Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Haga su Propio Ron
Eduardo García Gaspar
7 enero 2015
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La situación tuvo su gracia. La gracia que crea la contradicción entre lo dicho y lo hecho. androjoÉramos varios en un bar. Conversábamos de trivialidades.

Con sorpresa salió un tema económico.

Usted sabe, eso de lo que todos podemos hablar pero que pocos han estudiado.

En fin, una de las personas sostuvo que el gobierno debía prohibir la competencia desleal. Concretamente debía prohibir importaciones de mercancías baratas del extranjero.

Eso era competencia desleal y lastimaba a productores nacionales de bienes similares. Nada que no se hubiera oído antes.

Algunos le dieron la razón. La mayoría no, sin embargo. Una parte de la conversación fue pintoresca. Uno de los asistentes le preguntó con qué dentista iba cuando le dolían una muela. No había una relación aparente entre el tema y la pregunta, lo que produjo un cierto silencio.

“Pues con mi dentista, por supuesto, el de toda la vida”, respondió. Ante lo que el otro dijo, pues esa es una competencia desleal y debería prohibirla el gobierno. Prohibirla porque el trabajo del dentista podía ser realizado por cualquiera de los que estábamos en la mesa, o bien por la esposa de ese hombre.

¨Pero ellos no son dentistas”, dijo. El otro respondió, pero pueden ahora abrir un consultorio y si no vas allí, es que prefieres el bien del extranjero y no el de tus amigos. Por eso, se justificaba que el gobierno le prohibiera ir con el dentista que él quiere.

Creo que el punto quedó claro en esa ocasión. Uno selecciona el bien que uno desea y el productor tiene que soportar esa libertad de selección del consumidor o del comprador. Pero hay más que todo eso, mucho más.

Piense usted en el ron que se tomaba en esa mesa. El tomarlo era una decisión personal que a veces favoreció a Bacardi y otras a Flor de Caña. En su fondo la elección de una u otra marca va mucho más allá del gustó personal. Hay otra decisión que suele pasarse por alto.

Ninguno de los asistentes había decidido producir el ron que él consumiría y eso es lo que suele olvidarse. Tampoco ninguno produjo los vasos, ni el mantel, ni los ceniceros, ni la mesa, ni las sillas. Esto muestra un principio muy olvidado, pero real.

Nadie produce un bien si le cuesta menos adquirirlo de otra fuente. Prefiero ir al supermercado y comprar salchichas que criar a los cerdos que después tengo que matar y convertir en salchichas. Si tuviera que hacerlo, no tendría tiempo para escribir estas cosas.

La decisión general de las personas es muy lógica, la de comprar en otras partes aquello que me resultaría más caro, menos conveniente, producir ellas mismas. En un ejemplo clásico, esto es lo que hace que el neurocirujano pague por el servicio de lavar su automóvil (aunque el cirujano sea el mejor lavador de coches).

Y no solo lo más barato, sino lo que a cada persona agrade y guste. Mi afición por Mozart me hace comprar grabaciones, considerando que es una imposibilidad el que yo toque una sinfonía. Creo que no debe haber problema en esto. Es fácil de entender y aceptar.

Vayamos ahora a otro plano, el de la prohibición de importaciones. Aquí también aplica el mismo principio. ¿Por qué hacer aquí lo que en otra parte hacen mejor y más barato? No tiene caso que se usen recursos propios para hacer lo que en otras partes hacen mejor y a menos precio.

Si se hace, eso sería un desperdicio de recursos propios. Recursos que podrían usarse para hacer otras cosas, mejores y más baratas, de las que hacen en otras partes. El resultado neto es fantástico: recursos limitados usados con más eficiencia.

Pero hay más. Si usted cierra las fronteras a los bienes del extranjero estará haciendo algo más que usar mal los recursos. Usted estará beneficiando a los fabricantes nacionales. Pero con la misma medida estará dañando a los consumidores del país, los que tendrán productos más caros y no tan buenos como los extranjeros.

Este fenómeno general me ayuda a hacer algo que bien vale una segunda opinión. Señalar que la economía no puede ser conducida con medidas simples que no consideran efectos colaterales.

Para una mente ingenua será recomendable, por ejemplo, pensar que puede industrializar al país con más velocidad si a las empresas nacionales les evita la competencia extranjera. Quedarse en esa idea y nada más que ella es un error cometido una y otra vez.

Post Scriptum

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