Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad, un Ardor
Eduardo García Gaspar
1 diciembre 2015
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es una pasión, una excitación. Algo que acalora y abrasa. Incluso una monomanía obsesiva.

Como un apetito enardecido que no acepta nada que no sea satisfacerlo. Uno de los rasgos de nuestros tiempos.

Me refiero al frenesí igualitario de la actualidad.

Expliquemos este ardor igualitario con sosiego, pensando fríamente. Todo comienza con una buena idea, la de que todos los humanos tenemos la misma dignidad. Valemos lo mismo. La idea, lo siento por algunos, es de origen cristiano.

Es el producto de la idea de que Dios nos creó a cada uno por igual a su imagen y semejanza. Una idea revolucionaria y que poco a poco llegó a su conclusión lógica más allá de lo religioso: en política tenemos todos el mismo valor, las mismas libertades. Una mala noticia para los monarcas que querían ejercer su poder sin limitaciones.

Si tenemos la misma dignidad en el plano espiritual frente a Dios, también lo tenemos en el plano terrenal frente a los gobernantes. La idea lleva a lo obvio: las libertades humanas no pueden ser atacadas por gobiernos. Tiene mucho sentido.

Se presenta además otra conclusión derivada de esa revolucionaria idea cristiana, las personas poseen  libertades y eso les otorga el derecho a elegir su gobierno. Incluso les da el derecho de cambiarlo, si no cumple con sus deberes. También tiene mucho sentido.

¿Cómo elegir al gobierno y luego cambiarlo? Las elecciones, los votos, fue la respuesta lógica. Un mecanismo crudo y rudimentario, pero práctico, que en un principio daba poder solo a unos pocos. Esos que podían votar, típicamente propietarios y hombres.

Ampliar al voto a otros grupos fue el paso siguiente y así se llega a un estado en el que cada persona mayor de edad puede votar y su voto vale lo mismo que el del otro. Una situación también burda y ruda, pero práctica.

Es así que la idea de la igualdad frente a Dios tuvo sus consecuencias a través de los siglos y en diversas etapas hasta llegar a una concepción que tiene sentido: somos iguales ante la ley humana (como ante la divina) y nuestro voto vale lo mismo. No importa quiénes seamos, esa igualdad humana es algo legítimo.

La historia, sin embargo, no es tan color de rosa. Ha presentado un riesgo desde hace un par de siglos o algo así. Lo apuntó un pensador muy perspicaz, Alexis de Tocqueville (1805-1859) en su libro La Democracia en América. Es el peligro de la igualdad desbordada, exagerada, vuelta pasión arrebatada.

Una especie de enamoramiento alocado que tiene el efecto de querer llevar a la igualdad a otros terrenos en los que su aplicación es cuestionable. El liberalismo, por ejemplo, sostiene y defiende la idea de la igualdad frente a la ley, así como la idea de votos de igual valor.

Pero la infatuación igualitaria ha desbordado esos límites y llevada a un plano más amplio, volviéndose un deseo de estandarización humana. La igualdad convertida en arrebato ambiciona todo tipo de igualdades: económicas, materiales, sexuales, culturales, sociales.

Es como un galimatías de igualdades en todo aspecto y sentido y que ha sido expresado de una manera preocupante: la desigualdad es el problema mayor que debe resolverse.

El cambio es notable y se manifiesta en el reclamo de que la pobreza no es tanto problema como la desigualdad.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión, el apuntar la realidad de una buena idea, la de igualdad humana, distorsionada y, mucho me temo, convertida en un reclamo que la izquierda adopta con gusto para justificar el crecimiento gubernamental.

En Ecuador, se ilustra muy bien:

«El mandatario de Ecuador, Rafael Correa, aseguró que la inequidad es el mayor pecado social de la región».

El problema, entonces, es uno de buen entendimiento de la igualdad. ¿En qué facetas la igualdad es positiva y en cuáles es negativa?

La igualdad frente a la ley, me parece, no tiene problemas (aunque algún marxista haya dicho que eso es «igualdad burguesa»). Pero buscar, por ejemplo, la igualdad material o económica ya entra en el terreno de lo cuestionable.

La búsqueda de la igualdad sin prudencia es más una política de estandarización humana sustentada en la envidia y que viola principios de justicia. Sus premisas son equivocadas y su implantación solo puede ser dictatorial. No entiende a la naturaleza humana.

Quizá el asunto pueda ser mejor comprendido aceptando que en el momento en el que la libertad se pierde por causa de la igualdad, ese es el momento en el que la igualdad es mal comprendida. La igualdad justifica a la libertad, no la ataca.

Post Scriptum

Piense usted en la posibilidad de una sociedad económicamente estandarizada: todos ganan lo mismo. La única forma de lograr esto es tener una autoridad que continuamente mantenga esa igualdad, reparando cualquier desigualdad que se presente. Este sería un régimen totalitario, sin libertades y sin igualdad. La autoridad responsable de igualar a todos, no podría ser igual al resto.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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