Crear una nueva moral democrática, desarrollada por consenso, diálogo, acuerdos de mayoría y negociación. Solo podría lograrse una variación relajada y acomodaticia de la moral objetiva.

Introducción

Una moral adecuada a la modernidad, democrática actualizada a nuestros días, que deje atrás ideas viejas y prejuicios inservibles.

No es infrecuente escuchar esta propuesta. Su sostén es sencillo. Afirma que existe una moral «vieja» incompatible con la nueva época actual y que, por tanto, es imperativo construir una moral «nueva» que sí se acomode a las nuevas circunstancias.

Eso recuerda una historia de Nietzsche

Cuentan que un día Nietzsche decide realizar su mayor sueño. Va con Dios a quien dice que él, Nietzsche, también puede crear un hombre, uno nuevo, para la nueva moral.

Dios acepta el reto. Le dice, «Anda, inténtalo, crea un nuevo hombre». De inmediato Nietzsche se pone las rodillas en el suelo y comienza a acumular tierra a la que echa agua para formar barro, momento en el que Dios le interrumpe.

«Espera, Nietzsche, espera», le interrumpe Dios, «estás descalificado». Nietzsche, irritado, pregunta la razón de su descalificación. «Mira hijo, si quieres crear un nuevo hombre, debes comenzar también por crear tu propia agua y tu propia tierra».

¿Puede crearse una nueva moral?

La historia ilustra un punto obvio: crear una nueva moral, realmente nueva, implicaría partir de cero. Tendría que crearse todo de nuevo, desde la nada. Un requisito que es imposible.

Entonces, sin poder crear todo de nuevo ex-nihilo, queda solamente una alternativa. La de tomar a la moral existente y modificarla al gusto de quien quiera hacerlo.

Es decir, cualquiera que sea la nueva moral que quiera crearse, ella no será nada más que una variación de la moral actual.

Con un problema adicional que quizá no sea fácil de ver. Lo que sea que una persona desee crear como una nueva moral necesariamente tendrá que crearse desde su estado actual.

La nueva moral, por tanto, estará limitada por la condición humana presente y no podría ser realmente nueva.

Solamente variaciones de la moral existente

Esto manda a aceptar la realidad mencionada: las nuevas morales que se propongan, democráticas o no no pueden ser nada más que variaciones sobre la existente. Es entonces cuando las cosas se ponen interesantes.

Supongamos que usted y yo aceptamos el reto de crear una nueva moral. Lo único que podemos hacer, como inicio, es tomar a la moral existente como base de la nueva. Una base que buscaremos modificar de acuerdo con algún criterio. ¿Qué criterio?

El criterio de nuestras propias opiniones e ideas, a lo que debemos añadir una posibilidad inevitable: la de que la nueva moral nos sea más cómoda, menos rígida, que la anterior, especialmente si se decide democráticamente.

Una moral democrática nueva

El resultado final de lo que hagamos no será nada más que una deformación de la vieja moral la que, peor aún, entrará en competencia con la nueva moral que produzcan otros y en cada votación moral posterior.

Así se producirá una amplia colección de morales distintas, un menú de opciones entre las que las personas escogerán lo que les sea más cómodo de cada opción.

No es un escenario agradable que fomente la convivencia humana. Pero no es eso todo, existe un problema grande por resolver en las nuevas morales. Los principios de la moral humana, basados en nuestra naturaleza, están interconectados, es decir, no operan con independencia mutua.

Un ejemplo. El principio que apunta que la vida humana es sagrada y debe ser respetada es el origen de la prohibición del asesinato y del daño a otros. Más aún, eso alimenta el principio central de amor humano, lo que origina la bondad en la compasión y en la caridad de cuidar a otros.

No sería lógico, por ejemplo, encontrar que el respeto a la vida tenga excepciones basadas en el tener caridad por otros. No puede justificarse que por caridad se justifique el asesinato, ni que por compasión se produzca daño intencional. Sin embargo, eso sucede en las propuestas de eutanasia y aborto.

Puede verse el resultado de la creación de una nueva moral: abundancia de propuestas con contradicciones internas, un problema serio que recibe una solución simplista, la de pedir tolerancia a toda opinión moral, no importa cual. Pero esto crea otro problema.

Obsesión democrática

Una de las obsesiones actuales es la de democratizar todo lo que sea posible. Democratizar es una especie de remedio universal para cualquier problema que se sufra en una sociedad.

Uno de los casos que señala esa obsesión es la idea de democratizar a la moral, para así producir una serie de principios morales aprobados por diálogos y consensos cada vez que sean considerados necesarios.

Hay pocas ventajas en esa democratización de la moral, especialmente por una situación que se crea siguiendo ese proceso de democrático: no incorpora ningún criterio que evalúe y califique opiniones, discriminando entre las posibles e imposibles, entre las acertadas y las erróneas.

Teniendo como cimiento la sola expresión de opiniones y votos, valorando exclusivamente su diversidad, se pasa por alto que entre ellas habrá opiniones desacertadas, erróneas, de consecuencias malas, con efectos no intencionales negativos —las que llevarán a decisiones equivocadas, democráticas, respetando el principio de mayoría, pero equivocadas.

El problema que apunto es posible de ilustrar en el caso de descubrimientos científicos, los que no dependen de decisiones democráticas y dan información sobre una realidad que no puede cambiarse por medio de la emisión de opiniones.

Este es el problema de la democratización de la moral, el que la democracia no sirve para modificar la realidad por más votos que ella reciba en su contra. Es posible votar en contra de las leyes de la termodinámica, porque eso no las invalidará.

Hay terrenos en los que la democracia da una solución aceptable, como cuando se eligen gobernantes con votaciones, o se aprueban leyes entre legisladores. Pero hay campos en los que la democracia no tiene la menor utilidad, como cuando se intenta descubrir la realidad.

Conclusión

Lo que ha producido los excesos de la democracia es la creencia errónea de que es posible legislar la moralidad de las acciones a gusto de opiniones mayoritarias o de élites de activistas.

Puede usarse al democracia para promulgar leyes humanas, no principios morales, ni la definición de bueno o malo. Toda ley parte de una idea moral de lo bueno y lo malo, como el castigar el asesinato.

Lo que no puede hacer una ley es ir en contra del principio moral del que debe partir y, por ejemplo, considerar positivo el matar a otro ser humano. Eso es precisamente lo que ha sucedido por el exceso de democratización, el suponer que también la realidad moral puede ser alterada según opiniones, negociaciones, consensos y votaciones.

La consecuencia neta de la democratización de la moral ha sido la expansión indebida del papel de las leyes humanas, creyendo que ellas son las que determinan lo bueno y lo malo, cuando todo lo que pueden hacer es tomar a la moral e intentar hacerla específica en su implantación.

Haciendo eso, estos tiempos presentan un escenario en el que está en juego la supervivencia de las libertades y de la sociedad misma. No puede vivirse sustentablemente en un medio ambiente que cambia a su capricho las ideas de lo bueno y de lo malo.

Una nueva moral democrática, en realidad, solamente puede ser una serie de variaciones acomodaticias, cambiantes y relajadas de la moral real que se sustenta en la naturaleza humana. Es como querer democratizar a las leyes de la Física.

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Y unas cosas más para los interesados…

La historia de Nietzsche la tomé de la obra de Budziszewski, J. What We Can’t Not Know: A Guide. Ignatius Press, 2011, así como otras ideas para esta columna.

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[La columna fue actualizada en 2020-05]