Una idea de Gregory Jensen sobre los límites morales de la Psicología. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es The Moral Limits of Psychology.

.

Psicología: sus límites morales

El papel de la virtud

Los defensores del libre mercado insisten en que la virtud es esencial para una economía justa y floreciente.

Si la moralidad es relevante para la Economía, lo es igualmente para otros campos de la ciencia social, todos los que tienen como objeto de investigación a la persona humana.

La indiferencia frente a la dimensión moral distorsiona el estudio de la acción humana en la Economía; también deforma a la disciplina que llega detrás de la acción, hasta la mente humana: la Psicología.

Los hallazgos empíricos y las técnicas prácticas de la Psicología pueden ayudar al florecimiento tanto de las personas como de las comunidades cuando están construidas sobre sólidos cimientos antropológicos y guiados igualmente por una sólida moral claramente de acuerdo con las metas propias de la vida humana.

Indiferencia moral

Desafortunadamente, como argumenta Theodore Dalrymple en su más reciente libro Admirable Evasions: How Psychology Undermines Morality, la Psicología contemporánea no solamente ha sido hostil a la moral tradicional, también ha sido indiferente y ha puesto de lado al gran contexto de la civilización occidental dentro de la que surgió.

La Psicología contemporánea, de acuerdo con Dalrymple, «no es un instrumento para la comprensión propia sino una barrera cultural de la comprensión que podríamos alcanzar».

Funcionando dentro de sus propios límites, la Psicología puede ser útil. Sin embargo, con demasiada frecuencia apelamos a la Psicología pidiendo ayuda sin un entendimiento correcto de los límites empíricos y morales de la disciplina.

Una ciencia social

Como todas las ciencias sociales, los descubrimientos de la Psicología están expresados en probabilidades que son estrechamente definidas por el investigador.

En otras palabras, dado un número específico de variables (que ignoran a otras por causa de la investigación), en cierto porcentaje de casos esto o lo otro es probablemente cierto. Como todas las ciencias, la Psicología conoce lo general pero lo hace a expensas de lo particular sobre lo que solo conoce probabilidades.

La observación de Dalrymple sobre la Psicología conductual es verdad también de la disciplina entera (y como Hayek nos recuerda, también de la Economía): «lo que comenzó como una metodología se convirtió en ontología [el estudio de la naturaleza del ser]».

Un crítico cultural

En lugar de situarse ella misma modestamente dentro del más amplio contexto de la tradición intelectual occidental, la Psicología se colocó a sí misma como un crítico de la cultura.

Esto no se limita a los aspectos deformados de la cultura y a la conducta personal que hayan sido la preocupación de los críticos desde Sócrates y los profetas del Antiguo Testamento. Como el complejo de Edipo de Freud, los psicólogos y la psicología han buscado cada vez más socavar a la cultura misma.

Y así, dice Dalrymple, «el efecto general del pensamiento psicológico en la cultura y la sociedad humanas… ha sido abrumadoramente negativo».

¿Por qué? Porque, dice él,

«da la impresión falsa de un gran aumento de la autocomprensión humana donde nada ha sido logrado, alienta a la evasión de la responsabilidad al convertir a los sujetos en objetos donde supuestamente considera o se interesa ella misma en la experiencia subjetiva y hace superficial al carácter humano porque desalienta el autoexamen y el autoconocimiento genuinos».

Desanclada de la tradición Cristiana Occidental por canónica, la Psicología contemporánea «es al final sentimental y promueve la más burda autocompasión porque hace a todos (aparte de los chivos expiatorios) víctimas de su propio comportamiento».

A pesar de eso, «usada moderadamente y con discreción» la Psicología puede «ser muy útil para individuos cuidadosamente seleccionados». Aunque sea estrictamente definida, no debemos minimizar ni rechazar los descubrimientos reales y los beneficios de la psicología.

Los límites morales de la Psicología

Dicho eso, Dalrymple advierte que debemos estar conscientes de «la naturaleza de engrandecimiento propio de la mayor parte de los profesionales del «cuidado que argumentan tener competencia y soberanía sobre asuntos que están más allá del alcance de la solución o del entendimiento técnicos, socavando todo resto de modestia, realismo, o juicio que de otra forma pudieran ellos aún tener».

El florecimiento humano nunca es un asunto técnico, sino que requiere de la «consideración de la dimensión trágica».

Sin esto «todo es superficialidad; y quienes carecen de ella están destinados a una vida que es desagradable y brutal si no necesariamente corta».

Para mí es una pregunta aún sin contestar si, como concluye Dalrymple, «es la vocación de la Psicología el negar y esconder» todo esto «de la vista con un fino barniz científico».

Dicho esto, el autor argumenta convincentemente la afirmación de que la Psicología «es una versión laica y ligera de la redención cristiana con el Hombre colocando en el lugar de Dios».

Y solo unas cosas más para el curioso…

En Homosexualismo se hizo un análisis sobre los límites morales de la Psicología: una sexóloga entrando a terrenos ajenos a su disciplina y convertida en crítica cultural.

