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Los Perversos Mercados
Selección de ContraPeso.info
5 noviembre 2015
Sección: ECONOMIA, Sección: Análisis, Y MATERIAL ACADEMICO
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La maldad de mercados injustos es la idea que presenta Tomás Alfaro Drake. Agradecemos a Arcol.org el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Sobre los “perversos” mercados y la “malvada” especulación financiera. Aquí se reproducen partes de la columna original.

 

Oigo hasta la saciedad expresiones del estilo de «la lógica perversa de los mercados», «los ciegos mercados que deshumanizan la sociedad» o «el mercantilismo que todo lo reduce a mercancía».

A menudo se une en estas expresiones la especulación financiera al funcionamiento de los mercados como origen de los males de la humanidad. […]

Y sí, estoy saciado de palabrería absurda, repetida mecánicamente y generalmente basada en la ignorancia, de cantinelas que han llegado a convertirse en lugares comúnmente aceptados, casi en consignas creadas ad hoc por ideologías que quieren acabar con el progreso económico. Me propongo en estas líneas desmontar esta papanatería.

Para ello, tengo que empezar por el principio, es decir, por explicar de forma sencilla algo tan elemental como qué son los mercados, cómo funcionan y por qué son absolutamente necesarios, casi tanto como el aire que respiramos.

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Tomemos una mercancía cualquiera, televisores, por ejemplo. Muy pocas empresas podrían ganar dinero vendiendo un televisor a 10€, pero hasta la más ineficiente podría ganarlo vendiéndolos a 100.000€.

Entre esos dos extremos se puede establecer el número de empresas que serían capaces de venderlo por menos de 11€, 12€,… 100€, 101€,… 99.999€ y… ¡100.000€!

Es obvio que este número iría creciendo con el precio. Pero es igualmente obvio que absolutamente nadie compraría una televisión por cien mil Euros y, en cambio, por 10€ es posible que cada español tuviese tres o cuatro televisores.

Si alguien, por los motivos que sean, pusiese a ojo el precio de los televisores en, digamos 50.000€, me caben pocas dudas de que habría un montón de empresas que se lanzarían a la fabricación de televisores, pero muy poca gente compraría un televisor a ese precio.

El resultado sería que los almacenes de los fabricantes se llenarían de televisores durante unos meses. Pero, claro, pasados esos meses, casi todos los fabricantes de televisores quebrarían por falta de ventas y sus stocks terminarían en la basura, porque los seres humanos, salvo alguna extraña excepción, damos a los televisores un valor mucho menor de 50.000€.

Si, por el contrario, ese alguien decidiese fijar el precio en 30€, muchísima gente querría comprar un televisor a ese precio, porque le dan un valor mayor, pero muy pocas empresas podrían fabricarlo. El resultado sería que no habría televisores en el mercado.

Sin embargo, tampoco me caben muchas dudas de que:

1º aparecería un mercado negro de televisores con un precio más alto, no ya de los 30€ fijados, sino mayor del que sería razonable para un televisor y

2º que en ese mercado negro comprarían los que tuviesen más dinero pero, sobre todo, más influencias.

Es posible que ese genio fijador de precios, tras sesudos razonamientos fijase un precio de, digamos, 348€ y que, a ese precio, el número de televisores que la gente estuviera dispuesta a comprar fuese exactamente igual al que las empresas estuviesen dispuestas a fabricar, sin que sobrase ni faltase ninguno.

Pues esto es exactamente lo que hace el mercado. Si el precio es alto, muchas empresas querrán fabricarlos, pero al sobrar televisores, para poder vender, bajarían el precio, lo que atraería a nuevos interesados en comprar televisores y eliminaría a las empresas que no pudiesen venderlo con beneficio a este nuevo precio.

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Es evidente que si en un momento puntual, mucha gente quiere al mismo tiempo el mismo producto, el besugo en Navidad, por ejemplo, y la cantidad de besugos que las empresas pueden obtener en ese momento no puede crecer en la misma proporción, los precios subirán.

Pero esto no se produce por la codicia de los comerciantes, sino porque si no fuese así habría larguísimas colas en las pescaderías para obtener los pocos besugos disponibles y, al final, mucha gente se quedaría “a dos velas”.

