Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Largo y Difícil Camino
Eduardo García Gaspar
14 octubre 2015
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La frase es obvia. Ha sido usada hasta el cansancio. «Los dos Méxicos» y sus variaciones tienen un uso frecuente.

Un número reciente de The Economist la usó de nuevo y con el mismo fin: encontrar contrastes y los encontró.

La tesis del artículo así titulado, «The Two Mexicos» tiene sentido.

Existe un contraste entre la gran base industrial mexicana y el retraso económico de muchas zonas. Existe contraste entre el buen manejo macroeconómico y la escasa implantación de reformas.

De esos y otros contrastes, la columna deriva lecciones que también tienen sentido: la necesidad de urbanizar, la necesidad de tener infraestructura y la necesidad de formalizar la economía. Nada que no sepamos con anterioridad, pero que resulta útil recordar.

Me imagino, en primer lugar, que esa idea de dos Méxicos, sea escasamente algo exclusivo del país (por más que el nacionalismo mexicano haya explotado por décadas la idea de tierra de contrastes). Podría aplicarse a otros países. Seguramente pueda aplicarse a Italia, por ejemplo. Incluso a Inglaterra, a Argentina y demás.

No hay mucho de original en usar la idea de contrastes, incluso aunque sirva para recordar lo que resulta conocido: necesitamos formalizar a la economía, por ejemplo; o bien, necesitamos tener más ciudades medias y menos campo (con gente desperdigada en lugares aislados donde la pobreza es inevitable).

Pero la columna da una pista sutil acerca del origen de esos contrastes y esas necesidades. Al igual que las lecciones aprendidas del pasado mexicano y la propuesta de unir capital al talento, muestran algo poco observado: las causas de la falta de desarrollo son internas a todo país. O, del otro lado, las causas de la pobreza tienen en su gran mayoría un origen interno nacional. No pueden los países pobres echar la culpa de toda su pobrez a otros.

Listas aceptables de las cosas que deben hacerse para prosperar han sido publicadas, por ejemplo, el Consenso de Washington; o también, las diez acciones para impulsar productividad. La historia reciente de América Latina, por ejemplo, ha generado lecciones dignas de considerarse.

La columna de The Economist sobre los dos Méxicos termina con buena dosis de realismo:

«Incluso el más audaz reformador no podría resolver con rapidez estos problemas… el camino a la prosperidad es difícil y largo… la perseverancia eventualmente trae recompensas».

En otras palabras, cuidado con la urgencia impaciente que a tantos infesta localmente. Queriendo ver resultados inmediatos no hacen más que elevar la probabilidad de implantar medidas opuestas al desarrollo.

Vuelvo a mi tesis central: las causas de la falta de prosperidad son mayoritariamente internas y consisten en no aplicar consistentemente políticas y reformas correctas. La afirmación quedaría coja si no se estableciera las causas de esa no implantación de políticas y reformas.

¿Qué es lo que provoca que, por ejemplo, en Cuba, en Venezuela, en Argentina, en México, no se lleve a la práctica todo eso que sabemos con muy pocas dudas que produce prosperidad a la larga?

Queda en usted responder esa pregunta, con la advertencia de que no puede ser simple la respuesta. Si la falta de prosperidad es interna y si se tiene un conocimiento razonable de lo que puede producirla, resulta en extremo útil saber las causas por las que no se hace.

Un amigo tiene una respuesta original: «Porque todos creen saber de Economía más que el resto, aunque de ella tengan conocimientos de dosis homeopáticas». Tiene su punto, pero no puede ser todo. Debe haber más.

Otro amigo apunta a causas culturales que condicionan a la manera de pensar a «encerrarse dentro de la caja del intervencionismo estatal». Otro buen punto, seguramente de mayor importancia.

Podríamos incluso apuntar otra causa, la del modus vivendi que para muchos ofrece el mantenimiento de política contrarias al desarrollo, como el proteccionismo y las prácticas del clientelismo.

En fin, la columna sobre los dos Méxicos de The Economist tiene mucho sentido, no tanto en sus partes claras y explícitas, sino en lo que ellas suponen: al final de cuentas, el camino a la prosperidad es largo y difícil.

Post Scriptum

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