Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gasto Público, Gusto Privado
Eduardo García Gaspar
17 febrero 2015
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es como una obsesión. Como una fijación. androjo

Un remedio único, incontrolable y maniático.

Lo padecen los gobernantes, quienes son el clímax de esta urgencia compulsiva.

Lo expreso bien M. Thatcher hace tiempo:

Si gastar dinero como agua fuese la respuesta a los problemas del país, no tendríamos problemas ahora. Si alguna nación se ha dedicado a gastar, gastar y gastar otra vez, ésa es la nuestra.

El Reino Unido no es la excepción, es la regla. La forma de pensar es lineal y presupone que a mayor gasto público mayor bienestar. Conforme se eleve el gasto de gobierno, se razona, el país mejorará su estándar de vida.

Y la creencia en esta relación causa-efecto tiene consecuencias.

El mecanismo es simple. Un gobierno cualquiera no puede gastar más de lo que entra a su tesoro y eso que entra solamente puede venir de una fuente, los bolsillos de sus ciudadanos. Es decir, lo que el gobierno gasta es lo que las personas hubieran gastado. No hay nada más que una transferencia de dinero.

Sería igual a lo que sucede en una casa. Lo que un cónyuge gana otro lo gasta. El neto de gasto es igual en cualquier caso. Lo único que varía es eso a lo que el gasto se dirige, las cosas en las que se gasta.

El mecanismo sigue con otro paso. La manía de gastar es tan grande que lo recolectado del bolsillo de los ciudadanos no es suficiente y los gobiernos entonces obtienen fondos de otra fuente, los créditos. Piden prestado en cantidades asombrosas.

Eso eleva su gasto, pero es un pasivo que debe pagarse por el único medio posible que tiene un gobierno, impuestos futuros. Es decir, la deuda pública es igual a impuestos que pagarán otros por venir. Es igual a crear deuda para generaciones siguientes.

El mecanismo no para allí. La obsesión es adictiva y los gobiernos tienen otra manera de hacerse de dinero: crearlo de la nada. Lo que hacen es, por ejemplo, imprimir más billetes, lo que les da más para gastar. O pueden crear dinero haciendo depósitos bancarios ficticios.

Por supuesto, esa creación de dinero produce inflación: el dinero vale menos y eso se nota en su contrapartida, los productos valen más. Es al final de cuentas una forma de cobrar impuestos sin cambiar las leyes fiscales.

Resulta pues algo llamativo que existan personas que propongan elevación del gasto público. No me refiero a gobernantes, quienes lo hacen como monomaniáticos que son, sino a ciudadanos comunes que caen en el engaño.

Pero lo que bien vale una segunda opinión no es eso que acabo de describir, sino la mentalidad con la que se gasta el dinero que llega al gobierno. Tengamos sentido común para hacerlo.

Ese dinero llega a manos del gobierno por ley, obligatoriamente. No tuvo el gobernante que trabajar para ganarlo. Lo tiene porque puede usar la fuerza para cobrarlo.

Ahora piense usted en cómo gastará una persona común dinero que tiene en su bolsillo y que no le ha costado conseguir. Está en la misma naturaleza humana que hará con ese dinero dos cosas muy naturales.

Primero, tratará de gozarlo en todo lo posible. Un ejemplo clásico, los legisladores se decretan sus propios sueldos y prestaciones, como sucede en México. Contar con dinero ajeno en el bolsillo propio es tentador.

Es humano intentar darse gustos más allá de lo razonable, como un viaje a razón de más 2,000 dólares diarios.

Segundo, después de buscar darse sus gustos, los gobernantes que tienen en su presupuesto dinero ajeno, tenderán a financiar sus proyectos favoritos. Esos que les gustan y son sus consentidos. No necesariamente coinciden con lo que se necesita realmente, sino con los gustos personales.

Incluyendo, obviamente, la tentación real de usar los fondos para agradecer apoyos electorales. Un cierto subsidio aquí, una ayuda allá, para dar gracias y, también, para dar obtener lealtades futuras.

Tercero, lo más obvio, un gasto descuidado, ineficiente, que no se mide con rendimientos ni resultados. Esto es lo que hace que sin un programa no funciona, entonces se diga que la causa fue la falta de fondos.

Estas no son cosas ideológicas, son mero sentido común. Las personas nos comportamos de cierta manera cuando tenemos mucho dinero en la bolsa y ese dinero es de terceros que ha llegado a nuestra bolsa sin esfuerzo.

La lección es la natural: el dinero que gaste el gobierno debe ser el mínimo indispensable para ejercer funciones esenciales. No más que eso.

Post Scriptum

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