Si alguien decretase que el precio del besugo no subiese en Navidad, aparecería, otra vez, un mercado negro y, también otra vez, serían los más ricos o los que tienen más influencia los que conseguirían los escasos besugos.

Por supuesto, un gobierno podría sancionar a los que operasen en el mercado negro pero eso, lejos de eliminarlo, haría que el precio en ese mercado fuese aún mayor. Un loable intento de que el besugo no subiese de precio en Navidad se convertiría en un problema.

Así visto, el precio es como una señal de tráfico electrónica que nos dijese a qué velocidad debemos ir en función del atasco que haya en la autopista delante de donde nos encontramos.

Los precios son señales que indican al tejido productivo qué tiene que producir y en qué cantidades en función del valor que la gente da a lo que quiere. Esta es, tras la de fijar los precios, la segunda función de los mercados.

Es importante ver que el motor que pone en marcha todo es el valor que cada persona atribuye a las cosas. Y digo el valor, no el precio.

El mercado es un mecanismo que, en primer lugar, transforma en precio el valor que las personas atribuyen a las cosas y, a través de esas señales, indica a los agentes económicos que deben y no deben producir.

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Quisiera resaltar un aspecto importante del funcionamiento de los mercados que no es tan obvio como lo contado hasta aquí.

Incluso en Navidad, con el precio del besugo caro en un mercado libre, habría millones de personas que atribuirían al hecho de tener besugo ese día un valor muy superior a ese precio.

Estarían dispuestos a comprarlo al doble o al triple. El precio de mercado libre es el más bajo al que podrían venderse todos los besugos disponibles. Por tanto, todas esas personas que compran el besugo, lo están comprando más barato del valor que le atribuyen. […]

Esa diferencia entre el valor y el precio se llama creación de riqueza o, si se prefiere, de bienestar.

Todos los días, sin darnos cuenta, compramos cosas por las que estaríamos dispuestos a pagar mucho más, dado el valor que les atribuimos. Es decir, sacamos mayor valor a nuestro dinero, tengamos poco o mucho.

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Hasta aquí, todo es muy sencillo. Hemos tomado un único producto y hemos visto cómo el mercado establece su precio. Tal vez una mente maravillosa pudiese poner, tras sesudos estudios, el precio adecuado para que ni sobre ni falten televisores o besugos.

Pero sucede que hay millones y millones de productos a los que hay que fijar precio en cada instante.

Jerseys, telares, acero, sillas, algodón, pantallas de plasma, lana, ovejas, ordenadores, automóviles, tubos de rayos catódicos, barcos, motores, electricidad, etc., etc., etc., y, también, televisores y besugos.

Eso sin contar la interminable lista de servicios como telefonía, servicios bancarios, seguros, transporte, venta al por menor y otro largo etcétera.

Seguro que aburriría a las ovejas —a las que hay que poner precio— y haría subir el precio del papel y la tinta, si pretendiese hacer la lista exhaustiva de productos y servicios a los que es necesario poner precio en cada instante.

Pero, una vez hecha esa lista, habría que multiplicarla por un factor alto, porque cuando digo automóvil, detrás de este largo nombre hay una cantidad más larga todavía de niveles de potencia, capacidad de carga, número de puertas, volúmenes, extras como ABS o 4WD, etc.

Detrás del nombre de la rosa hay infinidad de rosas particulares (y, por cierto, a las rosas también habría que ponerles precio en función del valor que concedamos al amor que sentimos por aquellas personas a las que se lo queramos expresar con tan extraordinaria flor).

Además, por si esto fuera poco, todos los precios de los productos están entrelazados en una complejísima red de relaciones en la que, de forma más o menos directa o indirecta, todos los precios influyen en todos.

Si el precio de las ovejas sube o baja, influirá en el precio de la lana, que a su vez influirá en el de los jerseys. Y viceversa. El precio del acero influirá en el de los motores que, a su vez, influirá en el de los barcos que lo hará en el del besugo.

El precio de las ovejas, del acero, de los tubos de rayos catódicos o de las pantallas de plasma influirá en el de los automóviles, televisores u ordenadores.

