Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Constante Imperfecta
Eduardo García Gaspar
19 mayo 2015
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es una suposición común. Una hipótesis frecuente. androjo

La usan demasiados y la mayoría, sin darse cuenta. Los ejemplos abundan.

Estos son algunos de ellos. Muestras del olvido de la imperfección humana, es decir, de la realidad de que jamás podremos tener sociedades perfectas.

Primero, uno muy obvio, el de La Prohibición. La hipótesis de que haciendo desaparecer a las bebidas alcohólicas las personas se volverían buenas.

La realidad es que no desapareció el mal, se mantuvo y tomó formas como la de las pandillas de criminales organizados financiados por el contrabando.

El ciudadano común se volvió un delincuente al seguir bebiendo en lugares clandestinos. El error es obvio, haber olvidado a la naturaleza humana y la posibilidad de hacer el mal.

Segundo, toda la serie de proyectos utópicos que proponen seriamente sociedades ideales. Su supuesto es la existencia de personas modificadas, que han cambiado su naturaleza totalmente y ahora son perfectos.

Esto se encuentra en las ideas marxistas, en las de Hitler. Su aplicación práctica puede apreciarse en los regímenes creados bajo esa idea.

Tercero, un ejemplo de mentalidad que un lector describió muy bien hace tiempo. Dijo que prefería el socialismo porque “en él, se supone que los gobernantes actúan exclusivamente motivados por el bienestar general, sin egoísmo ni intereses personales”.

La clave está en esa expresión, “se supone”, que describe muy bien la hipótesis a la que me refiero, la de que las personas pueden ser perfectas, incapaces de cometer actos malvados. La ingenuidad no puede ser mayor.

Cuarto, el caso del combate a las drogas, muy similar al de La Prohibición. Supone que es posible desaparecer a las drogas solamente creyendo que las personas aceptarán su desaparición. Supone que nadie las consumirá, que nadie las producirá.

Quinto, el caso de los criminales a quienes se considera no responsables de sus actos. Sus delitos, se piensa, no son su culpa personal. Son víctimas de sus circunstancias y deben pasar por tratamientos terapéuticos, no condenas penales, sin reconocer que son racionales.

A este género de ideas pertenecen quienes culpan a la pobreza del crimen y con seriedad proponen que dinamizando a la economía la criminalidad se terminará.

Creo que recordar esto bien merece una segunda opinión, incluso aunque ese hecho produzca cierta vergüenza por lo obvio que es. Pero, en nuestros días, recordar lo obvio es muy necesario. Demasiada televisión ha echado a perder neuronas.

El punto es central a toda propuesta política: las personas somos imperfectas y eso significa que cometemos actos reprobables. Esa es la regla general y es absoluta. No puede negarse. No puede ignorarse.

Creo que el punto es obvio. La imperfección humana es una constante e ignorarla tiene efectos desagradables. Pregunte a quien consideraba que Hugo Chávez era tan perfecto como para conducir a un país según su voluntad; a quien creía que sin oferta de alcohol la gente dejaría de beber.

G. K. Chesterton, con su ingenio habitual, hablaba de esto como el único dogma religioso que ha sido comprobado científicamente. Tenía razón.

La imperfección humana es un supuesto necesario del Cristianismo. Precisamente por ser imperfecta, por ser capaz de hacer el mal, es que la persona necesita a la religión. Ella le recordará en todo momento eso y tratará de evitar que lo haga.

El asunto tiene su faceta graciosa. Resulta que la religión, el Cristianismo al menos, es más realista que buena parte de los proyectos políticos. Hay en estos últimos buena dosis de inocencia y candidez cuando suponen que las personas se volverán incapaces de hacer el mal.

La diplomacia está en buena parte afectada por esa falta de realismo. Tome usted al pacifismo, por ejemplo, y verá lo idealista que resulta eso de renunciar al uso de la violencia. Siendo realistas se verá como una cosa de prudencia obvia el estar preparados para enfrentar la violencia de terceros.

Ése ha sido mi punto: somos imperfectos, capaces de hacer el mal, en demasiadas ocasiones a escalas terribles. Cualquier idea que ignore esto, cometerá un grave error.

Post Scriptum

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