Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Prosperidad y Felicidad
Leonardo Girondella Mora
18 mayo 2015
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Quizá el inicio de lo que ha sido calificado de paradoja, data de 1974 —con un artículo de separador.001Richard Easterlin titulado Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence.

El hallazgo central es simple: entre 1946 y 1970, los ingresos per cápita en los EEUU aumentaron importantemente; pero, al mismo tiempo, el nivel de felicidad no ha aumentado en la misma dirección ni en el mismo monto —incluso decreció en los años sesenta.

Además, se ha visto que comparando mediciones de felicidad en países con diversos niveles de ingresos, ellas no se asocian al nivel de desarrollo económico del país —puede existir un país de ingreso per cápita bajo y una felicidad medida mayor que la de uno con un ingreso mayor.

La paradoja, por tanto, consiste en el no encontrar una relación estrecha y clara entre riqueza o ingreso nacional, y felicidad de sus habitantes —cuando lo que se esperaría es que los países más ricos fuesen los más felices.

Una medición, de varias existentes, encontró que los países más felices del mundo son: Costa Rica, Vietnam, Colombia, Belice, El Salvador… En esta lista, Alemania está en el lugar 47.

Otra medición reporta a otros países como los más felices del mundo: Dinamarca, Noruega, Suiza, Holanda, Suecia, Canadá…

La paradoja puede, entonces, entenderse mejor separando sus elementos:

• La medición económica de crecimiento/decrecimiento del PIB y del ingreso per cápita —una medición estandarizada y poco o nada sujeta a estimaciones subjetivas.

• La medición de felicidad personal y su crecimiento/decrecimiento —una medición de apreciación subjetiva y con métodos variables.

• La suposición de que la medición económica de crecimiento/decrecimiento del PIB y del ingreso per cápita se moverá en el mismo sentido que las mediciones de felicidad.

• El hallazgo de que esas dos mediciones no se mueven en la misma dirección va contra la suposición mencionada antes y se dice que eso es una paradoja.

¿Lo es? Realmente no —y mucho menos concluir, como se ha hecho, que crecer económicamente, elevar el ingreso per cápita, puede ser puesto de lado en las políticas gubernamentales para concentrar a los gobiernos en acciones que eleven la felicidad.

La paradoja no puede existir porque ella nace de una expectativa falsa: la medición de felicidad no puede compararse con la medición de crecimiento —son dos cosas muy distintas.

La medición económica de crecimiento, sea PIB o ingreso per cápita, se basa en realidades de producción, mientras que la medición de felicidad es la apreciación subjetiva de satisfacción personal —tal y como la siente una persona dentro de sus propias circunstancias en un momento dado.

Esto es lo que hace posible que dos personas, con dos ingresos muy diferentes, puedan sentirse igualmente felices, o incluso más feliz la de menor ingreso. Es lo puede hacer sentir al vietnamita más feliz que al estadounidense.

La medición de felicidad personal, la obtenida de preguntar a las personas, qué tan feliz es su vida en ese momento, está condicionada a la situación personal en un punto en el tiempo —dentro de las circunstancias, problemas y aspiraciones ancladas en ese instante.

Una persona que eleva sustancialmente sus ingresos, por lo anterior, puede sentirse igual de feliz o infeliz antes y después: sus circunstancias, problemas y aspiraciones han cambiado y eso modifica su sentimiento de felicidad —conforme aumenta el estándar de vida, también se elevan las expectativas.

Mi punto es ya visible: la paradoja de Easterlin, que así se suele llamar, no es nada más que una comparación entre nueces y espárragos —o como creer que es más feliz quien tiene un Bugatti que quien tiene un Porsche.

Una vez aclarado eso, y anulada esa paradoja, queda por examinar la relación entre felicidad y gobierno —la que se sustenta en decir que medir el crecimiento de la economía debe ser abandonado por los gobiernos, los que deben concentrarse en medir felicidad e implantar políticas para elevarla.

Pero hay un problema no pequeño. El gobernante necesitaría saber todo acerca de cada persona, realmente todo, para poder intentar hacer realmente feliz a cada uno —y, además, saber más que cada persona para usar los medios mejor que ella y lograrlo.

Claramente, eso no es posible y lo único que podría hacer un gobierno para intentar hacer feliz a sus ciudadanos es crear una felicidad de talla única para todos por igual —a la que ellos tendrían que acomodarse obligatoriamente, lo que los haría infelices automáticamente.

La paradoja de Easterlin, creo, es un caso más de charlatanería política —un mal análisis que apoya al crecimiento estatal y acaba en menor prosperidad.

Nota del Editor

Un reportaje televisivo de RT, trata el tema, viendo la felicidad en Nicaragua:

 

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