Y, con esos precios, millones de personas deciden si prefieren comprarse un jersey en vez de besugo en Navidad, o un televisor, una moto, un ordenador y pintar su casa (que está hecha un asco) en vez de comprar un coche.

Y con estas decisiones, le están diciendo al sistema productivo si debe hacer más barcos, producir más acero, criar más ovejas o fabricar más pantallas de plasma.

Es decir, el mecanismo del mercado, además de transformar en precio el valor que la gente le da a las cosas, distribuye de una forma muy aceptable (por supuesto, no perfecta) el trabajo entre los agentes productivos.

Ciertamente, si el sistema decide producir menos acero y hacer más pantallas de plasma, cerrarán empresas siderúrgicas, creándose paro en ellas, pero aparecerán oportunidades en las empresas que hacen pantallas de plasma.

Si una mente benévola decidiese que hay que mantener a ultranza los puestos de trabajo en el sector siderúrgico, estaría manteniendo puestos de trabajo para hacer cosas que nadie quiere y evitando que se creen en aquellas cosas en las que la gente quiere.

Al final, con una buena voluntad admirable, estaría creando paro y pobreza. Reto ahora a las mentes más maravillosas tras los más sesudos estudios a que hagan todo esto mejor que la intrincada red de los mercados.

Ciertamente que los mercados pueden equivocarse y mandar señales erróneas, pero es fácil argumentar, y lo hago a continuación, que en la inmensísima mayoría de los casos, lo harán mejor que la mente más maravillosa.

En primer lugar está la flexibilidad de los mercados y la rapidez en la corrección de errores. Si un mercado se equivoca en la fijación del precio de un artículo ocurren tres cosas.

La primera que este error está circunscrito a un precio, mientras que el error de una mente sería sistémico y afectaría a una parte importante del sistema sino a todo.

La segunda, que el coste del error en el caso de los mercados, recaería sobre el que lo cometió mientras que la mente no tendría que soportar el coste de su error. Lo sufrirían otros.

La tercera que, debido a lo anterior, la mente jamás se daría cuenta de su error o, incluso si se diese cuenta, es muy posible que se empecinase en él, ya que éste no tendría coste para él. Pero si, por algún extraño motivo quisiese arreglarlo, la nueva solución sistémica sería, casi seguro, tan mala como la anterior.

En cambio los mercados, cada uno de ellos, se auto corrige. Y lo hace porque el primer interesado en sacar la pata de la trampa es el que la ha metido.

En segundo lugar —tal vez lo debería haber citado en primero— esa mente maravillosa no existe. Ni los mejores cerebros del mundo, ayudados por los más potentes ordenadores, podrían abarcar toda la red con sus complejísimas interrelaciones, que crecen exponencialmente, y marcar las pautas.

Sería como si en Nueva York se pretendiese que cada ciudadano mandase a un puesto central de control su plan de desplazamientos del día y éste intentase decir a cada uno el horario e itinerario exacto de cada desplazamiento, en vez de dejar que cada uno fuese por donde estimase mejor y a la hora que estimase mejor para lograr llevar a la práctica su plan diario. ¡Ah!, y una vez mandado el plan diario, ¡cuidadito con cambiarlo!

Pero, además, dentro del concepto de mente maravillosa, debería entrar el que el fin que persiguiese fuese el bien común.

Pero por muy inteligentes que fuesen esas mentes, no dejarían de ser seres humanos, con sus gustos personales, sus intereses particulares o políticos, sus egoísmos, sus mezquindades, etc., que perfectamente podrían llegar a la corrupción general.

Si no queda más remedio que, dada la naturaleza humana, haya corrupción, prefiero la corrupción aislada e individual, sujeta a la vigilancia de unas leyes severas que la castiguen, antes que la corrupción sistémica de quien marca las reglas del juego.

Todo esto ya ha pasado realmente en la historia —y sigue pasando— con los sistemas de economía planificada que, además de degenerar inevitablemente en dictaduras totalitarias con una clase política dominante y totalmente corrupta, ha llevado a la ruina a los países en los que estaba implantada y ha matado de hambre, literalmente, a millones de personas.

Solamente una mente infinitamente bondadosa y omnisciente podría hacer eso. Esa mente sería Dios. Pero resulta que Dios ha decidido dar juego a nuestra libertad y no ser un dictador, ni siquiera del bien.

