Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Y Para Qué?
Eduardo García Gaspar
15 diciembre 2015
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La pregunta mueve y conmueve. Es un tema central, quizá el más central de todos.

Es el pensar en el sentido de las cosas. Ese para qué de todo, de mí mismo, de la vida y la existencia. ¿Qué sentido tiene?

El tema bien vale una segunda opinión. No pretendo responder a la pregunta, pero sí ubicarla.

Podemos comenzar por el principio acostumbrado y bueno, Aristóteles y su idea de las cuatro causas. Piense usted en usted mismo y véase reflejado en las ideas de ese personaje.

La causa material, eso que hace al objeto o persona, el material de que está hecho. la madera de una mesa, por ejemplo. Los huesos, músculos, órganos y demás que hacen a nuestro cuerpo. La causa material es eso de lo que estamos hechos.

La causa formal, que se refiere a la forma, a la estructura o diseño que hace al objeto o la persona. Es eso que nos hace reconocer a una mesa, la estructura que ella tiene, la forma en la que su material está arreglado.

En nosotros, es la estructura del cuerpo: brazos y piernas, cabeza, tórax, la manera en la que estamos estructurados, con dos ojos, una boca, y demás. Eso nos permite reconocernos.

La causa eficiente, que es lo que vuelve realidad al objeto o a la persona, lo que potencializa a su ser. En una mesa esta causa sería todo eso que la creó: máquinas, personas que tomaron el material y le dieron una estructura.

Y, por último, la causa final, que es la razón de ser del objeto en el sentido de su meta, fin, propósito. Para una mesa, eso sería seguramente el uso que tiene para servir un cierto propósito en una comida, por ejemplo, o colocar encima un jarrón con flores.

Vayamos a la causa final, que está encapsulada en la respuesta a “¿y para qué?”

Frente a la causa final podemos tener varias reacciones. Una es considerarla inexistente, mal planteada, negando una respuesta. Otra es aceptarla pero no preocuparse mucho por ella, colocándola en un lugar de poca prioridad.

La tercera, tomar el toro por los cuernos y tratar de dar una respuesta, la que sea y por alocada que parezca. Esta, me parece, es la mejor posición frente a la causa final. la razón es muy simple: las otras dos posiciones son terribles. Veamos.

Sin una idea de la causa final, es decir, de la razón de nuestra existencia, se pierde significado personal, se extravía la identidad. Quedan sin contestar inquietudes naturales que dan sentido a la existencia: quién soy, para qué existo, a dónde voy, cómo debo comportarme, por qué trabajar o estudiar.

Si la causa final se ignora por la razón que sea, eso conduce al extravío de la persona en un mundo que no tiene sentido. Donde se pierde todo concepto que guía nuestros actos: justicia, compasión, responsabilidad, conocimiento, moderación; todo eso se derrumba y lo único que queda es un franco “nada importa”. La sociedad que eso produce no es precisamente agradable.

Si no nos preocupamos por la causa final, en la concepción de Aristóteles, sin mucho quererlo ni pensarlo, la respondemos de maneras indirectas. Lo hacemos cuando sentimos la obligación de ayudar a damnificados de un sismo, cuando nos indigna la corrupción política, cuando percibimos alguna injusticia. Estas ideas de “deber ser o no ser” sostienen, no sin cierta debilidad, la noción de existir con un propósito.

Visto desde otro lado, podemos vernos a nosotros mismo y concluir que somos personas libres y racionales, que tienen pensamientos, que actúan, que necesitan vivir en sociedad, que hay cosas buenas y cosas malas. Estaríamos en lo correcto. Habríamos definido tal vez las causas de Aristóteles, pero no la causa final, “¿y para qué?”.

En fin, mi única intención fue hacer un poco de ejercicio mental realmente extremo y plantear la pregunta más esencial de nuestra vida. Usted respóndala, pero hágalo en serio, a profundidad.

No hacerlo es dejar de ser humano.

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