Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Libertad Artificial
Eduardo García Gaspar
10 noviembre 2015
Sección: ETICA, LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Tiene que ver con la libertad. Con la manera en la que ella puede entenderse.

Una manera se refiere a decidir moralmente bajo ciertas normas naturales. Otra manera ya no es decidir moralmente de acuerdo con esas normas, sino modificar esas reglas.

Esto es algo que bien vale una segunda opinión. Es algo que explica la razón de buena cantidad de cosas que suceden en nuestros tiempos. Algo que puede ser mejor entendido con un ejemplo específico.

Piensen en una persona cualquiera que tiene frente a ella la decisión de cometer o no un fraude en la empresa en la que trabaja. Siendo libre, esta persona decide por sí misma si comete ese fraude o no.

Toma esa decisión bajo un criterio moral que ella acepta: cometer el fraude es reprobable. Y entonces la persona lo comete o no conociendo ese mandato.

Pero las cosas han cambiado. En nuestros tiempos es cada vez más frecuente que la libertad sea entendida como la posibilidad de cambiar las normas morales. En el caso de la persona que decide cometer o no un fraude, bajo la nueva modalidad, ella decide si la regla que prohíbe los fraudes es buena o es mala.

Entonces, la libertad natural se entiende como la decisión personal de respetar o no una norma establecida, como el respeto a la propiedad privada, es decir, no robar.

Pero bajo la nueva modalidad, la libertad es entendida como la decisión personal declarar o no, que robar es malo; con la posibilidad de decidir que robar es bueno.

Un autor lo ha expresado bien, “no la libertad para ser bueno, sino la libertad para determinar lo bueno”.

El cambio es radical. Se trata de una libertad artificial por medio de las que la persona se vuelve un juez último cuya sentencia decreta lo que es bueno y lo que es malo.

Esta libertad artificial toma usualmente la forma de un reto que cuestiona una norma cualquiera, preguntando quién es el que dice que no debe de hacerse tal o cual cosa. Todo usted del caso, por ejemplo, de la norma moral que considera buena a la fidelidad conyugal; considerando reprobable la infidelidad entre personas casadas.

En este caso, entonces, la libertad es interpretada artificialmente como un reto a la norma de la fidelidad conyugal, preguntando quién es el que dice que la infidelidad es moralmente mala.

En el sentido original, la libertad se entiende correctamente como la decisión personal de ser fiel con el cónyuge, cuando la persona puede ser infiel. La libertad artificial procede de otra manera preguntando quién es el que ha impuesto tal norma, reclamando para sí mismo la libertad de determinar que esa norma no existe.

No es sencillo ver el error que comete la libertad artificial. La equivocación está tan a plena luz que pasa desapercibida.

El error está en la forma de plantear el fundamento de las normas morales, cuando se cuestionan preguntando quién es el que ha impuesto la norma cuestionada. Esto significa que el problema de la moral se plantea como un asunto de lucha de poder, por lo que no resulta sorprendente que la libertad consista en reclamar para uno mismo el poder determinar las normas morales.

Si yo entiendo que el mandato de la fidelidad conyugal es una norma que algún desconocido trata de imponer con su poder sobre mí mismo, esa manera de entender a la moral me obliga a responder con el poder que yo siento tener. Es fácil entonces, concluir que mi libertad consiste en rebelarme en contra de la imposición del poder de otro.

El problema es que los mandatos morales no son el producto de la voluntad de otra persona con el poder suficiente para poder intentar imponerlos en los demás. Las normas morales, entendidas correctamente, son resultado lógico y razonable de la misma naturaleza humana que aspira a realizarse.

Esa posibilidad de realización humana solamente puede lograrse dentro del ambiente de libertad, en el que tenemos la posibilidad de hacer o no lo que esas reglas nos piden. Una de ellas, entre muchos otras, es la que considera que la fidelidad conyugal es un mandato congruente con la naturaleza del ser humano en una unión muy especial con otro.

La idea que he tratado de hacer explícita en esta columna es la del entendimiento artificial de la libertad en nuestros días, por la que reclamamos crear nosotros mismos las normas morales desatendiendo a nuestra propia naturaleza. Esta es una libertad que no nos pertenece, que no estamos capacitados para enfrentar.

La única libertad la podemos aspirar es la de aceptar que existen normas morales congruentes con nuestra naturaleza y que podemos decidir respetar o no.

Post Scriptum

La cita es de la obra de Budziszewski, J. What We Can’t Not Know: A Guide. Ignatius Press, 2011, de la que también tomé ideas para esta columna.

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