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La Bomba
Selección de ContraPeso.info
12 agosto 2015
Sección: CIENCIA, ETICA, Sección: Asuntos
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Ciencia, tecnología y su relación con la guerra, esa es la idea de Jorge Ramón Pedroza en esta columna.

«Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… catorce, quince… es imposible» Bob Caron, Artillero del Bombardero Enola Gay

No hay momento único más significativo de la historia del Siglo 20 que la bomba atómica de Hiroshima, que en este mes cumple su 70 aniversario.

Más de 70 mil personas murieron en un instante y cerca de 200 mil en total fallecerían como consecuencia de la explosión. Little Boy, como fue llamado el artefacto, significó la culminación de una larga historia de la aplicación del conocimiento al servicio de la destrucción.

Robert Oppenheimer, considerado el padre de la bomba atómica, encabezó entonces el Proyecto Manhattan, un esfuerzo titánico de cientos de científicos para construir antes que el enemigo esta terrible arma de destrucción masiva.

Cuando vieron las filmaciones del efecto de su bomba en Hiroshima, muchos terminaron asqueados y arrepentidos de lo que habían fabricado, incluyendo al mismo Oppenheimer, quien luchó el resto de su vida por el control del armamento nuclear.

Las bombas atómicas siguen siendo el instrumento máximo de destrucción. Son tan terribles que nadie más se ha atrevido a utilizarlas desde 1945.

Son la coronación del proceso de industrialización de la muerte que se aceleró desde la Primera Guerra Mundial. Antes las víctimas llegaban a miles, casi todos militares, ahora los muertos alcanzaban los millones, la mayoría civiles.

La aplicación de la ciencia al desarrollo de armamentos trae para el científico un dilema ético. ¿Debe poner su conocimiento al servicio de los militares?

Desde la antigüedad ha sucedido. Se dice que Arquímedes, descubridor del principio de la palanca, diseño un arma capaz de incendiar barcos de guerra con un juego de espejos solares. Leonardo Da Vinci se empleó como ingeniero militar al servicio del Duque de Milán. El mismo Einstein recomendó al Presidente Roosevelt desarrollar la bomba atómica.

El dilema tiene varios ángulos. Primero está la obligación que puede sentir un científico de defender a su país en tiempos de guerra.

Fritz Haber, premio Nobel de química de 1918, decía que en tiempos de paz un científico se debe al mundo, pero que en tiempos de guerra se debe a su nación. Bueno, el Dr. Haber desarrolló para Alemania gases venenosos que serían usados en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. Se dice que su esposa se suicidó cuando supo de ello, al igual que un hijo suyo.

Lo más trágico del asunto fue que Haber también ayudó a desarrollar el Zyclon A, un insecticida precursor del Zyclon B que los nazis usarían para exterminar judíos durante la Segunda Guerra en las cámaras de gases de los campos de concentración.

Lo irónico del asunto es que Haber mismo era judío. Después de la guerra algunos de sus colegas científicos le negaban el saludo.

Por otra parte hay que considerar lo que la guerra le da a la ciencia. La teoría atómica avanzó en meses lo que tardaría años en desarrollarse de no ser por la masiva inversión de los Estados Unidos en el Proyecto Manhattan.

Lo mismo se puede decir del desarrollo de la ciencia espacial gracias al desarrollo de los cohetes alemanes V2. Londres fue devastada pero luego fuimos a la luna en la misma tecnología.

Hoy, la robótica está avanzando a gran velocidad por el interés de los ejércitos en sus aplicaciones militares. Científicos como Stephen Hawking y empresarios como Steve Wozniak han firmado recientemente una carta instando al gobierno norteamericano a detener el desarrollo de armas autónomas, por ejemplo drones que cuentan con inteligencia artificial y que no requieren ya control humano.

Un robot no tendría consideraciones éticas a la hora de destruir un objetivo militar lleno de civiles, niños y mujeres.

Un escenario que nos acerca a llevar a la realidad la ficción de las películas de Terminator.

Así que volvemos al dilema original. Lo que la serpiente le ofreció a Eva fue la fruta del árbol del conocimiento y su aceptación causó la expulsión del Edén.

¿Seguiremos, a través del conocimiento, perdiendo el paraíso?

Nota del Editor

Si le interesa el tema, quizá también La Bomba y el Análisis, donde se plantea la decisión de usarla basada en la información disponible sobre efectos y secuencias.

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