Debe verse:

¿Qué son guerras culturales? Definición

Otras ideas relacionadas:

.

El estado actual de la civilización occidental es la idea que explora de Samuel Gregg. El título original de la columna es «Fear and Loathing Stalk the West».

Temor y Odio en Occidente

Las civilizaciones van y vienen. Mientras que algunas de ellas son capaces de renovarse interiormente, no existe garantía alguna de que cualquiera de ellas se mantenga a sí misma durante largos periodos de tiempo.

Hoy seguimos admirando los logros de Grecia y de Roma. Sin embargo, como culturas vivas claras, ellas han estado muertas durante siglos.

Muchos de nosotros piensan en el fracaso de una civilización en términos de la incapacidad de la sociedad para soportar encuentros externos repentinos.

El mundo Azteca de adoración del sol y sacrificios de esclavos, por ejemplo, rápidamente se desmoronó ante Hernán Cortés, un puñado de conquistadores españoles y sus aliados nativos, y, quizá por encima de todo, ante las enfermedades europeas.

Dada la violencia suficiente, la tecnología superior y la voluntad de usarlas, una cultura entera puede ser seriamente de desestabilizada, si no es que desaparecida.

Aunque desde la obra de varios volúmenes de Edward Gibbon, La Decadencia y Caída Del Imperio Romano, ha sido imposible subestimar el papel de las vicisitudes internas que facilitan la degeneración de la civilización.

Decadencia

Sospecho que más de una persona se ha estado preguntando últimamente acerca de este asunto de la decadencia de la civilización en relación con Occidente.

Tanto si se trata de las actividades diabólicas de Planned Parenthood, la capitulación de facto de EEUU ante Irán, del fracaso de los gobiernos occidentales para erradicar el cáncer que es el EI, o la misma renuencia de los gobiernos para reformar sus sistemas disfuncionales de bienestar, es cada vez más difícil negar que algo más profundo está seriamente equivocado.

Con frecuencia entendemos a esos cambios subterráneos como problemas institucionales. El deterioro visible del estado de derecho en los EEUU y en Europa Occidental, es un ejemplo.

Pero mientras estos asuntos importan, puede argumentarse que fuerzas más primordiales están operando. En el caso de Occidente, la primera puede ser resumida en una sola palabra: miedo.

Miedo

El miedo que en la actualidad acosa a Occidente se manifiesta de muy diversas formas.

Muchos sondeos de opinión subrayan, por ejemplo, que los estadounidenses están preocupados de que sus hijos no disfrutarán de los mismos estándares de vida que ellos tienen.

Muchos europeos están preocupados por las minorías musulmanas que viven en su seno y la angustia de que algunos de esos musulmanes abracen la vía yihadista.

El miedo hace que las personas se comporten de maneras extrañas. Persuade a algunos a aplaudir las ofertas populistas de Donald Trump. Otros entran en la negación, repitiendo como si fuera una mantra, que todas las culturas son igualmente valiosas y que no hay causa alguna para preocuparse.

Pero si hay algo que pueda ser rescatado de las sociedades creadas por el marxismo, el nacional socialismo, el maoísmo o el yihadismo oslámico, eso no lo tengo claro.

Sin embargo, otros responden a la intranquilidad reinante insistiendo en que la respuesta adecuada es más de lo mismo. Esto fue mostrado en pantalla completa durante un reciente discurso del presidente de la comisión europea, Jean-Claude Juncker.

Después de reconocer la ineptitud de la UE ante los graves retos internos y externos, Juncker insistió en que la solución era «más Europa» (frase que significa más intervención de arriba hacia abajo de la clase política europea que no rinde cuentas y de las aún más irresponsables burocracias) y «solidaridad» (la que, prácticamente, equivale a la misma cosa en las mentes de la mayoría de los políticos europeos).

Y, sí, el miedo causa que las personas identifiquen a grupos particulares como si de alguna manera ellos fueran responsables de los problemas del resto.

El renacido antisemitismo que crece contaminando cada vez más a muchas sociedades europeas es quizá el ejemplo más visible de esto. Como recientemente observó Walter Russell Mead, «las naciones donde los judíos están incómodos son lugares en los que otras cosas que suceden están mal».

Estrechamente asociado con el papel del miedo en la corrosión de Occidente está el problema del autodesprecio. Es apenas un secreto que muchos profesores contemporáneos de las universidades de Occidente han estado inculcando en los estudiantes durante varias generaciones opiniones más bien negativas de la cultura occidental.

Ejemplos destacados incluyen la calificación informal de los Padres Fundadores de EEUU como hombres blancos propietarios de esclavos, y la insistencia de que profundos éxitos institucionales como el constitucionalismo son «conceptos burgueses» que meramente legitimizan injusticias sistemáticas.

