Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Naturaleza, Mercados, Creatividad
Selección de ContraPeso.info
8 junio 2015
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
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Sobre el cuidado ambiental, ContraPeso.info presenta una idea de Gregory Jensen. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El autor título original de la columna es Nature, Markets, and Human Creativity.

El patriarca ecuménico Bartolomé en su declaración de 2015 del Día Mundial del Agua hace una serie de afirmaciones que, mientras que están inspiradas en ideales moralmente buenos, son práctica y moralmente problemáticos. Entre ellas principalmente está su afirmación de «que los recursos ambientales son un regalo de Dios al mundo» y por eso «no pueden ser considerados ni explotados como propiedad privada».

Mientras que no de manera absoluta, la tradición moral cristiana ortodoxa no rechaza la noción de la propiedad privada. En realidad, la propiedad es valorada «como una forma socialmente reconocida de la relación de las personas con los productos de su trabajo y con los recursos naturales». Están incluidos aquí «los poderes básicos de un propietario» como «el derecho a poseerla y usarla, el derecho a controlarla y obtener ingresos, el derecho a disponer, alquilar, modificar o liquidar la propiedad».

En un nivel práctico, la preocupación de Bartolomé por la “sustentabilidad” refleja lo que George Will llama una idea «cuyas premisas son más presupuestas que demostradas» y que «como una doctrina de explicación social total, transforma todos los males y quejas en causas ambientalistas, disfrazadas con ciencia cómoda».

Convertida en política pública, la sustentabilidad da poderes «a los planeadores y racionadores gubernamentales para ahuyentar a la calamidad planetaria mientras administran activos» permitiéndoles «suplantar a los mercados en la asignación de riqueza y oportunidad».

No son estos defectos insignificantes. Aún así, está más allá de cualquier disputa moral seria la sustancia de la declaración del patriarca de que «cualquier abuso de los recursos de la tierra —y, sobretodo, del agua como una fuente y símbolo de la vida y la renovación— contradice nuestra obligación sagrada y social hacia otras personas especialmente aquellas que viven en la pobreza y en los márgenes de la sociedad».

Como sucede tantas veces en el caso de las declaraciones eclesiásticas sobre política pública, lo que queda sin examinar son los medios prácticos a través de los que buscamos lograr fines moralmente buenos.

El libro Free Market Environmentalism for the Next Generation, de Terry L. Anderson y Donald R. Leal, del Property and Environment Research Center (PERC) en Bozeman, Montana, puede ayudar a los cristianos ortodoxos y a “toda persona de buena voluntad” a reflexionar de una manera crítica y apreciativa sobre qué tan bien pueden ayudar o dañar las decisiones de política pública a nuestra búsqueda de metas éticas que nuestros líderes religiosos recomiendan.

Por ejemplo, el llamado del patriarca para «encontrar maneras de proteger el agua —ríos, lagos y océanos—de forma que las comunidades y las industrias no contaminen más dejando de ser consideradas responsables» es una preocupación central para Anderson y Leal. Como Bartolomé, ellos dicen que «la regulación del gobierno tiene el potencial para mejorar la calidad ambiental y el manejo de recursos».

Al mismo tiempo ellos son críticos del enfoque de “mandar y controlar” ya que él «requiere… que los planeadores centrales… con exactitud consideren todos los costos y beneficios y actúen para mejorar la eficiencia». Argumentan ellos que esto no es solamente «imposible» sobre bases antropológicas, sino que también ha sido demostrado empíricamente fallido. Este último argumento se presenta en los capítulos sobre administración, energía, derechos de agua y pesca.

Aunque conscientes de las limitaciones de una respuesta centralizada, Anderson y Leal sí dicen que «hasta el punto en el que… la redistribución pueda hacer lograda sin consecuencias [adversas], la redistribución es un enfoque razonable para la injusticia ambiental». Esto es especialmente cierto cuando, como ellos argumentan en el capítulo sobre derechos de agua, los derechos de propiedad «[no] puedan ser bien definidos y respetados». En estas circunstancias es poco probable que las fuerzas del mercado por sí mismas «puedan promover el uso eficiente del agua, su conservación y la asignación de agua escasa para usos de mayor valor» comoquiera que estos sean definidos.

Aún así, la preferencia de los autores es por «un ambientalismo de libre mercado» con claramente definidos y respetados «derechos de propiedad que obliguen a los propietarios a ser responsables de los costos y beneficios de sus acciones y faciliten las transacciones de mercado que crean ganancias comerciales que inducen a la eficiencia». Los derechos de propiedad son importantes porque mientras «algunas personas pueden actuar con un interés propio ilustrado… las buenas intenciones no son con frecuencia suficientes para producir buenos resultados».

En el corazón mismo de su argumento se encuentra el elegante paralelo que ellos establecen entre el carácter dinámico de ambos, el medio ambiente y el mercado. Frente a esto, «conectar el interés propio al manejo de los recursos por medio del establecimiento de derechos de propiedad privada sobre los recursos ambientales» es un elemento necesario del tipo de administración racional y responsable que Bartolomé reclama en su declaración del día del agua.

El paralelo que los autores han trazado en su libro entre «los dos, mercados y ecosistemas» como «sistemas de abajo hacia arriba que no pueden ser manejados de arriba hacia abajo», es muy prometedor para un enfoque de libre mercado para el medio ambiente y que es consonante con la tradición moral de la Iglesia Ortodoxa.

Los autores comienzan ofreciendo razones por las que debemos rechazar el presupuesto común a ambos, «ecologistas y economistas» de que el mundo es (o debe ser) «un sistema de equilibrio». Esos modelos «son analíticamente atractivos» pero son «inconsistentes con la manera en la que la naturaleza y los mercados funcionan en la realidad».

Nuestro «enfoque en las condiciones de equilibrio» nos lleva a «ignorar la dinámica de los procesos humanos y naturales que dan forma a los fenómenos del mercado y del ecosistema», escriben Anderson y Leal. Este último punto es importante no sólo para los ambientalistas y los economistas, sino también para el teólogo moral.

Las acciones «y los valores humanos ejercen una influencia significativa en los sistemas naturales». Esto significa que «los problemas ambientales no pueden ser resueltos simplemente separando a los sistemas naturales de la influencia humana; más bien, ellos son una inevitable parte de la vida».

Pero ninguno puede ser resuelto sobre bases meramente científicas o técnicas. Los asuntos ambientales son también problemas morales y en eso reflejan la virtud o el vicio del corazón humano.

Como otros y yo hemos argumentado, la tradición ortodoxa ascética ha jugado un papel de ayuda en la creación de respuestas justas imprudentes a cuestiones ambientales, basadas en mercado y en regulación. Sin embargo, si el ascetismo es más que una mera respuesta mecánica, la Iglesia necesita entender la naturaleza dinámica de ambos, del medio ambiente y del mercado como arenas de la creatividad humana.

Esto significa una respuesta evangélica más comprometida que considere seriamente la dimensión antropológica de los ecosistemas y los mercados, y los vea como arenas de combate espiritual y formación moral. El trabajo de Anderson y Leal puede ayudarnos a entender estas arenas.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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