Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Pregunta Equivocada
Eduardo García Gaspar
27 abril 2015
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El tema es básico. Esencial y frecuente. androjo

Está en la raíz misma de las decisiones que tomamos. Las que nos hacen ir por un camino o por otro.

Una persona puede, por ejemplo, defraudar a su empresa y lo que sea que decida está afectado por creencias morales.

Creencias sobre lo debido y lo indebido. Nada nuevo en realidad. Lo interesante viene cuando se va a la raíz y se hace una pregunta, ¿quién es el que dice lo que está bien y lo que está mal?

Un ejemplo aclara las cosas. Una joven confiesa haber tenido relaciones con su novio. Ambos tienen 16 años. Lo confiesa a su madre y la madre le dice que eso está mal. La joven responde “¿y quién eres tú para decir lo que está bien o mal?”

En un caso frecuente, sucede que la Iglesia Católica, por ejemplo, reprueba el matrimonio homosexual. Ante esto, se exclama, “¿y quién es El Vaticano para decir lo que está permitido o no?”

En esos y otros casos similares, el asunto de definición de lo bueno y lo mal, se plantea desde la posición de la autoridad: una entidad o persona que dicta las reglas sobre lo permitido y lo prohibido.

Entonces, la discusión moral se convierte en un duelo de autoridades, de poder entre ellas.

La joven, pensando así, supone que su madre es la autoridad moral. Una especie de juez último que ella pone en tela de juicio. No le faltaría razón a la joven si su madre fuese en realidad la máxima autoridad moral. No lo es obviamente.

Lo que sucede es que las reglas morales, bajo esta perspectiva de autoridad, se creen que son el producto de una voluntad externa que actúa caprichosamente imponiendo su poder en los demás.

La moral, entonces, es entendida como un duelo de poder, una rebelión contra la autoridad. La joven contra la madre, la persona contra la religión, el estudiante contra el profesor. No es un mecanismo infrecuente este de entender las cosas como un duelo de poder.

Esta es la causa de la popularidad del verbo “imponer”. Demasiados parecen entender la vida como un escenario de conflictos en el que solamente hay duelos de poder para imponerse unos a otros.

Entender a la moral como otro terreno de conflicto de poderes tiene un cierto sabor a Nietzsche y su “voluntad de poder” como un sustituto moral. Es natural que si la moral se define como un asunto de autoridad, la moral no será nada más que el resultado de una imposición del más poderoso.

¿Es la moral un asunto de autoridad impuesta? No, realmente no. Ha sido entendido de otras maneras.

En mi limitado conocimiento, recuerdo la solución de Kant, como un asunto de razón y lógica, eso del deber frente a los derechos de los demás. O también, lo de Aristóteles basado en la naturaleza humana y lo que es congruente con ella, lo que lleva a Santo Tomás y a muchos otros.

Mi punto es claro. Lo moral no es un asunto neto de autoridad poderosa. Aunque en nuestros tiempos se haya convertido en eso, existen otros caminos. Uno de ellos, el del Catolicismo, ve en la Biblia y la tradición interpretativa, como el origen de la moral con reglas que la persona respeta o no por decisión propia. No hay imposición realmente.

A lo que me refiero es a algo que me he encontrado con demasiada frecuencia entre personas a las que se les comenta que existe el bien y el mal. Responden ellas con ese “¿quién eres tú para decir lo que está bien o mal?”

Es la pregunta equivocada.

Equivocada porque la persona que señalo que existe el bien y el mal puede estar acudiendo a la razón, la la lógica, a la prudencia, a los Diez Mandamientos, a otras cosas. Incluso puede acudir al Imperativo Categórico, eso de tener una conducta que coincida con los que debe ser una regla universal para la conducta de los demás.

No, los principios éticos, sus normas, no son un asunto de imposición de voluntades que presuponen ser autoridad con poder suficiente como para imponerlas. Y, sin embargo, al hacer esa pregunta equivocada, la moral ha llegado a ser comprendida de esa manera, lo que ha tenido una consecuencia muy indeseable.

Ha producido el intervencionismo moral, es decir, ha dado al gobierno la autoridad de definir a la moral. Todo por preguntar, a veces con una ingenuidad pueril, “¿y quién eres tú para decir lo que está bien o mal?”

La solución a esa pregunta solo puede venir en términos de poder. Quien tenga más poder será quien defina a la moral. Uno de los más graves problemas de nuestro tiempo, si no el mayor.

Post Scriptum

El error genérico al que me refiero es el del planteamiento erróneo del problema. Haciendo una pregunta mal formulada, las respuestas son también erróneas.

Preguntar “¿y quién eres tú para decir lo que está bien o mal?” lleva a respuestas basadas en la idea de imposición y nada más que imposición.

Si le gustó la columna, quizá también:

El Recurso de la Fuerza

Igual que en Tíbet

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras