Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mal Gobierno, Una Costumbre
Eduardo García Gaspar
24 noviembre 2015
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


«México, donde cualquier rufián puede llegar al poder […]» Evelyn Waugh.

Se necesita un observador externo. Alguien con la mente fresca.

Alguien no acostumbrado a la realidad que otros toman como normal. Un ejemplo, el de un autor que hace ya décadas hizo una observación notable:

«[…] México está acostumbrado al mal gobierno. Quizás sea este el rasgo más desolador de todos. Desde la caída de Porfirio Díaz creció toda una generación que no ha conocido otra cosa que el saqueo, el soborno y la degeneración. No les parece inaudito saber de escándalos en las altas esferas; han crecido habituados a ver cómo todo marcha un poco menos bien año tras año. Carecen del aliciente para obrar que nace de la exasperación al ver algo mal empleado cuando antes estaba en orden. Los más perspicaces han llegado a la conclusión de que no hay remedio para sus males».

La cita es de Evelyn Waugh, Robo al Amparo de la Ley. Madrid (2008, Homo Legens). la edición original del libro es de 1939, al final del período presidencial de Lázaro Cárdenas .

El tema es irresistible, especialmente ese concepto de «acostumbrados al mal gobierno».

Sin duda, eso sucede en México aún hoy. El gobierno malo ha sido la regla y no parece haber tenido excepciones notables. Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982) lo ilustran con luces propias.

Otro autor, uno mexicano, J. M. Luis Mora, en 1830, hizo una observación similar, cien años antes de E. Waugh.

«[…] hasta hoy no se ha conseguido evitar la infracción de las leyes, que se ha hecho como de costumbre en todos o casi todos los funcionarios públicos que hemos tenido de la Independencia acá […]»

La palabra clave es «costumbre», la misma que usó Evelyn Waugh. ¿Mal gobierno como costumbre?

Sugiero que esa es la regla universal, la de gobiernos malos, aunque su bajo grado de calidad sea variable, lo que hace que un gobierno de calidad media pueda llegar a verse incluso como muy bueno.

El fenómeno, me parece, es universal y tiene una faceta curiosa en los sistemas democráticos.

Cuando, gracias a ellos, puede cambiarse de gobierno por medios pacíficos, sin recurrir a golpes de estado, la costumbre adquirida de vivir bajo un mal gobierno introduce un nuevo elemento en la mente del ciudadano: la esperanza.

Estando acostumbrados a la realidad continua de gobiernos malos, la posibilidad de elegir a otro sin que medie una revolución, se convierte naturalmente en una expectativa deseable. Si solo pudiera cambiarse de gobierno por medios violentos, las personas razonables seguramente verían esa posibilidad como una última solución en situaciones realmente extremas.

Pero, dentro de una democracia, el cambio de gobierno no tiene el costo extraordinario de una revolución y resulta natural que las personas conciban la esperanza de que sea elegido un gobierno mejor que el actual.

Después de todo, suponen que para eso son las elecciones democráticas, para elegir a un gobierno mejor que el anterior.

¿Lo logra? No necesariamente. Posiblemente sea un gobierno de más o menos el mismo nivel bajo de calidad que el anterior.

Incluso, podrá suceder con facilidad que un muy mal gobierno actual produzca un terreno fértil para un aún peor gobierno futuro (el caso de Obama y la probabilidad de una presidencia de Trump ilustran mi tesis).

La esperanza, me imagino, es lo que anima a las personas a votar creyendo que así podrá tenerse un gobierno mejor. Esto crea un ciclo de ilusión-desencanto: el candidato que ha hecho promesas imposibles para obtener votos tiene un desempeño que desilusiona y que alimenta la esperanza en las elecciones siguientes.

Volvámonos ahora analíticos y definamos «mal gobierno».

J. M. Luis Mora (1794-1850) nos ha provisto con una definición razonable, la de dos dimensiones: (1) capacidad o aptitud para ocupar el puesto de gobierno y (2) criminalidad por violar la ley (impunidad por falta de castigo).

En fin, lo que he querido apuntar es la probable existencia de una costumbre entre el electorado, la de una especie de resignación ante gobiernos malos; ante gobiernos de personas ineptas, criminales, o ambas.

En el caso de México, como estoy seguro en otras partes (viene a mi mente mucho de América Latina), esa costumbre es muy real.

Post Scriptum

La segunda cita es de Luis Mora, José María (1994). Obra Política, Vol 1, México. Instituto Mora, «Discurso sobre las variaciones constitucionales que puedan hacerse en orden a la responsabilidad de los funcionarios», p 270.

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