Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Victoria de la Mediocridad
Eduardo García Gaspar
30 julio 2015
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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Es como reducir los requisitos del examen de admisión. Como bajar los estándares de calidad de las escuelas.

Como echarle agua a la leche para que rinda más. Como menguar las reglas del juego para hacerlo más fácil.

Me refiero a un fenómeno común, el de recortar los estándares mínimos esperados. deprimir la altura de los objetivos buscados. Rebajar el estándar de excelencia buscado.

Se ha convertido en la victoria de la mediocridad. Veamos esto más de cerca.

Es una situación ortodoxa y usual, la admisión a una universidad, por ejemplo, requiere superar ciertos requisitos de admisión, típicamente conocimientos e inteligencia. Sin cumplirlos no hay admisión. Eso crea una reacción compasiva equivocada.

Se compadece a la gente que no pasó la prueba y se les quiere ayudar. ¿La solución? Reducir los requisitos de admisión: aceptar gente menos inteligente, menos preparada.

Lo mismo sucede en los castigos a delincuentes. En la visión tradicional, ellos merecen ser castigados. Pero entra la compasión equivocada que ve a los criminales como víctimas y no como culpables. ¿La solución? Reducir castigos, aumentar tratamientos terapéuticos.

Más aún, personas que dejan de controlar sus apetitos sexuales. En la visión ortodoxa, se les haría pagar por su irresponsabilidad. ¿La solución? Ayudarles a ser irresponsables: darles condones, dar servicios de aborto, regalar anticonceptivos.

Esto es abandonar la idea del ideal que se persigue y que exige real esfuerzo. Y adoptar la idea de la medianía, donde lo mediocre ha pasado a ser la máxima meta posible y la más admirada.

Ser mediocre es ahora haber alcanzado el punto más alto posible de admiración. Es ambicionar ser como todos.

Adiós a la ambición de ser mejor, de reconocer un sentido humano que trasciende y que es eterno y que requiere tener control sobre los instintos y las pasiones, sobre los asuntos mundanos y materiales. La mera idea de la «vida examinada» de Sócrates puede ser causa de burla.

Tome usted la propuesta de matrimonios de personas del mismo sexo y verá que no es más que otra reducción de la ambición de ser mejor. «Si no cumples con los requisitos del matrimonio, no te preocupes, los vamos a reducir para que puedas casarte».

O bien, considere usted la costumbre de convertir todo acto libre, el que sea, en un derecho sin su correspondiente responsabilidad. La consecuencia es la creación de una mentalidad que exige sin tener siquiera idea de los que significa merecimiento.

Incluso, la obsesión igualitaria de nuestros días tiene un fuerte sabor a mediocridad. Convertir a todos en iguales olvida la tarea del esfuerzo personal para elevarse. Parece haber más satisfacción en bajar a los que han subido que subir a los que están abajo.

En medio de este ambiente que premia a la mediocridad, no sorprende el olvido de la religión. Nos pide ella cumplir con mandatos difíciles, sabiendo que no siempre lo lograremos, pero teniendo el remedio del arrepentimiento y poder volver a comenzar. Un camino, este, que odia la mediocridad. Si cuesta trabajo cumplirlos, es mejor ignorarlos.

La misma noción del esfuerzo, de la responsabilidad personal, de la ambición de metas altas, resulta odiosa. Hay más consuelo en nuestros días en el hacer caso a los sentimientos que en el pensar y razonar. Observe usted cómo los asuntos que podían resolverse pensando se solucionan ahora por medio de actos de presión política.

Otro síntoma de mediocridad es el refugio en la ciencia, cuando no se acepta nada que no sea posible medir, tocar, o ver. Lo intangible es desechado y todo trata de ser explicado con estudios científicos, incluso el amor y la inquietud religiosa.

Y, por supuesto, la victoria de la mediocridad es una derrota de la libertad. Ortega y Gasset lo expresó bien:

«Quien en nombre de la libertad renuncia a ser el que tiene que ser, ya se ha matado en vida: es un suicida en pie. Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad que podía ser».

La libertad no es ya necesaria cuando lo que se ambiciona es no ambicionar nada, sino ser parte del resto, sin diferencia ni particularidades.

«Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga — sine nobilitate —, snob», dice el mismo autor refiriéndose al hombre actual.

Solo he intentado, con demasiada brevedad, resaltar un punto que lo merece, la victoria de la mediocridad, uno de los rasgos de nuestros tiempos de demasiada televisión y poco seso.

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