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Pero podría pensarse que, sin llegar a una economía absolutamente planificada, podría ser factible que un Estado, que sin ser angélico no fuese demasiado corrupto, corrigiese los fallos o las injusticias que pudieran producirse en un sistema en el que la norma fuese la libertad de mercado.

Un liberalista a ultranza negaría rotundamente esta solución. Yo no soy un liberalista «avant la lettre» y, por tanto, no me niego de forma absoluta, radical y apriorística a la intervención puntual del Estado. Pero casi. Y ello por tres motivos.

El primero nos haría volver a los intereses propios. ¿Cómo podría asegurarse que en aquellos mercados en los que se interviniese se hiciese buscando el bien común en vez de intereses espurios, personales o políticos (electoralismo, clientelismo, etc)?

El segundo sería la ignorancia de quien interviene acerca de los efectos secundarios colaterales de su intervención, incluso si fuese bienintencionada.

Casi siempre, por no decir siempre, cuando alguien intenta resolver un problema creado por un determinado mercado, localizado y concreto, lo hace a costa de generar otro mayor, eso sí, anónimo, sin cara y ojos, ubicuo por todo el sistema y anónimo.

Los sistemas complejos son así. Los matemáticos han acuñado un término al que denominan el «efecto mariposa». Aplicado al clima viene a decir que el batir de las alas de una mariposa en el jardín de una casa de Londres puede hacer que tres años más tarde, el monzón se retrase y debilite en el sudeste asiático con terribles consecuencias.

Y aclaro que este ejemplo del «efecto mariposa» no es ninguna exageración. Forma parte de las características de un sistema complejo.

Ahora bien, los mercados son un sistema al menos tan complejo como el clima. Si aplicamos el «efecto mariposa» a la intervención en los mercados, obtendremos un efecto negativo generalizado que se traduce en ineficiencias también en la asignación de recursos que acaba repercutiendo negativa y ubicuamente en el bien común que se quería mejorar.

El tercero podía resumirse en el castizo refrán que dice que «en el comer y en el rascar, todo es empezar». Ya he dicho antes que, en general, una intervención en un determinado mercado arregla un problema a costa de empeorar otros. Esos nuevos problemas parece que piden nuevas intervenciones.

Si a esta espiral le añadimos el sentimiento de poder que genera el tener la potestad de intervenir en un mercado fijando precios, cuotas, incentivos o, lo que es peor, obligando a los agentes del mercado a que fabriquen lo que se les dice, entramos en una espiral de intervencionismo que se autoalimenta.

Más aún, si, como casi siempre ocurre, hay agentes del mercado que buscan beneficiarse precisamente de esas prebendas y no dudan en adular al poder que interviene para conseguirlas, inaugurando una perversa dinámica de favores ocultos.

Todo esto hace que, poco a poco, el intervencionismo teja una especie de tela de araña en la que cada vez es más difícil moverse, hasta que la flexibilidad del sistema de mercados queda aprisionada en ella. Y esto, en general, se traduce en ineficiencias que en vez de generar riqueza la destruyen, con su secuela de paro.

Así que, si bien, como he dicho antes, no soy un liberalista «avant la lettre», me acabo convirtiendo en un cuasi-liberalista «post scriptum» o, por lo menos, en alguien que mira con desconfianza cualquier intervención de los poderes públicos en los mercados, incluso si lo hiciesen con la mejor de las intenciones.

La causa primera y principal de la actual crisis fue que la intervención de los poderes públicos en la cantidad de dinero y, por tanto en su precio, mandó señales falsas que generaron brutales excesos de endeudamiento en empresas y particulares, con la aparición de las consiguientes burbujas y productos de inversión tóxicos.

Burbujas y productos que, naturalmente, la avaricia humana ayudó a inflar, pero que no hubieran existido —o lo hubieran hecho en mucha menor medida— sin esas falsas señales. También ha sido la intervención de los poderes públicos en los precios de la energía eléctrica lo que ha causado el problema del déficit de tarifa que asciende a más de 20.000 millones de €.

Nota del Editor

El autor de la columna es Tomás Alfaro Drake de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid, España). La columna completa puede ser leída aquí.

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