Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia: Dos Planos
Eduardo García Gaspar
9 julio 2015
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión, SEXUALIDAD
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La persona fue clara. Habló de la necesidad que tienen los homosexuales.

Su necesidad de ser aprobados. No solo tolerados, sino aprobados. Y más aún, festejados, como en los carnavales del “orgullo gay”.

Tienen urgencia de promoverse para promocionarse y convertir a otros.

Nada que no sepamos, pero que puede examinarse con cierto detalle. Como dijo esa misma persona, «ante la imposibilidad biológica de reproducirse, los homosexuales tienen un imperativo enorme de reclutar miembros entre el resto de la comunidad si quieren sobrevivir».

Este caso, como otros más, es uno que tiene que ver con quizá el mayor valor moral de nuestros tiempos, la tolerancia en su reinterpretación actual. Cuando ella es definida como aprobación obligatoria y, a veces, penalizado su incumplimiento. Bien vale una segunda opinión examinar esto en dos planos.

En el plano original, la tolerancia solo podría llegar a una reprobación sin intervención. En el caso de la homosexualidad, ella sería reprobada pero no castigada, por ejemplo, con penas legales. Los homosexuales podrían sin riesgo personal satisfacer sus placeres entre ellos. Los demás simplemente los tolerarían.

Pero en el plano reinterpretado, las personas estarían obligadas a aceptar y aprobar a la homosexualidad. En este plano se exige abandonar la reprobación para avalar y ver con buenos ojos a la homosexualidad, la que ya es algo que debe festejarse y celebrarse como diversidad.

El cambio de un plano al otro es lo que pretendo enfatizar.

Se trata de un proceso que quiere llevar a la justificación de algo que antes era visto como reprobable. Eso reprobable quiere ahora ser justificado en el sentido de ser aprobado (literalmente, ser «justo»).

Este es, me parece, uno de los cambios más profundos de nuestros días. Una modificación sustancial de creencias y normas de conducta.

La modificación, me parece, se origina en otro giro sustancial de estos tiempos: el entendimiento del sexo como un placer al que se tiene derecho, como ha sido apuntado. El placer sexual, incluyendo el autoerotismo, es fuente de bienestar físico, psicológico, intelectual y espiritual.

«Creo que la pornografía, más allá de su banalidad, cumple una función social de educación, de información, por mucho que a la gente le duela. Una persona que no se masturba nunca es una persona amargada». Nacho Vidal. Director, productor y actor porno.

«A mí no me gusta la palabra autoerotismo, a mí me gusta la palabra como es, masturbación, el derecho a la masturbación. La persona que tiene orgasmos, la persona que se satisface sexualmente, es una persona que tiene una buena autoestima». Flavia Dos Santos. Sexóloga.

Una buena ilustración de lo que digo. La comprensión del sexo como un proveedor de placer lleva necesariamente a poner de lado las responsabilidades de los actos propios.

Un placer que acepta consecuencias y responsabilidades ya no es placer realmente. Tiene que deshacerse de ellas: anticonceptivos, abortos, lo que sea que retire los efectos indeseables para quien busca solo placer.

Esto es lo que provoca el cambio en los dos planos anteriores. En el primero, las responsabilidades son aceptadas y reconocidas, lo que hace que la tolerancia sea interpretada como reprobación sin intervención. Dejar que las responsabilidades sean sufridas por quienes hacen lo indebido (aunque luego quizá se les trate de ayudar).

En el segundo plano, las responsabilidades son rechazadas y se considera un reclamo válido el que ellas desaparezcan. Incluso que su desaparición sea festejada como un triunfo moderno y de avanzada, y, más allá, que así se produzca un supuesto mejor ser humano.

El problema es, por supuesto, al final, si el abandono de responsabilidades produce o no un mejor ser humano. Por mi parte, no lo creo. Más bien es lo opuesto.

Con eso, las personas empeoran. Se vuelven malvadas y tontas sin darse cuenta, en un círculo vicioso que se alimenta a sí mismo y que pretende ser solucionado haciendo que esas conductas reprobables sean aprobadas y celebradas como un triunfo, cuando en realidad son un fracaso.

Post Scriptum

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