturaleza lo dicte, y no necesariamente en la que nos convenga a nosotros.

Sin embargo tampoco esto implicaría que no hagamos nada al respecto.

En el capítulo 2 de su encíclica el Papa Francisco interpreta la Biblia en un nuevo contexto.

Hasta ahora nos hemos concebido como los «Reyes y Amos de la Creación», un rol en el que pensamos tener derecho a despojar, a nuestro antojo, las riquezas del mundo y las criaturas que Dios ha creado para nosotros.

Algunos pensarían que esto es como una licencia para explotar y abusar de nuestro planeta.

El papa Francisco, al contrario, nos propone una nueva lectura. El mandato bíblico fue el de «cultivar y cuidar el jardín del mundo», donde el verbo cuidar implica querer, proteger y preservar la naturaleza.

Habría entonces que adaptarnos a la Tierra, y no adaptarnos la Tierra a nosotros.

Es la misma visión de San Francisco de Asís, que hace casi mil años nos dio el ejemplo de cómo tratar a la naturaleza y sus criaturas.

Se trata de nuestro hermano el Sol, nuestra hermana Luna y nuestra hermana, la Madre Tierra.

Se trata de vivir en armonía con la naturaleza.

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