Hay también esfuerzos para «desoccidentalizar» los programas educativos. Un intento reciente (fallido) fue el de Najat Vallaud-Belkacem, ministra socialista de educación en Francia, para desalentar a los estudiantes de secundaria a aprender latín, griego antiguo, o alemán, al mismo tiempo que los forzaba a estudiar historia islámica.

Occidente

Toda sociedad necesita criticarse a sí misma si es que quiere confesar graves males y evitar repetir errores. Para Occidente, la esclavitud (difícilmente un fenómeno exclusivamente occidental) es un ejemplo claro.

Reconocer estos hechos, sin embargo, es diferente a denigrar a la civilización occidental como una larga historia de opresión.

No hay tampoco alguna buena razón para ignorar activamente los logros históricos de Occidente.

Estos van desde el antes mencionado estado de derecho hasta el desarrollo de la más grande máquina de la historia para reducir a la pobreza (conocida de otra forma como economía de mercado), la música de Mozart, la mejora del método científico y las tecnologías que han erradicado enfermedades que alguna vez limitaban el tiempo de vida hasta los 30 años.

Decir que esos logros ocurrieron en el Occidente es simplemente la verdad. No equivale a menospreciar a otras sociedades.

La antipatía hacia una cultura por parte de sus beneficiarios directos, sin embargo, no sucede sin causa. Está invariablemente alimentada por la duda propia. En el caso de Occidente, esto concierne particularmente a dos factores que decisivamente dan forma a su propia existencia. El primero de ellos se refiere a la religión.

El Cristianismo es la fe a la que la mayoría de los occidentales se adhieren (al menos nominalmente). Y mientras que su historia contiene muchos episodios vergonzosos, el Cristianismo también ejerció una decisiva influencia en occidente al sintetizar la sabiduría judía, la ley romana y la filosofía griega.

Desafortunadamente en nuestros tiempos, la mayoría de los altos dirigentes cristianos parecen renuentes a hablar acerca de las contribuciones judeo-cristianas a la civilización occidental, excepto en los términos más vagos.

Dejando de lado el sentimentalismo que inevitablemente fluye de su habitual separación entre compasión y razón, muchos de esos líderes religiosos aparecen como muy ansiosos de abordar tópicos de los que no tienen conocimiento particular en cuanto a ser líderes religiosos. Quizá esto se deriva del deseo de ser «pertinentes».

Pero cuando el deseo de ser pertinente o ser un «jugador» en Bruselas o en Washington, hace que estos líderes religiosos sean reticentes a hablar de las enseñanzas básicas de su fe (o aparentemente avergonzados de ellas), esto es a menudo sintomático de una ambigüedad interna acerca de si ellos creen que la fe es verdadera.

Relacionada con esto se encuentra la duda manifiesta en todo Occidente sobre el valor de la segunda mayor influencia en su desarrollo, es decir, el siglo XVII y el siglo XVIII, más generalmente la Ilustración y la modernidad.

Usted puede encontrar amplios sentimientos antimodernos en todo el espectro político actual. Oscilan desde el tipo radical tradicionalista que siente nostalgia por los gremios y las pequeñas aldeas, hasta los mucho más numerosos activistas ambientalistas que proclaman un apocalipsis inminente.

Lo que esos grupos dispares comparten con frecuencia es una visión un tanto romántica del mundo Occidental premoderno y una consecuente predisposición a olvidar —o a no importarles— que, a pesar de todas sus ventajas indudables, la vida de millones de personas en las sociedades premodernas era, citando a Hobbes, «pobre, desagradable, brutal y corta».

No todo lo que fluyó desde las diferentes ilustraciones fue dulzura y luz. Su tendencia a fomentar la hiperespecialización en la consecución del conocimiento, por ejemplo, ayuda a explicar el porqué muchos economistas contemporáneos aparentemente poseen el conocimiento de un estudiante de primer año de filosofía, mientras que algunos filósofos parecen ignorar los más básicos descubrimientos de Adam Smith.

De igual manera, la reducción de todas las formas de racionalidad a la razón empírica es sólo una instancia de philosophes tomando a una herramienta poderosa y cometiendo el serio error de volverla absoluta.

Pero ni las exageraciones de Prometeo de las posibilidades abiertas por la tecnología moderna y la creatividad económica, ni las tendencias tecno-utópicas para invertir todas las esperanzas propias en esas cosas, son razones para ser irreverentes acerca de los auténticos beneficios morales y materiales a través de la modernidad.

Por supuesto, es bastante posible que las sociedades sean materialmente prósperas pero culturalmente se encuentren a la deriva. Y ese es precisamente el lugar en donde se encuentra Occidente.

Económicamente hablando, está en una buena posición. Sin embargo, Occidente rara vez ha parecido más inseguro de sí mismo y del valor de su patrimonio.

Pero cuando el historiador Arnold Toynbee observó que «las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato», no sólo quiso decir que las más serias amenazas vienen desde dentro. Su punto más profundo fue que la redención de una civilización es por mucho una cuestión de voluntad.

Sobre esa siempre vacilante voluntad, parece, descansa hoy el destino de largo plazo de Occidente.